26 de octubre 2010 - 00:00

“Las malas palabras tienen a veces un efecto liberador”

Daniel Kuzniecka: «Las llamadas malas palabras tienen una carga afectiva, no porque tengan el poder del ácido lisérgico sino por su alto nivel de representación en el imaginario».
Daniel Kuzniecka: «Las llamadas malas palabras tienen una carga afectiva, no porque tengan el poder del ácido lisérgico sino por su alto nivel de representación en el imaginario».
En los últimos cuatro años, Daniel Kuzniecka estuvo casi ausente de la televisión argentina, salvo por una participación especial en «Valientes», «Mujeres Asesinas» y algún otro programa bendecido por el rating. Durante ese lapso, el actor de «Cenizas del paraíso» viajó a Colombia para protagonizar la telecomedia «Marido a sueldo» (en la línea de «Pedro el escamoso» y «Betty la fea»). También filmó una coproducción con México («Marea de arena») y otra en Brasil, «Insomnio».

Su mayor compromiso laboral está puesto ahora en el teatro y la transmedia (un nuevo concepto de marketing ligado al espectáculo). El estreno de «Las malas palabras. Virtudes terapéuticas de la obscenidad», que se exhibe en la Sala B de Ciudad Konex (Sarmiento 3131) los viernes y sábados, le ha devuelto el entusiasmo de subir a escena para compartir con el público un material que al mismo, según dice, le «voló la cabeza» veinte años atrás cuando descubrió el libro homónimo del psicoanalista rosarino Ariel Arango. Kuzniecka se ocupó de adaptarlo para la escena con un formato de conferencia didáctica, respaldada con imágenes y teorías freudianas, pero no exenta de picardía.

Periodista: Arango es un autor muy polémico. En otro de sus libros dijo que el hombre casado es un hombre castrado y que el matrimonio desinfla el deseo y sólo beneficia a la mujer y a los hijos.

Daniel Kuzniecka
: Sí, él lo explica en su libro sobre Don Juan, y ahora me está pinchando para que lo lleve a escena. Dice que yo soy Don Juan, pero juro que no es así. Ante todo quiero aclarar que «Las malas palabras» no es un espectáculo sórdido y en general no angustia a la gente. Tiene un enfoque respetuoso. No lo recomiendo para menores de 15 años, pero de ahí para arriba lo disfrutan tanto los de 20 como los de 70 o más. Arango fue Decano de la Universidad Nacional de Rosario y profesor de psicoanálisis en la Universidad de Belgrano, por eso los contenidos de este espectáculo van mucho más lejos que los de «Monólogos de la vagina» y nos permitió demostrar que la cultura y el compromiso artístico sumados a un buen tema pueden funcionar comercialmente.

P.: ¿Su adaptación es fiel al libro?

D.K.: Totalmente. Sólo reestructuré y condensé algunos capítulos por tratarse de un libro de más de doscientas páginas. Hay citas de diferentes autores y pensadores (Freud, Rabelais, Quevedo, Mozart, Voltaire, Sade, Joyce, D. H. Lawrence), proyectamos las obras de arte que menciona el autor, damos respuesta a muchos interrogantes y también aportamos datos muy curiosos, como algunas de las razones de la terminología referida al miembro viril o por qué en la Historia del Arte no se representaban vaginas y sí penes. Ahí está la Maja de Goya que es el emblema de la desnudez y sólo se le ve el vello púbico.

P.: ¿Hay respuesta para todo?

D.K.: ¡Por supuesto! Se habla mucho de sexo, pero con rigor en los contenidos. Analizamos las malas palabras: por qué son llamadas malas, por qué son tabú.

P.: El autor afirma que el lenguaje obsceno le aporta más pasión al acto sexual.

D.K.: Ese es casi nuestro mensaje final y es verdad: hablar obscenamente lleva a coger mejor. Arengo dice que las llamadas malas palabras tienen una carga afectiva. No porque tengan el poder del ácido lisérgico, sino por su alto nivel de representación en el imaginario. Uno las nombra y de inmediato las visualiza.

P.: Usted defiende las malas palabras cuando hoy cualquier locutor o periodista abusa de ellas tanto en radio como en televisión. ¿Y qué opina de las peleas entre mediáticos cada vez más denigrantes?

D.K.: Es que las llamadas malas palabras, bien dichas y ubicadas en contexto, no son guarras. Aquel que las utiliza gratuitamente o habla todo el tiempo como una cloaca es porque sufre una gran insatisfacción y angustia sexual. Yo soy un analítico total de estos fenómenos mediáticos. Estudié antropología de los medios y de la ficción y de ahí pasé al marketing. Estoy alejándome cada vez más de la actuación porque estoy muy metido en la transmedia. Es algo que me encanta. En Estados Unidos, por poner un ejemplo, una compañía puede lanzar una película, un videojuego, un cómic y otras acciones afines para explotar un guión como «La guerra de las galaxias». Por eso, más allá de que me guste o no un programa como el de Tinelli en el que todo el mundo se insulta o exhibe su sexualidad, yo en lugar de criticar, analizo el fenómeno. Es mi trabajo. Así como un psicoanalista no se pone a criticar a su paciente...

P.: Últimamente rechazó varias ofertas televisivas.

D.K.: Ahora mismo acabo de recibir una propuesta para el año que viene como contrafigura importante de una tira. Pero ¡ya basta! Estoy harto de eso. Me aburren esas contrafiguras que, como todo el mundo sabe, no se van a quedar con la protagonista. Estoy cansado de participar de fórmulas que no aportan nada ni al espectador, ni a mí ni a nadie. A veces todo es tan obvio, que con sólo mirar el afiche uno ya se da cuenta de cómo va a terminar la historia.

Entrevista de Patricia Espinosa

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