20 de mayo 2009 - 00:00

“Liberar al cine de la censura, y de Hollywood”

El realizador Wayne Wang da indicaciones a la actriz Vida Ghahremani durante el rodaje de «Mil años de oración».
El realizador Wayne Wang da indicaciones a la actriz Vida Ghahremani durante el rodaje de «Mil años de oración».
Al director Wayne Wang se lo recuerda particularmente por las agradables películas «Cigarros» y «Humos del vecino», ambas con textos de Paul Auster, y también por obras más cercanas a su comunidad, y al mismo tiempo de interés universal, como «El club de la buena estrella». Afable, delgado, dialogamos con él en el Festival de San Sebastián, cuando presentaba dos films basados en sendos cuentos de Yiyun Li sobre chinos en EEUU (existe edición en español, publicada por Lumen, con el título de «Los buenos deseos»): «Mil años de oración», que iba en competencia y terminó ganando el premio mayor, el de Signis, el de mejor actor, y otros varios (y que se estrena mañana en el país), y «La princesa de Nebraska», que de algún modo complementa la otra, e iba en una sección paralela (y, paradójicamente, se estrenó en la Argentina antes, el año pasado).

Periodista: ¿Cómo fue su formación cinematográfica?

Wayne Wang: Nací en Hong Kong, y mi hogar fue el de una tradicional familia china cuando Hong Kong era una colonia británica, así que me formé viendo comedias inglesas en la televisión. En verdad, sólo existía un canal de TV, alimentado básicamente por la BBC. Y mi educación, antes de que nos radicáramos en los Estados Unidos, estuvo a cargo de los jesuitas irlandeses. De modo que, con lo que le cuento, podrá hacerse una idea de la diversidad de influencias y culturas que tuve en mi infancia. Eso me dejó una marca: nunca me conformo con una única mirada sobre el mundo; siempre estoy seguro de que las cosas pueden apreciarse, y entenderse, de varias maneras, según distintas ópticas.

P.: ¿Es cierto que usted se llama Wayne en homenaje a John Wayne?

W.W.: Absolutamente. Cuando mi padre nació, en la China era costumbre llevar al bebé a un filósofo, para que le pusiera un nombre. El filósofo del pueblo lo miró, dijo «esta criatura no tiene madera suficiente», y, como invocando a los dioses, lo llamó Rey del Bosque. Cuando nació mi hermano mayor, papá lo hizo llamar Príncipe del Bosque, nombre que encuentro muy poético, y muy chino. Pero cuando yo nací, ya estábamos en Hong-Kong, bajo esas influencias occidentales de las que le hablé antes. Mi padre admiraba a John Wayne. Pero John era un nombre demasiado común, y rompía mucho con la tradición familiar. Así que se decidió por Wayne, que además suena, en chino, como «brote de árbol».

P.: ¿En los EE.UU. ya lo consideran americano?

W.W.: No, me siguen viendo como chino, aunque los chinos digan que no lo soy. Y eso me rejuvenece: me siento global. Los jóvenes, que incorporan distintas culturas, son globales. Pueden tomar lo más conveniente de cada cultura. Yo me expreso mejor en cantonés que en mandarín, que es muy formal, y me expreso todavía mejor, con más soltura, en inglés. ¡En inglés puedo maldecir, decir palabrotas! El protagonista de «Mil años de oración» logra comunicarse en mandarín e inglés básico, con una señora iraní que solo habla farsi y «broken english». Pero no puede entenderse con su hija.

P.: Ella vive en EE.UU. desde hace años, se ha divorciado, enamorada de un hombre casado al que luego rechaza, y el padre, todavía comunista conservador (aunque ha sufrido lo suyo), viaja desde China a visitarla.

W.W.: Como ve, hay varias razones para que no puedan entenderse. Yo bromeaba con mi asistente. «Este viejo es como Mr. Bean en América». Se topa con una joven en bikini, que para él está desnuda. Ella le cuenta que es médica forense (una profesión de moda en EE.UU.) y lamenta que en ese pueblo haya pocos cadáveres. Luego, en la cocina de la hija no hay un solo wok, el viejo se siente como en otro planeta.

P.: Y aunque hablen la misma lengua, ya no se entienden.

W.W.: Hay otra cosa. Ustedes son latinos, son expresivos. Nosotros a menudo somos muy indirectos. Y, hasta hace poco, una hija no podía levantarle la voz al padre, ni discutirle, mucho menos desafiarle o reprocharle algo. Ella ha cambiado mucho, pero sigue pensando de acuerdo a su formación. Solo cuando el padre la sigue presionando logra replicarle, también de modo indirecto, «Bueno, sabemos lo que te pasó a ti también». Y en realidad sólo sabe de unas habladurías que la agobiaron desde chica, y que una buena conversación entre padre e hija hubieran disipado hace ya años.

P.: «Mil años de oración» es muy distinta de «La princesa de Nebraska».

W.W.: Suelo hacer eso. Después de «Cigarros», que estaba muy bien escrita, muy ensayada, hice «Humos del vecino», más suelta. Después de «Mil años», que es calma, de drama contenido, cámara quieta, hice «La princesa», a un costo bajísimo, pocos profesionales, y muchos alumnos que les gusta mover la cámara.

P.: ¿Qué exigencias le impuso «Mil años»?

W.W.: Necesitaba actores que hablaran mandarín auténtico y suficiente inglés bueno. Y los encontré viendo de nuevo «El último emperador», donde él hace de maestro eunuco, y ella es la mujer que ahoga a su propio bebé. Entonces eran casi de reparto, pero ahora ella es una gran actriz en Pekín. También necesitaba bastante dinero, y China me ofreció el 50% del presupuesto. Pero me pidieron que quitara una frase del guión, que dice el viejo: «El comunismo es bueno, pero cayó en malas manos». Me negué a quitarla. Vivo en un país libre, quiero hacer películas libres. Por suerte encontré un productor japonés, que además ama los relatos tranquilos, como yo. En Hollywood siempre me dicen que soy lento, me abrevian las escenas, no dejan que los personajes respiren. Yasujiro Ozu, Satyajit Ray eran lentos, daban tiempo a que el espectador entrara en los personajes, ponían planos descriptivos, llenos de emociones, de información. Todo eso ha desaparecido. ¡Me siento como el viejo de mi película, que no encuentra más el mundo en que ha crecido!

P.: ¿Qué lo lleva a la realización de estas películas de bajo o mediano presupuesto?

W.W.: La misma razón, poder filmar un cine libre. Tanto en la elección de los temas como en el control de la película. En los Estados Unidos, y hay muchos casos de directores famosos que lo prueban, como el de Coppola, por más que se tenga una nombre sólido y una amplia carrera a las espaldas, jamás se llega a tener el control cuando se trabaja para un estudio grande. Quiero ser libre también para decir que un día determinado no tengo ganas de filmar tal o cual escena y no filmarla, pensar en una alternativa.

P.: En los últimos años hubo varias películas sobre los aspectos más negativos de la Revolución Cultural China. ¿A qué atribuye eso?

W.W.: A la tremenda marca que dejó. Yo jamás haría una película ambientada directamente en ese momento. Sería demasiado cruel y brutal. Prefiero ocuparme, como en el caso de «Mil años», de sus efectos.

Entrevista de Paraná Sendrós

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