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Llanto de los bebés orienta a asesinos
Cuando Mohamed Sherif, de 65 años, compró hace 35 una casa en la calle Trípoli, lo hizo en uno de los mejores barrios de Misrata. La villa de estilo colonial italiano tenía un gran jardín con limoneros, cuenta Sherif. Su esposa Mariam solía comprar en un mercado cercano berenjenas y tomates cuando volvía de trabajar.
Hoy ese idilio es el campo de batalla en la enconada pugna por el poder entre los rebeldes y las fuerzas del régimen de Muamar Gadafi. Mientras Misrata sufre desde hace semanas el asedio y el bombardeo, el mercado de frutas y verduras de la calle Trípoli se ha convertido en el epicentro de los combates.
Horror
Mohamed y Mariam Sherif lograron huir del horror a bordo de un pequeño barco pesquero. «Cuando nos dirigíamos al puerto, me di vuelta y eché un último vistazo a la calle Trípoli», dice el ya jubilado vigilante de fronteras y aduanas ahora en Bengasi, la metrópolis en manos de los opositores al régimen en el este de Libia.
«Ya no era la calle que yo amaba. Había cadáveres en el suelo; sobre los tejados acechaban francotiradores. En lugar de casas, los edificios parecían los restos de un incendio, y el mercado de verdura parecía un matadero», agrega.
El ama de casa Halima Bush Alaa aguantó cuatro días en su hogar con su familia mientras proseguían los ataques. «No teníamos nada para comer, tampoco agua y ninguna noticia de lo que ocurría allí afuera», recuerda esos momentos de terror. «Finalmente, mi hijo salió a buscar pan. Un francotirador lo mató. Nos dejaron su cadáver frente a nuestra puerta», cuenta conmocionada mientras se muerde las uñas, en las que quedan unos pálidos restos de henna.
Al final irrumpieron mercenarios de Gadafi en su casa y se llevaron lo que encontraron: dinero, joyas de oro y las llaves del auto. Y golpearon con la culata de sus armas a Bush Alaa.
«Estuve sangrando durante cuatro días, pero el camino al hospital no era seguro», recuerda. Lo peor de todo eran los niños que lloraban de hambre. «Les tuvimos que tapar la boca para que los francotiradores no los oyeran. Así es como encuentran a las familias: siguen el llanto de los bebés».
Desesperación
Algunos trataban de distraer con trucos a los francotiradores del régimen. Sabri Dua lanzaba pelotas en su dirección y se hizo una especie de espantapájaros con un oso de peluche, que llevaba consigo, con la absurda esperanza de ablandar a los duros francotiradores o de confundirlos. «Estábamos sencillamente desesperados», señaló.
Sherif observó a los soldados de Gadafi a través de un agujero en un muro en su propiedad. A menudo estaban muy ebrios. «Para ellos esto es como un juego. Como disparar en un polígono de tiro. ¿Cuántas familias podemos matar?». Aseguró que se divierten también cometiendo obscenidades atroces.
Por ejemplo, orinaron y vertieron excrementos en la cara del primo de Sherif y después intentaron estrangularlo. Pero cuando un soldado le preguntó su nombre, resultó que pertenecía a una tribu de Sirte, la ciudad natal de Gadafi. Su torturador era incluso un familiar lejano. Lo dejaron marchar.
Sherif está convencido de que «Misrata es una espina para las pretensiones de Gadafi. Quiere destruir la ciudad para quedar bien en Sirte», afirmó. De hecho, la tercera mayor ciudad de Libia se encuentra a medio camino entre Trípoli y Sirte y obliga a las tropas de Gadafi a rodearla en sus desplazamientos. «Pero no lo dejaremos ganar».
Al final, Sherif se queda un momento pensativo: «Si Misrata es un libro, la calle Trípoli es la tapa del libro. Gadafi no puede destruir Misrata sin hacer pedazos la tapa del libro. Estoy seguro de que volveremos a nuestra casa en la calle Trípoli. Los limoneros de mi jardín siguen teniendo frutos», termina.
Agencia DPA


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