Hasta que las llamadas inversiones «tóxicas» hicieran evidente la existencia de una profunda crisis financiera internacional, el Fondo Monetario Internacional, como institución, atravesaba un período de relativa calma operativa con pocos pedidos de auxilio o asistencia.
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Fundado como consecuencia de los Acuerdos de Breton Woods, allá por 1944, y hoy conformado por 185 Estados, el Fondo es, en definitiva, poco más que un «pool» de recursos que, en proporción a sus respectivas cuotas, los Estados Miembros ponen a su disposición para ser represtados a través del Fondo a quienes los necesiten por motivos que tengan relación con el deterioro de sus respectivas balanzas de pagos. Por esto atacar al Fondo es siempre, al menos en alguna medida, escupir al cielo.
Pero el letargo, sólo interrumpido -de tanto en tantopor algunos discursos nacionales tan agresivos como estériles pero casi siempre altisonantes, emanados de algunos pocos políticos, parece ahora haberse acabado repentinamente.
En efecto, primero el teléfono sonó desde Islandia, a cuyo rescate el Fondo -que preside Dominique Strauss-Kahn-dedicó apenas unos dos billones de dólares. Luego desde Ucrania, que en cambio necesitó -hasta ahora-unos dieciséis mil millones de dólares. Después llegaron pedidos desde Pakistán, Bielorrusia y Hungría. Y la lista de candidatos a ser auxiliados ha comenzado a engordar, rápidamente.
No hubo ciertamente aún llamado alguno desde la Argentina, país que en 2005 repagara su deuda con el Fondo devolviendo nueve mil seiscientos millones de dólares, tres años antes de lo requerido. Renunciando -por motivos populistas-a pagar al Fondo tasas de interés del orden de 4%, para terminar en cambio pagándole al caribeño Hugo Chávez tasas casi cuatro veces mayores. Pero como es mucha la gente que no pide -ni necesita-explicaciones y vive sumergida en el conformismo y la retórica, el argentino medio no se ha hecho problemas ante tamaña diferencia de costo. Hasta ahora, al menos.
¿Volveremos a pedirle auxilio al Fondo? No es imposible, en teoría. Pero parece muy difícil que esto suceda en las actuales circunstancias, pese a aquello de que la necesidad tenga cara de hereje.
Lo cierto es que la magnitud de la crisis mundial en curso ha dejado abiertamente al desnudo las significativas limitaciones del Fondo, cuyos recursos disponibles son solo de aproximadamente unos 200.000 millones de dólares, además de otros 50.000 millones a los que la institución podría acceder más o menos rápidamente en situaciones de emergencia.
Si advertimos que solamente-Ucrania puede terminar necesitando unos 60.000 millones, percibiremos cuán escasas son, en rigor, las posibilidades reales del Fondo de poder contribuir decisivamente a paliar la crisis en curso. Por esto, algunos hablan de apoyar la iniciativa japonesa que propone que los países más ricos pongan una parte de sus reservas a disposición del Fondo, para que sea éste el que las represte a quienes la necesiten. No es fácil, sin embargo, imaginar cómo China y Rusia puedan resistir a la tentación de tratar de hacer uso político de sus excedentes financieros, lo que supone arbitrar,ellas mismas, su capacidadde auxilio, poniéndola al servicio de objetivos nacionales estratégicos.
La tantas veces demorada creación de nuevos «
Derechos Especiales de Giro» a ser utilizados en transacciones entre Estados podría, quizás, ser otra de las alternativas disponibles para aumentar rápidamente la liquidez internacional que, es de suponer, comenzará a analizarse en la reunión del G-20 que se aproxima, a la que concurrirá nuestro país, es de esperar que con actitudes esta vez constructivas.
Lo cierto es que el Fondo ha salido, de pronto, de su inercia y está nuevamente inmerso en la espiral nerviosa de las crisis. Lo grave es que, frente a las necesidades actuales, sus recursos disponibles hayan quedado reducidos a poco más que la intrascendencia, lo que disminuye severamente su capacidad efectiva de poder ser útil.
(*) Ex embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.
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