8 de diciembre 2009 - 00:00

“La sociedad perdona a un arrepentido, no a un traidor”

Luigi Maria Perotti: «El propio presidente de la República, Sandro Pertini, ex partisano, consideraba traidor a Patrizio Peci, el delator de los brigadistas, y rechazaba cualquier reducción de su condena».
Luigi Maria Perotti: «El propio presidente de la República, Sandro Pertini, ex partisano, consideraba traidor a Patrizio Peci, el delator de los brigadistas, y rechazaba cualquier reducción de su condena».
Sin llegar a las atrocidades del Khmer Rouge y Sendero Luminoso, también las Brigadas Rojas hicieron lo suyo. Así lo recuerda «Linfame e il suo fratello» (El infame y su hermano), que se presenta en Buenos Aires, La Plata y Córdoba, dentro de un ciclo de documentales italianos actualmente en cartel. Dialogamos con su autor, Luigi Maria Perotti.

Periodista: ¿Cómo conoció la historia del hombre que delató a las Brigadas Rojas, y su hermano, que pagó por él?

Luigi M. Perotti: Soy de la misma ciudad, San Benito del Tronto. De chico oí varias versiones, pero ninguna era la correcta. Supe que Patrizio Peci escribió la suya, «Io linfame», y que las BR cayeron gracias a sus delaciones. Pero ignoraba lo de su hermano Roberto Peci, secuestrado, obligado a confesar culpas que no tenía, y finalmente asesinado por los brigadistas. Era un drama shakesperiano, el inocente paga por el otro, y la hermana intenta vanamente salvarlo. Ella fue clave para el documental. Con la viuda logré poco contacto, apenas se la ve con su familia política. Pero conocí a la hija, Roberta, que tuvo una vida difícil. Durante años no quiso saber nada de su padre, estaba encerrada en un mundo que no quería abrirse. Y yo quería hacer un documental sobre ellos, para contar el fin de una época.

P.: ¿Cómo empezó esa época?

L.M.P.: Cuando terminó el boom económico, sobrevino la crisis, y aumentó la corrupción general, con el poder oculto de la P Due gobernando el país. Ahí aparecieron los brigadistas, usando «las armas del nono», las que sus abuelos partisanos se habían negado a entregar a los Aliados al final de la II Guerra. Era como marcar una continuidad histórica. Mucha gente esperaba un cambio, y los apoyaba y ayudaba, porque en sus primeras acciones los BR se limitaban a quemar la Ferrari de un patrón, o herían en las piernas a los jueces corruptos, eran gestos que parecían justicieros. Pero pronto empezaron a ir más allá.

P.: Peci dice estar avergonzado sobre todo del asesinato inútil de un tipo al que simplemente pensaban herir.

L.M.P.: El ejecutor que él había designado se extralimitó. Pero luego él también comandó asesinatos premeditados. Le explico. Los fundadores cayeron rápidamente, gracias a un infiltrado que simuló ser un ex franciscano venido de la guerrilla sudamericana. Quienes quedaron, se volvieron más violentos. Son los del secuestro y asesinato de Aldo Moro.

P.: ¿Qué edad tenía usted entonces?

L.M.P.: Tres años. Recuerdo que mi madre me llevó a los funerales de los cinco guardaespaldas de Moro. Viajamos desde el pueblo hasta Roma, no éramos parientes, nada, pero toda Italia se volcó a esos funerales, movida solo por la emoción, porque eran gente común, padres de familia que trabajaban por un mísero estipendio, y habían sido asesinados a sangre fría, sin sentido alguno. Esa segunda generación termina con el arrepentimiento de Peci, que arrastra cerca de 200 a la cárcel. La tercera generación, la peor, termina con el asesinato de Roberto. Ese fue su mayor error político, porque él era un obrero de fábrica, un laburante como dicen ustedes, y lo mataron. Ahí terminó toda simpatía posible. Quedaron definitivamente solos. Pero no reconocieron su derrota, sólo sacaron un comunicado anunciando «la retirada estratégica». Ahora hay una cuarta generación de fanáticos, pero son aún más idiotas, sin objetivos, y nadie los toma en serio. El mundo cambió y ellos no se dan cuenta.

P.: ¿Con quiénes habló, además de los familiares?

L.M.P.: Busqué hablar con todos. Varios rehicieron sus vidas, tienen hijos, no quieren recordar. Hablé mucho con uno de los fundadores, Alberto Franceschini, pero no pude hallar a quien fue novia de Patrizio, que era muy fanática. Por orden de la BR se hizo un aborto de él, para seguir militando. Luego, cuando él le hizo llegar su decisión de arrepentirse, invitándola a hacer lo mismo, ella misma lo denunció a sus compañeros, y leyó públicamente (desde la jaula donde estaba presa en el juzgado) el comunicado del profesor Giovanni Senzani, uno de los peores, decidiendo la muerte de Roberto. Años después, se terminó casando con un preso común, y al salir rehicieron sus vidas. ¡Qué historia!

P.: ¿Por qué ese Senzani es uno de los peores?

L.M.P.: Me irritó, es el autor de tantos asesinatos... Cumplida su condena, vive gordo y tranquilo. Permitió que lo filme, apenas dos tomas, pero no quiso hablar. No se arrepiente, ni pide perdón. Cuanto mucho, ¿sabe lo que dijo fuera de cámara? «Si tuviera plata compensaría a las familias». Encuentro ese razonamiento verdaderamente escuálido, mezquino. No es moral, para nada. En cambio el carcelero de la «cárcel del pueblo» no quiso dejarse filmar, pero ya le había escrito una larga carta a la hermana de Roberto, y aceptó conversar. Cuando fue arrestado pasó enseguida al bando de los «pentiti», era un tipo normal. ¡Pensar que el Estado tuvo la oportunidad de salvar a Roberto!

P.: Cuente cómo fue eso.

L.M.P.: La BR tenía secuestrado a un político corrupto. La mafia napolitana hizo de intermediaria, y entre ambas se dividieron el rescate de un millón y medio de liras pagado por el Estado. Uno podía comprarse diez palacios con esa plata entonces, hoy sólo vale un departamento, pero volvamos al tema. En ese momento, hicieron una oferta para incluir a Roberto en el paquete, pero el general Della Chiesa no dejó pagar la diferencia.

P.: Lo dejó morir.

L.M.P.: Le resultaba más eficaz transformar a Patrizio en una víctima, mostrar la crueldad absoluta de los BR, y así apurar la aprobación de la Ley del Arrepentido. La gente acepta la palabra «arrepentido». Pero no acepta la palabra «traidor». El propio presidente de la República, Sandro Pertini, ex partisano, consideraba traidor a Patrizio Peci, infame, como lo llamaban los BR, y rechazaba cualquier reducción de su condena.

P.: Ciertamente, una historia terrible. ¿Su documental fue bien recibido?

L.M.P.: Se dio en un programa muy visto y respetado, «La storia siamo noi», y motivó muchos artículos, salvo en los diarios de izquierda. La izquierda italiana no quiere ni hablar de esa mancha. Ahora la TV piensa hacer una miniserie de ficción. Me alegra, pero me hago pocas ilusiones. Tenemos la peor TV del mundo.

P.: ¿Ha visto la nuestra?

L.M.P.: No. ¿Es todavía peor?

Entrevista de Paraná Sendrós

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