2 de noviembre 2011 - 00:00

La traición de Papandréu

La traición de Papandréu-recordar que el que avisa no traiciona- sume a Europa en el desconcierto. El plan Merkozy -no era una maravilla pero sí una coartada útil- pende del hilo más delgado. Después de todo, no sólo Alemania tiene Parlamento. O ciudadanía. Y si las condiciones de Berlín exigían de antemano la aprobación del Bundestag, ahora el primer ministro griego sorprende con un llamado a un riesgoso referendo fuera de agenda -cuando se suponía que el acuerdo estaba cerrado-. Si la crisis se nutre de incertidumbre, aquí se convoca a una bacanal de estrés. Que una hora después de hecho el anuncio tuviera que hospitalizarse el ministro griego de Finanzas marca a las claras la magnitud de la conmoción que desató la verónica de Papandréu. Nunca se sabrá cuáles son sus verdaderos motivos. Sólo conviene reparar en que no es la mejor de las circunstancias que el futuro de Europa esté en manos de políticos que ya han liquidado el suyo.

Lo que no se atrevió a hacer Berlusconi lo hizo Papandréu. Berlusconi debió tragarse el sapo del ultimátum a Italia (quien quiera puede leerlo en el documento oficial de la última cumbre europea). Apenas refunfuñó después de la reunión una bronca contenida. «La atención sobre Italia deriva del hecho de que hay un ataque al euro, que es una moneda que no ha convencido a nadie», dijo. Pero más allá de rotular al euro como una moneda extraña («no es de un único país, sino de varios que no tienen un Gobierno unitario ni un banco de referencia ni garantías»), no sacó los pies del plato. Se le exigió una reforma del sistema de pensiones y, a disgusto, cumplió. También Sarkozy declinó, una a una, sus apetencias. La pretensión de convertir el fondo de rescate en un banco -y apalancarse con la asistencia del BCE- no sobrevivió. Implacable, la canciller alemana Angela Merkel impuso su férrea visión. No dejó ningún resquicio libre. La quita del 50% a la deuda griega en poder de los bancos lleva su sello. La capitalización de la banca europea castigó a las entidades españolas casi tanto como a las de Grecia, y fue increíblemente suave con las alemanas y francesas, cuando la sensibilidad de los mercados las discrimina a la inversa. Como sea, por convicción genuina o por falta de otro pasamanos asequible, todos aceptaron el paquete. Nadie se privó de la foto. Incluyendo a Papandréu. Sólo que la jugada del referendo borronea su propia firma. La última palabra ya no es la que comprometió como líder sino la que pronuncie el pueblo griego. Habrá pensado: que sea Merkel quien los apriete y los convenza. Es tentador focalizarse en las turbulencias de la coyuntura, pero se debe ir más allá. Lo que Papandréu torpedea no es sólo un plan de contingencia. La rebeldía es contra un corsé más asfixiante: la cosmovisión que impuso Berlín en las dos cumbres de octubre. Der Spiegel la expone con singular crudeza. La revista alemana reconoce una división de la Unión Europea fruto de la laboriosa construcción política que impulsó su cancillería. Señala que hay dos Europas. La zona del euro, subraya, bien puede llamarse la Europa de Merkel. Los diez países de la Unión Europea que no integran el área monetaria común -y que fueron invitados a retirarse de Bruselas cuando tocó zanjar los temas calientes de la crisis- forman parte de otra Europa. En esa inteligencia, ¿cómo no recordar el fastidio de Sarkozy con el premier británico David Cameron (por no creer en el euro y, sin embargo, insistir en dar consejos) groseramente expues-

to en público? La Facilidad de Estabilidad Financiera (FEEF), cita Der Spiegel como ejemplo concreto de la separación, no les pertenece a todos. Es de los 17 países de la unión monetaria y está diseñada para su exclusivo beneficio (aunque, cabe añadir, a la hora de dotarla de fondos no importa mucho de dónde provengan). Es un símbolo potente: en el frente de su edificio en Luxemburgo «no ondea la enseña de la Unión Europea». La Europa de Merkel es una creación política «sobria, racional», tiene un líder «casi hegemónico», Alemania, y un principio rector: aquellos que descarrilen sus finanzas perderán una porción de soberanía. La cultura de la estabilidad alemana, remata Der Spiegel, «gradualmente se está tornando dominante en Europa (acá parece olvidarse de que no hay una sola Europa)». ¿Es una descripción realista de la situación o un acceso febril, vinculado, tal vez, al encierro que suponen tantas cumbres sucesivas? Se pueden reconocer sin esfuerzo elementos de ambos enunciados. Como sea, lo que hizo Papandréu fue patear el tablero de la Europa de Merkel. ¿Sobrevivirá? No se sabe. Tanto Papandréu como la Europa germanizada. El rechazo a la actitud del líder griego es público y vociferante. Que el otro se mantenga bajo llave no significa que no exista. A la hora de tomar decisiones, la Europa de Merkel no sólo echó a diez de sus socios en la Unión Europea. Tampoco le da respuestas a las inquietudes legítimas de quienes están afuera de esa trama pero igual reciben los coletazos de sus desaciertos. EE.UU., Canadá, los BRICS, el resto de Asia. ¿No será demasiado? Lo será si además los que están dentro de las tierras de Merkel pugnan por salir. Papandréu no es todavía un Duhalde, pero su actitud hostil es un indicador confiable de fatiga.

¿Quién está salvando a quién? ¿Europa a Grecia? ¿O es Grecia la que se sacrifica, librando una batalla que ya está perdida y dándole a Europa el tiempo necesario para fortalecer sus defensas? Si Grecia no aportase nada ya se le habrían cortado los víveres y Europa se habría dado el gusto de darle una lección que sirviese de ejemplo a todos. Pero, a esta altura, Europa (y el mundo) tienen mucho más que perder de un default griego (decir desordenado no es más que una redundancia) que la propia Grecia. En términos absolutos (desde ya) pero también relativos. Y ello explica la movida de Papandréu. Que Grecia cambie de Gobierno no modificará esa realidad. En definitiva, la Europa que Merkel coloniza no funciona. Ese es el único pequeño gran problema. Si las expectativas se hacen añicos, si el destino es naufragar, por cierto no hace falta la tutela de Alemania.

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