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Lang Lang: técnica y fuego de artificioa
Lang Lang: prodigioso pianista chino de 29 años frecuentemente oscurecido por su divismo y gestos mediáticos.
Rodeado por una expectativa casi tan grande como su aparato mediático, Lang Lang, el prodigioso pianista chino de 29 años, llegó al Teatro Colón para brindar el sábado pasado un único recital. El programa, variado y maratónico, fue interpretado íntegramente de memoria, algo bastante lógico teniendo en cuenta que lo viene repitiendo y lo repetirá a lo largo de su gira actual.
Lo primero que es justicia decir de Lang Lang, por más que no sea novedad, es que posee unas cualidades innatas y desarrolladas descomunales. Su bagaje técnico le posibilita salir airoso de las mayores dificultades y realizar todas sus ideas musicales, que son bien claras aunque muchas veces sean discutibles, y su musicalidad es innegable. La segunda cosa insoslayable es que, según se pudo advertir el sábado, ese talento privilegiado está menos puesto al servicio de la música que al de una artificialidad que termina conspirando contra el arte mismo.
Sus saludos estudiada y demagógicamente dignos de un líder político, sus gesticulaciones faciales exageradas que parecen estar todo el tiempo esperando el disparo de las cámaras y los movimientos de su cuerpo lo convierten por momentos en marioneta de sí mismo, y el extraordinario artista que hay en él queda parcialmente escondido detrás de la «super-media-star» que busca y logra captar a multitudes donde sea que vaya.
La «Partita n° 1» en Si bemol de Bach con la que abrió el recital no fue su mejor carta de presentación: desde el Preludio fue evidente la afectación con la que encara la ejecución pianística, aunque hubo, sí, limpidez en el toque y una correcta ornamentación. Le siguió, casi sin solución de continuidad, la grandiosa «Sonata en Si bemol» D. 960 (opus póstumo) de Franz Schubert, más propicia que la música de Bach, aunque no del todo, a las libertades en la dinámica y la agógica que son un sello permanente en Lang Lang. Si su versión, concentrada y plena de esa expresividad exacerbada, fue por momentos cautivante, por otros la retórica se diluyó, haciendo naufragar la atención del oyente.
Fue en los doce estudios opus 25 de Frédéric Chopin donde el apasionamiento mediterráneo del pianista oriental encontró su mejor cauce. La técnica increíble que es capaz de exhibir (asombrosas sus terceras en el n° 6, por nombrar sólo un aspecto) se desplegó a sus anchas, pero aquí también su tendencia al abuso del pedal se hizo evidente. El clímax de los dos estudios finales estuvo convenientemente acompañado de sus características brazadas dignas de un nadador olímpico.
Los bises terminaron por cautivar a una sala desbordante (y delirante) de público: una «pieza china» destinada a recordar su origen y el estudio de Franz Liszt sobre «La Campanella» de Paganini, sello de una conquista más en su haber. Si el publicitado «efecto Lang Lang», es decir el interés que este fenómeno despierta en los niños por aprender piano, sigue dando sus frutos, sería necesario que los futuros pianistas aprendieran de él más la pasión y la disciplina que sus gestos grandilocuentes.


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