5 de agosto 2010 - 00:00

La tragedia de amar a Mussolini en un gran film

«Vincere» es un estremecedor melodrama hecho con todas las de la ley por el formidable Marco Bellocchio sobre el trágico amor de Ida Dalser por Benito Mussolini.
«Vincere» es un estremecedor melodrama hecho con todas las de la ley por el formidable Marco Bellocchio sobre el trágico amor de Ida Dalser por Benito Mussolini.
«Vincere» (Italia, 2009, habl. en italiano). Dir.: M. Bellocchio; Guión: M. Bellocchio, D. Ceselli; Int.: G. Mezzogiorno, F. Timi, C. Invernizzi, F. Russo Alesi, V. Scalera, M. Cescon. 

La historia circuló brevemente a comienzos de los 50. Pero se mantuvo casi oculta hasta hace poco, cuando surgieron el estremecedor film documental de Fabrizio Laurenti y Gianfranco Norelli «El secreto de Mussolini», aquí estrenado hace pocos meses, y los libros de investigaciones «El matrimonio de Mussolini», de Marco Zeni, y «El hijo secreto del Duce», de Alfredo Pieroni. Ellos inspiraron al mejor director italiano de nuestra época, Marco Bellocchio.

Ellos, y el espíritu de opera lirica, de melodrama desmelenado, de locura de manicomio que siempre subyugaron a Bellocchio (recuérdese al respecto «I pugni in tasca», «Enrico IV» y el documental «Todos o ninguno, locos de desatar»). Porque en sus manos la tragedia de Ida Dalser y su hijo Benito Albino, más que la denuncia de un hombre ruin, es la exaltación de un personaje digno de una ópera, una mujer pasional, fascinada, entregada, y luego traicionada, humillada, y aun así emperrada en su orgullo de esposa y madre, que proclamó más allá de lo conveniente. Ida Dalser se enamoró del fuego de un joven ateo, antimonárquico y socialista. Por él vendió su negocio, sus bienes, se desnudó de ropas, dineros y defensas. Pero él estaba enamorado de sí mismo, del poder, de la capacidad de imponerse a cualquiera y manejar a todos. No tuvo empacho en traicionar sus ideales y golpear a sus ex compañeros. Menos aún, en ignorar mujer e hijo y presentar una familia más conveniente.

Para contarle esto al corazón del espectador, Bellocchio combina admirablemente la historia pública y la privada, inserta las formas de representación de aquel entonces, desde las enérgicas invenciones futuristas a los noticieros oficialistas, entrelaza la intensa música de Carlo Crivelli con «Window of Appearences» de Philip Glass y una canción patriótica de 1918, «La leggenda del Piave», y las imágenes propias de su dramaturgia con expresivas imágenes de viejas películas, como el «Christus» de Giulio Antamoro, los graciosos «Maciste alpino» y «Saturnino Farandola», la «Vecchia Guardia» que celebraba la Marcha sobre Roma y, en la escena más bella y desgarradora, «El pibe», de Carlitos Chaplin.

No corresponde dar detalles de esa escena, ni de otra con rejas, nieve, y cartas que nadie ha de leer, simplemente cabe decir que se vuelven inolvidables. Como la actuación de Giovanna Mezzogiorno y Filipo Timi, en el doble papel de padre e hijo. Y como la historia misma, que en este caso alcanza niveles de inmensidad, pero en muchos otros similares (cuando se trata de simples comunes) tiene apenas el color de una ficha médica o una rápida crónica televisiva, aunque la miseria moral sea igual de indignante, y el dolor sea igual de profundo. He aquí la trascendencia del arte escrito con mayúsculas.

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