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Lerman recrea con acierto una ominosa época del país
Julieta Zylberberg y Osmar Núñez son los exactos protagonistas de «La mirada invisible», film de Diego Lerman, más atractivo en varios aspectos que «Ciencias morales», la novela en la que se basa.
Vigilar siempre, pero como si no lo estuviera haciendo. Esa es la mirada invisible que recomienda el jefe de preceptores a su joven subalterna, en el severo colegio secundario donde transcurre casi toda la acción. Pero no es tan invisible. Los chicos sufren su permanente control, en las aulas, en los pasillos, en la sala de ceremonias. Y ella vive bajo la mirada de su superior. Por alguna razón no advierte, o no quiere advertir, lo que esos ojos están maliciando. Pues todo es malicia, sospecha, suspicacia, en el jefe, que le hará ver las estrellas en sentido literal y figurado. En cambio, la mujer es toda seca, de la piel hasta el alma. Y estirada como vieja solterona de caricatura, limpia, estricta, obediente a las reglas, reprimida a toda hora. Eso, en una chica de 23 años, significa un evidente desarreglo.
En efecto, pronto la pescaremos en una actitud impropia, queriendo husmear el comportamiento de los adolescentes en el lugar que todo colegio reserva para privacidad de los alumnos, el baño. Recuerde el lector el baño de su colegio, ese lugar donde bromeaba, fumaba a gusto, incluso cazaba algún murciélago y lo hacía fumar, y si entraba un bedel era sólo para pedir menos gritería, o más cigarrillos. Pero en ese colegio los alumnos son serios hasta en el baño. Y ella es una fisgona. Que se encierra para vigilarlos, y de a poco se va enervando con los malos olores, y afloja su propio sentido de lo correcto. Para colmo en el lugar de trabajo. No tiene novio que la ayude, pobrecita, y las cosas empiezan a agravarse. Una mirada indiscreta, una mala interpretación de su superior, que precisa muy poco para malinterpretar, castigar y someter a su antojo a la gente débil, y ahí revientan la alienación, y el drama. En unos pocos minutos.
Película de climas ominosos, con excelentes actuaciones de Julieta Zylberberg y Osmar Núñez, artista de admirable ductilidad, con música perturbadora de José Villalobos y ascética puesta en escena de Diego Lerman, capaz de dar un enrarecimiento tan metafórico y extraño como el de Walerian Borowzcyk en «Goto, la isla del amor» (célebre cuento de perversiones y dictaduras), «La mirada invisible» es en varios aspectos más atractiva que «Ciencias morales», la novela de Martín Kohan en que se basa. Lástima, un defecto inicial, que el libro evitó. Pone al comienzo el lugar y fecha donde transcurre la historia. Eso quita misterio a la trama, y nivel universal a la parábola. Resulta significativo, en cambio, el tramo documental que cierra la película, y que orienta interpretaciones y discusiones.
Filmado en el Colegio San José, de hermoso patio, y otros institutos educacionales, entre ellos uno de baños asquerosos, la historia transcurre en el Nacional Buenos Aires, que no autorizó el rodaje en su sede. Dicho sea de paso, entre 1964 y 1976 hubo en el Nacional un tallercito de cine donde Fabián Bielinsky, el de «Nueve reinas», hizo sus primeras armas, y Manuel Antín, Rodolfo Kuhn, Patricio Esteve y otros notables daban clase con sueldo de celadores, llevados por el crítico de cine y música clásica Armando Rapallo, que fue director de extensión cultural del colegio exactamente hasta el 9 de abril de 1976, cuando lo echaron. Pero ésa es otra historia.
P.S.


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