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5 de julio 2019 - 00:00

Lombardero: sobre la culpa y la responsabilidad

El encuentro entre Stefan Zweig con Richard Strauss en un caso, y el juzgamiento del compositor alemán Wilhelm Furtwängler en el otro, articulan una experiencia teatral profunda y conmovedora.

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“El mundo de ayer”, la monumental autobiografía que Stefan Zweig escribió poco antes de su suicidio en Petrópolis, Brasil, en 1942, convencido de que los alemanes ganarían la guerra y que el mundo sería nazi, es un testamento doble: no sólo el suyo propio sino también el de la Europa civilizada. Zweig nunca se sintió austriaco sino europeo, y ese mundo de ayer, esa cultura en la que se formó y contribuyó tanto a difundir, estallaba ante sus ojos. En una de sus páginas, Zweig escribe que una de las peores consecuencias que trajo la Primera Guerra Mundial fue que la pérdida de la fe en la palabra. En su visión, esto significaba que el europeo, acostumbrado al orden, la justicia y la ética, descubrió desde 1914 que su gobierno podía mentirle: lo llamaba a la guerra, al sacrificio, y no por una causa justa sino por ambición de poder. La ruptura de la identificación del europeo con su gobierno, agravada con la posterior llegada de los totalitarismos, produjo para Zweig ese cambio radical del que ya no se volvería más.

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El dramaturgo sudafricano Ronald Harwood escribió sus obras “Colaboración” y “Tomar partido” en la perspectiva del brutal efecto que tuvo el nazismo en Europa, y en particular en la conciencia de intelectuales y artistas, divididos entre los que emigraron y los que, sin ser colaboracionistas, se quedaron, pero debieron enfrentar múltiples presiones y juzgamientos (muchos de los cuales, históricamente, no han cesado, como lo demuestran estas obras).

Marcelo Lombardero, que debuta de manera formidable en la dirección de teatro de prosa con una puesta conjunta de ambas piezas en la sala Casacuberta del teatro San Martín, decidió seguir la modalidad de algunos teatros europeos y presentarlas en simultáneo no sólo por el tema y estructura casi comunes sino también porque hay una interrelación explícita entre ellas. “Colaboración” relata el encuentro entre Zweig, como libretista, y Richard Strauss, como compositor, en la creación de la ópera “La mujer silenciosa” (“Die schweigsame Frau”, 1934), en momentos en que las leyes raciales impedían a los judíos, y Zweig lo era, estrenar nada en Alemania. “Tomar partido” se ocupa del proceso al que un oficial norteamericano inculto, el mayor Steve Arnold, somete al célebre director de orquesta alemán Wilhelm Furtwängler al fin de la Segunda Guerra, acusándolo de colaboracionista con los nazis. Ese criterio, tantas veces refutado (inclusive por el violinista Yehudi Menuhin, quien en los años 50 invitó a Furtwängler a grabar juntos el Concierto para violín de Beethoven, hoy un clásico de la discografía de ambos), en los Estados Unidos, por ejemplo, persistió durante toda la vida del director, quien nunca volvió a actuar en su territorio.

“El conflicto que une a ambas obras”, señala Lombardero en conversación con este diario “es ese veneno imperceptible, el fascismo, que poco a poco entra en las personas, y las transforma. En ‘Tomando partido’, por ejemplo, no hay más que ver el tremendo papel del segundo violinista, el lugar que tuvo en la orquesta y cómo ingresó en ella”. A la pregunta de cómo llegó a estas obras, Lombardero dice que desde hace tiempo deseaba ponerlas en escena. “Son un díptico que examina, en ambos casos, la diferencia que hay entre la responsabilidad y la culpa. Una cosa es haber formado parte, otra ser o sentirse culpable. El caso de Richard Strauss es singular: él, que tenía una nuera judía, Alice, creía estar por encima de todos esos asesinos mediocres. No pensaba que lo afectarían porque él era el más importante compositor alemán de la época, y en una época en que serlo era también una de las cosas más importantes del mundo. Hoy ya no pero entonces sí, el artista tenía ese lugar. Hay un momento en la obra donde se relata, y esto fue real, que cuando la Gestapo llevó a familiares de Alice a Theresienstadt, él fue con su chofer hasta la puerta del campo de concentración para protestar airadamente y exigir su liberación. Eso casi le cuesta la vida. Strauss también venía del mundo de ayer, como Zweig”.

Al igual que Furtwängler, el estigma del papel de Strauss durante el nazismo atravesó los años. Su deseo de seguir colaborando con Zweig, su defensa de la parte judía de su familia, su desprecio por los nazis convivieron, en su biografía, con el haber sido director de música del Reich y haber compuesto, a pedido de los nazis, el Himno para las Olimpíadas de 1936 en Berlín y la Marcha Festiva para el emperador de Japón (episodios que se mencionan en la obra). “‘Tomando partido’ va más allá”, dice Lombardero. “Harwood plantea el conflicto de la definición de una postura, la dificultad de no juzgar de entrada, como hace el Mayor Steve Arnold. Plantea el tema de dónde nos paramos”.

Si bien Harwood establece un puente entre Zweig y Strauss, sus reacciones ante la existencia son opuestas: en un caso la depresión, el exilio y el suicidio, y en el otro permanecer en Alemania. “No creo que sean tan opuestos”, afirma Lombardero. “Zweig se vio privado de que se escuchara su voz. De 1935 en adelante sólo se publicaron traducciones de sus obras, desaparecieron sus libros en su lengua. Él, que sentía que su misión era llevar la palabra de Europa al mundo, comprobó que la misión de Europa era destruir ese mundo. Pero Strauss, a partir de 1936, se llamó al ostracismo. Advirtió que no era tan importante como creía, supo que era un esclavo. Hay que pensar en esto: entre Mozart y Strauss sólo transcurrieron 150 años. Y Mozart, pese a que el lugar del músico en la corte era casi el de un sirviente, fue el último artista libre en Europa. Strauss, con todo el prestigio de su aura, no tuvo jamás esa libertad”.

“El origen de los totalitarismos europeos del siglo XX, y esto es una interpretación personal”, continúa Lombardero “tiene para mí origen en el Romanticismo del XIX, o mejor dicho en una mirada equivocada de las teorías románticas: no hay más que ver lo que ocurre en Italia con el futurismo, en Alemania con la idea de la Deutsche Seele, o alma alemana”.

Las obras están notablemente interpretadas por Osmar Núñez (que transforma su acongojado Strauss en el humillado Furtwängler), y Boy Olmi (que pasa del sombrío Zweig al intransigente y hasta brutal mayor Arnold). En papeles secundarios se lucen también Lucila Gandolfo, Romina Pinto, Sebastián Holz, y Néstor Sánchez. El toque de lujo es la interpretación en vivo, al cierre de “Colaboración”, de una de las Vier Letzte Lieder (cuatro últimas canciones) de Strauss, en la voz de Vicky Gaeta (canciones que el compositor no llegó a escuchar en vida y que estrenó, en 1950, Wilhelm Furtwängler).

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