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¿Lo peor ya pasó? Falta aún quitar la soga del cuello
José Siaba Serrate - Economista
La corrida contra la deuda pública de la zona del euro -la dinámica que con sus fases de «stop and go» mantuvo en vilo al mundo durante dos años- se detuvo «en seco» en diciembre último. La crisis culminó cuando el BCE así lo decidió. Draghi sabe de lo que habla. Prometió dos subastas de financiación a tres años a demanda de los bancos europeos (sin otro límite que la presentación de garantías flexibles), y le bastó con concretar la primera para retomar el control. Ni la baja de calificaciones de crédito de media Europa (aquella en la que Francia perdió su preciada AAA) ni la reestructuración con quita -y default- de Grecia pudieron revivir el monstruo. La batalla de Europa se libró en España e Italia. Y, a la hora de la verdad, los pases del BCE la resolvieron de un sablazo.
En proporción a sus fuerzas la eurozona no sostiene sobre sus espaldas más deuda pública que EE.UU., Gran Bretaña y Japón. No despliega tampoco déficits en sus cuentas fiscales o externas que la discriminen en la comparación. Si nadie espera una crisis inminente en ninguno de los tres países, ¿por qué no creerle a Draghi cuando asegura que lo peor de la crisis de crédito en Europa ya es historia? La corrida se cebó mientras el BCE permaneció de brazos cruzados -o con una actitud pasiva de convalidación-, pero no perduró ni un santiamén cuando se trocó en una intervención a fondo. Tarde, por una vía oblicua (la asistencia directa a los bancos, en vez de la compra de deuda pública), el BCE concretó lo que la Fed, el Banco de Inglaterra y el Banco de Japón habían hecho mucho antes. Y la experiencia indica que cuando se instala un comprador firme de última instancia no hay corridas.
Dos son los jugadores claves para desentrañar la suerte de la crisis de Europa. El BCE y Alemania. Son dos, se entiende, si es que son independientes. Importa Draghi, como se vio, porque el banco central posee la capacidad de disuasión necesaria para lograr que «lo peor haya pasado». Pero Alemania importa más. Aun si se hace a un lado su influencia en el propio BCE. Aun si se pasa por alto el duro cuestionamiento a la estrategia de pases del BCE formulado a posteriori (después de que se quitaran las castañas del fuego) y que debiera leerse como un veto a una eventual tercera subasta. Merkel pesa más que Draghi porque es Alemania la que dicta la política económica de la región. Y es esa política de reforma y ajuste, paradójicamente, la amenaza más punzante para la estabilidad. Que la crisis haya terminado no significa que con sus mismos ingredientes no se pueda fabricar otra.
Dijo el primer ministro italiano, Mario Monti, a la manera del muerto que abre un ojo y se asusta del degollado, que «España está dando motivos de gran preocupación a Europa». Su situación económica, apuntó, «podría provocar un efecto contagio que podría extenderse por el continente». Es verdad que España cayó en la doble recesión. E Italia también. Y la eurozona en su conjunto. Pero Monti no se refería a esa realidad. Lo inquieta que su par español, Mariano Rajoy, motu proprio, rechazó atarse al déficit fiscal del 4,4% del PBI convenido con Europa y tras tironear con Bruselas aceptó canjearlo por una meta del 5,3% que pocos creen que aspire a cumplir. Esas libertades no sientan bien. Acota Monti de Rajoy: «Ha hecho una reforma laboral incontestable, muy incisiva». Tiene razón (Monti todavía la debe). Pero «ha descuidado las cuentas públicas». Queda claro que para Il Professore la crisis no está enterrada: «Sus tasas de interés suben y basta poco para recrear fenómenos que, a través del contagio, nos puedan afectar a nosotros». Hay que entenderlo a Monti como a quien se quema con leche. Son palabras vertidas cuando las tasas españolas a diez años volvieron a escalar por encima del 5,5%, la semana pasada, y arrastraron a las de Italia. Fue una espuma breve. Se ve que aún no hay condiciones para ensayar una pulseada que dure mucho más.
No obstante, la situación de España y el temor de Monti echan luz sobre los riesgos de una recaída. El «pecado» de Rajoy fue pretender cambiar el sesgo de la medicina que prescribe Berlín: puso el acento en avanzar en las reformas estructurales y la capitalización de los bancos, y buscó moderar el ajuste fiscal, dados los vientos de recesión. Por eso Rajoy blanqueó antes que nadie el déficit fiscal de 2011 -el 8,5% del PBI, lejos de la meta del 6%- y rompió lanzas con el compromiso tomado para 2012. Eso sí: no se animó a tocar el sacrosanto objetivo del 3% para el año próximo. Lo curioso es que ninguno de esos registros es cumplible. En ese sentido, la jugada de Rajoy, aunque inconsulta, era sensata. Ya se verá cuando los demás países difundan sus números del año pasado (sin el apuro del líder gallego) que ni siquiera Alemania pudo satisfacer las previsiones. Aun así, tiene razón Monti en asustarse. Pero la solución no es ajustar más, sino quitarse la soga al cuello. O, por lo menos, convencer a Berlín de aflojar razonablemente el nudo.


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