11 de octubre 2016 - 00:00

La venganza del magnate puede implicar el naufragio del partido

La existencia de un candidato presidencial rechazado por postulantes al Congreso, y viceversa, supone una situación inédita para EE.UU.

Furia. Donald Trump se prestó a posar con miembros de la audiencia tras el debate. El gesto parece dirigido a los republicanos que lo resisten.
Furia. Donald Trump se prestó a posar con miembros de la audiencia tras el debate. El gesto parece dirigido a los republicanos que lo resisten.
Nueva York - Tras amenazar a Hillary Clinton con ponerla presa si gana las elecciones presidenciales, Donald Trump medita la venganza contra los "hipócritas moralistas", como definió a sus detractores en un tuit previo al debate del domingo a la noche.

Al parecer, piensa en una verdadera represalia contra los que se dieron vuelta en el momento de máxima dificultad y lo olvidaron esperando un golpe de knockout de parte de la exsecretaria de Estado Hillary Clinton.

Pero el KO por ahora no existió. Y Donald Trump, que salvó por el momento su campaña electoral, piensa en la "vendetta" contra los que calificó de "hipócritas moralistas", sobre todo los ilustres e influyentes senadores y diputados republicanos, desde John McCain a Lindsey Graham, que aprovecharon las 48 horas más terribles e incómodas de su vida para intentar hundirlo.

En su entorno, al día siguiente del segundo duelo televisivo con Clinton, se hablaba ayer de un magnate no sólo satisfecho por haber esquivado el peligro de un prematuro fin de su carrera a la Casa Blanca, sino también furioso con los traidores. Tanto que a sus seguidores y a sus fidelísimos pretorianos, desde el exalcalde de Nueva York Rudi Giuliani al gobernador de Nueva Jersey, Chris Christie, en estas horas impartiría directivas muy precisas: hacer campaña contra los nombres que están en la "lista negra" y que el 8 de noviembre buscarán en las urnas una reconfirmación en el Congreso. En paralelo a las elecciones presidenciales se renovarán también la Cámara de Representantes y un tercio del Senado.

Se trata de una situación sin precedentes y una pesadilla para el establishment republicano. Un candidato presidencial que se declara en contra de los candidatos al Congreso de su mismo partido, los pocos que en estas horas describen una situación de total caos en el Grand Old Party ("al borde de una guerra civil", escribió The New York Times) y de parálisis en sus cúpulas. Una parálisis que crea un vacío, una falta de estrategia por lo cual cada uno va disperso. Con los líderes incapaces de encontrar una línea, entre la necesidad de tomar distancia de Trump pero también de no chocar con los millones de electores que lo votan.

El resultado es que ahora los republicanos no sólo temen haber perdido definitivamente la posibilidad de reconquistar, tras ocho años, la Casa Blanca, sino también perder la mayoría en el Congreso. Un cuadro realmente catastrófico.

Reflejo de esta situación es la incomodidad del presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, que -apretándose la nariz- expresó su apoyo a Trump.

Ahora afirma querer concentrarse sólo en el mantenimiento de la mayoría de la Cámara y no querer más defender o hacer campaña por el millonario del ladrillo (ver página 18). Pero sin retirarle el apoyo. Algo muy difícil de explicar a tantos electores.

Agencia ANSA

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