«Mi vida después», de la dramaturga Lola Arias, se ocupa de los familiares de ambos bandos en los años de plomo.
«Mi vida después». Dramaturgia y Dir.: L. Arias. Int.: C. Crespo, B. Arrese Igor y otros. Mús.: U. Conti. Esc.: A. Vaccaro. (Teatro Sarmiento.)
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«Si Evita viviera, Isabel sería soltera», así rezaba un graffiti de los años '80, pintado en un muro de Recoleta. En medio de la efervescencia política de aquellos primeros años de democracia también cabían estas inesperadas muestras de humor que ahora parecen repetirse en el irónico distanciamiento con que varios de nuestros artistas se ocupan de evocar la convulsionada década de los '70.
El caso más llamativo es el del cómico Diego Capusotto, creador de Bombita Rodríguez «el Palito Ortega montonero», conocido por su habilidad para infiltrar antiguas consignas de militancia en las canciones del cantante tucumano. El humor y el desapego emotivo también juegan un papel importante en «Mi vida después», de la directora Lola Arias, aunque su revisión de los años de dictadura contenga, inevitablemente, episodios de dolor, enigmas sin resolver y heridas que no han cerrado. En escena, seis historias reales interpretadas por un grupo de jóvenes -nacidos entre finales de los '70 y principios de los '80- que se preguntan quiénes fueron sus padres. Los testimonios son impactantes ya que entre los familiares evocados figuran, desde un ex oficial de Inteligencia de la Policía Federal (juzgado por inscribir como hijo propio a un niño nacido en la ESMA) hasta un integrante del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), abatido en Monte Chingolo durante el frustrado copamiento de un arsenal.
Los seis intérpretes evocan sus respectivas infancias y adolescencias a través de cartas, grabaciones, fotografías, videos y toda clase de objetos y pertenencias (incluida una tortuga viva); hacen música, reproducen escenas vividas por sus padres y comparten dramatizaciones destinadas a encontrarle algún sentido a la conducta de ellos, a quienes -para bien o para mal- están profundamente ligados.
El desencanto, malestar, piedad o rechazo que puedan provocar estos testimonios corren por cuenta del espectador. En «Mi vida después» no hay espacio para lágrimas ni lamentos. Estos fueron deliberadamente expurgados durante el proceso de ensayo, quizás con la intención de que el público se conecte con estas historias sin ningún tipo de manipulación ideológica.
Arias diseñó un espectáculo vital, algo caótico e irreverente que pese al desparejo nivel de las actuaciones (nada más difícil que representarse a sí mismo en un escenario) y que aún incluyendo algunas ocurrencias de escasa dramaticidad, consigue sostener la atención del espectador y dejar en sus manos la «incómoda» tarea de darle forma y significado a este revulsivo material.
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