14 de noviembre 2011 - 00:00

Lo que se viene: la Europa de Merkel o el Infierno del Dante

José Siaba Serrate - Economista
José Siaba Serrate - Economista
«Abandone toda esperanza, aquel que entra aquí». ¿Es el Infierno del Dante? ¿O la Europa de Merkel? La deuda italiana atravesó el umbral del 7%, la frontera de la que no volvieron ni Grecia, ni Irlanda ni Portugal. Fue, vio y, si bien no venció, pudo, por esta vez, regresar. ¿Existirá la cura de espanto? Virgilio diría que no, Frau Merkel cree que sí. La nueva Europa que ella tiene en mente exige sacrificios. Para las almas de los desdichados pertenecer no supone privilegios. El premio de escoger la diritta via -la senda correcta- es no quemarse en el infierno. El mismo que Virgilio le mostró al Dante en vida porque Dios así lo quiso («así se dispuso allí donde se tiene la autoridad»). El mismo que Merkel le recordó a la Italia epicúrea de Berlusconi. Es el tiempo, dijo impertérrita ante la crisis, de una «nueva Europa».

¿Hacia dónde quiere ir Europa? Cuando el presidente Sarkozy echó en términos destemplados al primer ministro británico David Cameron del tramo decisorio de la cumbre de Bruselas (por no creer en el euro y querer dar consejo), allí aplicó la tesis de la Europa de dos velocidades que expondría más tarde ante los estudiantes de Estrasburgo. No se refiere -como sostuvo después el cable de noticias- a ninguna poda al interior de la unión monetaria. La segmentación que propone tiene que ver con la Europa de los 27. La divisoria de aguas es el uso de la moneda común. La Unión Europea en su conjunto se mueve a un ritmo confederal, la unión monetaria acelerará hacia una federación (Sarkozy dixit; que se cumpla será harina de otro costal). Dos días después, en el Die Zeit, el exministro alemán de Relaciones Exteriores (en tiempos de Schroeder), Jokcsha Fisher, fue más gráfico aún: «Olvidémonos de la Europa de los 27».

Ya se consignó que la «nueva» Europa es la tierra de Merkel. Es la Europa de los 17, la unión monetaria. Se apuntó también que esta nueva Europa se diferencia de la vieja en que «no tiene candado que obstruya la salida»: como se le dijo a Grecia, «o se aceptan las reglas, o se abandona el euro». Allí brota la confusión con la tesis de las dos velocidades. De ahí la presunción de que Alemania persigue la idea de reconfigurar la zona del euro limitándola a un núcleo duro. Ya se sabe: en una corrida todo lo que digas será usado en tu contra. La tesis de Sarkozy es distinta (y los hechos la validan). La amenaza es que el país que no cumpla las reglas del ajuste y la reforma (dictadas por Berlín) se tendrá que ir. Pero el propósito no es que se vaya sino que las cumpla. Y ni siquiera Grecia (el que menos tiene que perder) se atrevió a dar el paso. La rebeldía de Papandréu se conjuró en el acto. Y Grecia se alineó aun antes de elegir a su nuevo Gobierno. Italia ya aprobó las reformas -con la velocidad de una Maserati- y vaya a saberse cuándo armará gobierno (y cuánto tiempo durará). Francia -el par ceremonial de los alemanes- también ratificó, la semana pasada, el credo de la austeridad. «La bancarrota de un país no es una palabra abstracta», se justificó el primer ministro François Fillon, tan impresionado como cualquier lector iniciático de la Divina Comedia.

Europa quiso evitar, desde el primer día, que la azotara una crisis de la deuda soberana. Y en ese afán, la provocó. Nadie más -ni EE.UU. ni Gran Bretaña ni Japón- cayó en la trampa. Merece pues la crítica más dura. Se dijo, ya en un principio, que Europa cometía el error de política económica más grave desde Lehman. Pero no se la puede juzgar si no se comprende su accionar. Y hay que vigilar sus pasos porque nadie se puede sentir ajeno. No estamos lejos del momento en que la mejor decisión sea quitarle la navaja de las manos.

La Europa de los 17 es una unión monetaria y no una unión fiscal (así fue diseñada expresamente). Tampoco, mucho menos, es un país (una unión política). Lo que Merkel hizo - en el último mes y, con gran determinación, en la última semana- es avanzar a paso redoblado hacia un control político unificado bajo su puño. La ofensiva relámpago no carece de bemoles. La democracia se resiente (esa es la foto que quiso Papandréu para sí). Donde sucedió la traición (Atenas) y donde pudo incubarse (Roma) ya no hay bastiones de resistencia sino el germen de dos tecnocracias con una agenda predatada que no depende de nombres propios. La unión monetaria tampoco sale indemne. La idea de una fusión irrevocable -el axioma durante diez años- hoy está en la picota. Después de todo, la amenaza de expulsión a los díscolos, para ser eficaz, tiene que ser creíble. ¿Qué es lo que le falta a Merkel? La integración fiscal: las transferencias de recursos -efectivas o potenciales- que deberían contener a la crisis. La noción original de que el apego a la virtud promovería un shock de confianza no funcionó (el alivio por la veloz aprobación de las reformas en Italia es un fugaz botón de muestra de lo que se buscaba). Los mercados no la compraron y la terminarían vendiendo con ahínco. ¿Qué alternativa queda para la estabilización? Los eurobonos y el BCE. Sería largo explicar ahora por qué los únicos «eurobonos» decisivos -a esta altura- son los pasivos del BCE. Es menester el compromiso firme de intervención del BCE. ¿Quién tiene esa llave? Se cree, se confía que sea Alemania. Pero siempre se pensó que utilizaría su influencia mucho antes, que no dejaría avanzar la hoguera hasta estos límites peligrosísimos.

Como política para lidiar con la adversidad, llegar hasta este extremo, ¿no es una locura? Sí. Por un simple criterio de administración de riesgos, ¿no correspondía frenar antes a Merkel? EE.UU. lo intentó, pero no pudo. En los tiempos de la guerra fría no hubiera pasado. ¿No habría que hacerlo ya? Mejor tarde que nunca. ¿Se dejará que Merkel, a suerte y verdad, complete su estrategia dantesca, y sin red? ¿O se reaccionará a tiempo? Esa es la pregunta del trillón de euros. El mejor indicador -la docilidad de Sarkozy- todavía ofrece una respuesta negativa.

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