16 de julio 2012 - 00:00

La segunda muerte de Leda Valladares

Enferma desde hace mucho pero sin repercusión mediática, con sus discos agotados y sin que nadie quisiera reeditarlos, murió olvidada la gran Leda Valladares.
Enferma desde hace mucho pero sin repercusión mediática, con sus discos agotados y sin que nadie quisiera reeditarlos, murió olvidada la gran Leda Valladares.
A lo mejor, lo que no permitió que Leda Valladares alcanzara niveles mayores de conocimiento y reconocimiento, fue que estuvo siempre en los intersticios, fuera del foco de las luces, un poquito corrida respecto del eje de la atención pública. Y murió del mismo modo, a una edad muy avanzada, con todos sus discos agotados y fuera de catálogo, sin brillo ni funcionarios con ganas de mostrarse en el velatorio, sin que los medios ni el mundo musical estuvieran pendientes del mal de Alzheimer que la aquejaba desde hacía tiempo.

Leda Valladares había nacido en San Miguel de Tucumán el 21 de diciembre de 1919. Era la hermana menor de Rolando «Chivo» Valladares, otra figura importante del folklore argentino que también murió muy longevo en 2008. Hija de un cantor y poeta aficionado, arrancó su carrera musical dedicándose al jazz y cantando con el seudónimo de Anna Kay. Junto a artistas como Adolfo Ábalos, el Mono Villegas, el Cuchi Leguizamón y Manuel Gómez Carrillo. entre otros, participó del grupo FIJOS (curiosa semejanza con una sigla más reciente que, en aquel caso, refería a «folklóricos, intuitivos, jazzísticos, originales y surrealistas). Con el título de profesora de filosofía y licenciada en ciencias de la educación de la universidad de su provincia, arrancó un largo viaje por el exterior. Vivió, cantó y fue docente en Venezuela y Costa Rica. Pero fue en París que conoció a María Elena Walsh, estableció con ella una amistad que se extendió a lo profesional y su vida musical dio un giro muy interesante.

El dúo Leda y María salió a la luz pública, primero en Francia y luego en Argentina, para difundir músicas cercanas al folklore de toda América Latina o del romancero español -uno de sus álbumes más populares, de 1958, fue el de «Canciones del tiempo de Maricastaña»-. Y así, entre 1954 y 1963, produjeron una extensa discografía, por cierto hoy fuera de todo catálogo y difusión.

Pero hay un aspecto que, en simultáneo, hizo a la carrera de esta mujer tucumana que ha sido siempre de especial atención para la musicología. Es que sin haber hecho estudios sistemáticos en esa materia, Leda se lanzó a recorrer el país y a producir -en paralelo aunque sin rigor sistemático, a lo realizado por Carlos Vega o Isabel Aretz- una serie de discos documentales que bautizó como «Mapa musical de la Argentina» que aún permanecen en la atención de los estudiosos de la música tradicional de nuestro país.

Después de los 70, la estrella de esta cantora tuvo menos trascendencia. Fue parte del grupo Cabrakan. Trabajó con José Luis Castiñeira de Dios. Hizo un par más de discos folklóricos. Cantó en Venezuela, España, Alemania, Francia e Inglaterra. Y ya en los 80, su historia personal quedó absolutamente ligada a la faz político-cultural: hizo un video con cantores y maestros del noroeste, fue parte del Movimiento por la reconstrucción y Desarrollo de la Cultural Nacional, trajo cantores populares rurales a Buenos Aires -algunos de los cuales lograrían alguna repercusión, como el dúo Suárez-Palomo, la coplera Gerónima Sequeira o el bagualero Tomás Vázquez-, cantó con Margot Loyola en Chile. Y tuvo su nuevo momento de gloria y reconocimiento cuando León Gieco y Gustavo Santaolalla la filmaron y grabaron para aquella producción emblemática que fue «De Ushuaia a La Quiaca».

Convertida en referente del canto tritónico con caja y de la copla, ya a fines de esa década fue parte fundamental de los dos discos de «Grito en el cielo», con piezas recopiladas e interpretadas por cantores populares junto a figuras conocidas como Fito Páez, Pedro Aznar, Liliana Herrero, Federico Moura, Fabiana Cantilo o los mencionados Gieco y Santaolalla. Y se transformó además en docente en cursos y talleres vivenciales que dejaron algunos discípulos.

En los años siguientes, prácticamente todo lo que hizo tuvo la impronta de la cultura sostenida desde los estratos públicos. Hizo un espectáculo llamado «América en cueros», también con algunos artistas conocidos como Jairo o Litto Nebbia. Recibió premios, como el Nacional de Etnolgoía y Folklore, el Tribuna para la Música de América Latina y el Caribe, el Konex, el del Consejo Internacional de la Música de la UNESCO, etc. Entre 1992 y 1993, fue miembro del directorio del Fondo Nacional de las Artes. Y su currículum dice que además se alzó con un Martín Fierro y un reconocimiento de SADAIC por un trabajo musical para la televisión a mediados de los años 60.

Hacía muchos años que no tenía actividad pública. Desde poco antes del comienzo del nuevo siglo, su salud mental había comenzado a deteriorarse y hacía tiempo que residía en un hogar para ancianos. Y se fue, de perfil bajo como vivió, sin ser tendencia en twitter, sin velatorio mediático, sin que haya siquiera proyectos para reeditar sus discos.

Ricardo Salton

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