27 de marzo 2023 - 00:00

Lado B de la memoria, la verdad y la justicia

La memoria es un proceso mental cognitivo que permite por un lado almacenar recuerdos y por otro evocarlos. Esta función superior, que se lleva a cabo en la corteza cerebral de algunos animales, es la que suele alterarse como primer indicio de algunas enfermedades, en particular las demencias tipo Alzheimer. Pero la memoria también es un atributo o tal vez una virtud propia de los pueblos maduros. La frase “los pueblos que no tienen memoria están condenados a repetir sus errores”, que fuera atribuida y desmentida a varios autores, es categórica al respecto.

La repetición consciente de hechos del pasado y la evocación frecuente son actividades que enlentecen el deterioro cognitivo y detienen el olvido. Las personas retrasan la pérdida de su memoria haciendo ejercicios, jugando juegos mentales y recorriendo viejos momentos que mantienen conectadas las sinapsis entre sus neuronas. Los pueblos, en cambio, necesitan repasar permanentemente el conjunto de aciertos y errores pasados, como así también sostener activos en su memoria colectiva los rostros y las actitudes de ciertos personajes históricos. Por eso es necesario mantener conexas las sinapsis entre los distintos momentos de la historia de la sociedad para no caer en viejas calamidades.

La palabra amnistía significa olvido, un obstáculo eficaz contra la evolución de los pueblos. El último gobierno de facto de la Argentina promulgó la ley 22.924 en 1982 y fue conocida como “ley de pacificación”, pero que en la práctica significaba una autoamnistía. La misma fue derogada durante el gobierno del Dr. Raúl Alfonsin y en su texto decía: “Se declaran extinguidas las acciones penales emergentes de los delitos cometidos con motivación terrorista o subversiva, asimismo, a todos los hechos de naturaleza penal realizados en ocasión o con motivo del desarrollo de acciones dirigidas a prevenir, conjurar o poner fin a las referidas actividades terroristas o subversivas, cualquiera hubiere sido su naturaleza o el bien jurídico lesionado…” Y continuaba: “Los efectos de esta ley alcanzan a los autores, partícipes, instigadores, cómplices o encubridores y comprende a los delitos comunes conexos y a los delitos militares conexos.” Conclusión, legalizaba el olvido para todas las muertes, tanto por terrorismo como por terrorismo de Estado y para todas las violaciones de los derechos humanos ocurridas en la Argentina entre 1973 y 1982, para concluir en que, “nadie podrá ser interrogado, investigado, citado a comparecer o requerido de manera alguna…”

Quiero resaltar hoy una virtud de la Argentina de 1983: la velocidad con que aquellas instituciones democráticas derogaron semejante calamidad jurídica, histórica y política.

La frustrada ley de autoamnistía lo único que demostraba era la total consciencia que tenía el gobierno de facto de haber cometido crímenes y por eso mismo se autoperdonaban, echando mano al mismo recurso que el utilizado por el ejército nazi que, ante el avance de las tropas aliadas, iba destruyendo los campos de concentración, intentando borrar las pruebas en su contra.

Por otra parte la repetición de nuestra triste historia setentista, que con demasiados vaivenes ideológicos es permanentemente puesta en las primeras planas de editoriales y notas de opinión, permite el ejercicio cognitivo de mantener activa la memoria a 40 años de recuperar la democracia. Un archivo que se resguarda como una cápsula repleta de documentos, discos rígidos, libros, cintas de cine o de video, fotografías y relatos; porque cuando no quede ningún testigo vivo de esa época, serán éstas nuestras únicas fuentes, ya que no hay justicia, ni verdad, sin memoria.

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