Llamas se propagan en Europa de Merkel

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Exactamente un mes atrás Angela Merkel y Nicolás Sarkozy prometían una «solución exhaustiva» para los males que azotan a Europa. Ayer costaba trabajo identificar siquiera una módica señal de progreso. Contra lo que podía creerse, las acciones más enérgicas de la dupla no terciaron sobre la economía y las finanzas -más allá del plan «Merkozy» de fin de octubre, que carece todavía de principio de ejecución- sino en el terreno de la política. La imprevista rebeldía del premier griego Papandreu y su intención de convocar a un referéndum fue abortada sin contemplaciones. Hay un nuevo gobierno en gestación en Atenas que ya sabe de manera oficial que «la incorporación de Grecia a la moneda común fue un error» y que el único menú «es aprobar las reformas económicas o abandonar el euro». No está claro quién asumirá, pero no se discute que consentirá las reformas. Más audaz fue la maniobra del eje franco-alemán en Italia. Berlusconi se hundió antes de tener la oportunidad de ensayar una traición como la de Papandréu. Il Cavaliere sucumbió ante un golpe de mercado de típico corte sudamericano entregado por sus propios partisanos. También Italia cuando arme gobierno suscribirá las reformas (ya aceptó que el FMI las audite en forma regular). No es cierto, pues, que este último mes no haya habido avances. La crisis empeoró, no hay duda, pero la política de la eurozona se disciplinó bajo un corsé rígido y tajante. Es el tiempo, dijo ayer Angela Merkel -sin aflicción- de una «nueva Europa.»

¿Quién está pensando esta nueva Europa? ¿La tecnocracia de Bruselas? ¿El llamado Grupo de Francfort? ¿Sólo Merkel y Sarkozy? Nada de eso. Bienvenidos a la Europa de Merkel (y según Sarkozy dixit, de su partido, la CDU). La regla tácita -como reconoce Der Spiegel- es que quien descarrila sus finanzas, pierde soberanía. Aquí el que paga manda. Con la curiosa excepción de que Alemania manda precisamente porque retacea los pagos. En ese sentido la crisis es el mejor cancerbero. ¿Cómo hace para sobrevivir quién no abraza la prédica de las reformas cuando el temporal le sopla en el rostro? Esta nueva Europa se diferencia de la vieja en que ya no tiene candado que obstruya la salida: o se aceptan sus reglas o se salta al vacío.

La bancarrota de un país no es una palabra abstracta, dijo esta semana el primer ministro francés François Fillon. Y acto seguido fue consecuente: anunció un plan de austeridad -con aumentos en la alícuota del IVA, la edad mínima de jubilación y otros impuestos corporativos más recortes en el gasto de salud- con el ánimo de ahorrar para equilibrar el presupuesto en 2016. Merkel ayer fue contundente: se necesitan reformas estructurales profundas y se necesitan rápido. Sarkozy comparte las fotos con Merkel; pero ella blande la navaja y es Francia la que tiene sus barbas en remojo.

La tesis de que Berlusconi es el problema de Italia era muy atractiva. Y se vendió como buzón pintado de vivos colores. Lástima que el primer ministro se haya apurado en ofrecer su renuncia. Berlusconi cometió muchos pecados, pero no fue él quien incendió Roma. Ni su mercado de bonos. Ni antes los de Grecia, Irlanda o Portugal. Y no es verdad tampoco que recién ahora la crisis llegó a Italia. Está instalada allí desde julio (el BCE, de hecho, interviene en el mercado secundario desde agosto). Eso sí, las llamaradas en Roma nunca habían sido tan altas (sin ofensa a Nerón); si no se las controla pronto, la crisis no se detendrá sin que a la par arda París. Mal que le pese a los desvelos de Monsieur Fillon. Ocurre que la deuda italiana en manos francesas supera el 20% del PBI galo. Y el sistema financiero ya humeaba ayer en pésima señal. A esta altura es obvio reseñar que lo que está expuesto a las llamas no es uno sino varios Lehman Brothers.

¿Cuál es la lógica que guía a Merkel? ¿Es un revival de las ideas liquidacionistas a la Andrew Mellon? Está claro que la eurozona marcha a paso de ganso hacia políticas de más austeridad y reformas estructurales y el resto del mundo no. Y a la par no hay otra crisis severa en el mundo que no sea la de la eurozona. La convicción de que sí o sí hay que purgar los excesos... ¿es un axioma o una tesis que admite prueba en contrario? No se sabe. La eurozona es una unión monetaria, pero no una unión fiscal y mucho menos un país. La blitzkreieg de Merkel la ha dotado, bajo su férreo mando, de una incipiente unidad de conducción política (al costo quizás de fracturar en el futuro los confines de la unión monetaria). Cuando Merkel promete una nueva Europa (no sólo no liquidarla, sino «más Europa»), ¿qué pretende? ¿gobernar una colección de escombros? ¿o tomar el control político y alinear (alguien diría «germanizar») a las economías de la región y recién luego permitirles acceder a los botes salvavidas? Tampoco se sabe. Y hay derecho a suponer que aun siendo así no habrá espacio para todos. En cualquier caso, una agenda tan ambiciosa requeriría una pericia de ejecución que ha estado ausente por completo. Es verdad que Europa tiene más recursos bajo la manga que los que ha empleado para atajar la crisis. Y también es cierto que Alemania siempre bloqueó su utilización plena. Pero aunque Alemania revisara su posición y encolumnase de lleno al BCE, nadie puede garantizar que los refuerzos no arriben demasiado tarde. Es por eso que para el resto del mundo ya no parece prudente no inmiscuirse en la cuestión. Que el incendio no sea en su propiedad, sino en una enorme finca lindera, no es buena razón.

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