Periodista: ¿Cómo lo atrajo este tema?
Leonel Giacometto: Yo estaba investigando en varias teorías conspirativas hasta que me encontré con las especulaciones nazis acerca del origen de la raza aria. Así descubrí que los alemanes habían hecho expediciones antropológicas al Tíbet, porque según ellos allí estaba el origen de todas las razas y sostenían que los primeros humanos eran de raza aria, medían cerca de tres metros y habían vivido en el alto Tibet.
P.: ¿Qué otros frutos dieron esas investigaciones pseudocientíficas?
L.G.: Les permitió a los nazis apropiarse de varios elementos de la cultura ancestral indoeuropea y recrear con ellos sus rituales esotéricos, al que eran muy aficionados los jerarcas del Tercer Reich, sobre todo Heinrich Himmler. Uno de estos ritos iniciáticos fue la adoración del sol negro, un elemento que supuestamente proporcionaba una fuerza superior a la raza aria. En las reseñas históricas estos datos aparecen como para mostrar su conducta. Pero el ocultismo nazi fue más allá de eso y tuvo un gran impacto en la vida pública alemana. Convirtió al régimen nazi en la nueva religión y hasta creó un nuevo calendario de días festivos.
P.: ¿Quién permitió la entrada de nazis en nuestro país?
L.G.: Siempre se dijo que Perón había permitido el ingreso de varios de criminales de guerra, pero el tema nunca se terminó de investigar. Es muy sabido que Eichmann trabajaba en la Mercedes Benz de González Catán cuando fue secuestrado por el Mossad, y que el capitán de las SS Erich Priebke vivió en Bariloche con su esposa, varios años, hasta que la prensa lo descubrió y fue extraditado a Italia. Pero aun con estos casos el tema sigue silenciado. También hay sospechas de que la Iglesia Católica protegió a varios criminales nazis, durante el papado de Pío XII. Si hasta se dijo que Eichmann entró a la Argentina disfrazado de cura.
P.: ¿Cómo aparece el tema en esta obra?
L.G.: Tangencialmente. En la obra hay un sacerdote católico que se rebela contra la Iglesia y decide tomar represalias contra Perón debido a un supuesto pacto entre éste y los nazis que tendría consecuencias funestas para su esposa Eva. No quiero anticipar la trama. Sólo diré que el cura urde un plan para destruir a Perón, pero todo empieza a complicarse.
P.: ¿En qué año transcurre la obra?
L.G.: En 1951. El sacerdote viaja en tren de Rosario a Buenos Aires con un paquete del que no se desprende nunca y que, según dice, contiene la imagen de San Genaro, el santo de la prosperidad. En ese mismo vagón viajan una mujer y su hija, la que supuestamente está endemoniada, según afirma la madre, pero el cura no le cree. Ellas son algo rufianas e intentan sacarle dinero con algún ardid. De pronto, quedan aislados en medio del campo por una huelga ferroviaria y ahí comienzan los equívocos y las dudas sobre quién es quién: si el cura es cura, y si estas dos mujeres son realmente madre e hija. Eso dispara frustraciones, deseos sexuales y un secreto que las dos mujeres, por ignorancia o extrema simpleza, no pueden comprender, las sobrepasa.
P.: ¿Va a seguir escribiendo sobre el peronismo y la cuestión nazi?
L.G.: Sí, es un tema que me apasiona y además me resulta inagotable justamente por el silencio que pesa sobre él. Llama la atención, por ejemplo, que ni en la película "¡Ay Juancito!", de Héctor Olivera, ni en "Eva Perón" de Juan Carlos Desanzo, se haya hecho mención al encuentro que tuvo Evita con Pío XII, durante su extensa gira europea de 1947. Cuando siempre se dijo que en esa audiencia, con varios minutos a solas, el Papa tramitó el ingreso a la Argentina de varios jerarcas nazis. El enigma nunca se esclareció y eso lo hace especialmente atractivo para una ficción.
| Entrevista de Patricia Espinosa |


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