Cuando leo en los medios que la presidenta de la Nación está reunida con parte del gabinete para analizar cómo ayudar a los productores agropecuarios ante la crisis financiera y productiva, lo preocupante es que las mismas versiones informan que las soluciones no serían estructurales sino coyunturales, a través de asistencia monetaria o de reparto de alimentos para el ganado.
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En verdad, los productores agropecuarios -o la mayoría de ellos-no queremos para nada entrar en este sistema pernicioso del «clientelismo» que no sólo afecta nuestra dignidad, sino al mismo tiempo tiende a convertirnos en un sector « subsidiodependiente» e ineficiente, cuando la realidad productiva siempre ha demostrado que el hombre del campo argentino es uno de los más eficientes del planeta.
Es bueno recordar la máxima de la escuela franciscana -primera escuela de pensamiento económico de la sociedad civil-según la cual «la limosna ayuda a sobrevivir pero no a vivir».
En el sector agropecuario no queremos «regalos», pretendemos, como lo dice claramente la carta que se le envió a la Presidenta por parte de la Comisión de Enlace, que se transparenten los mercados, que se deje de lado todo intervencionismo negativo del mercado -ROE verde, ROE rojo, ROEL, cierres de exportaciones, cuotificaciones, etc.-, que cesen las presiones discrecionales a ciertos eslabones de la cadena y que se baje la presión impositiva, para que de esta manera la producción primaria reciba el precio que corresponde. Junto a estas acciones productivas debe tener sanción urgente una nueva ley de emergencia agropecuaria, donde se contemplen estas variables climáticas y biológicas propias de la producción agropecuaria, en forma automática y objetiva.
Durante estos últimos tres años el campo sólo en retenciones -aparte de los otros impuestos que pagan todos los argentinos-aportó $ 70.000 millones al Estado. ¿Cómo no existe un fondo de $ 4.000 o $ 5.000 millones para auxiliar a productores ante estos desastres naturales? No podemos seguir en este planteo de regalar algunos kilos de maíz en forma discrecional o $ 254 millones que funcionarios del Gobierno ya anunciaron diez veces y que sólo les llegan a los políticos amigos del poder.
Acá lo que tenemos que hacer es «barajar y dar de nuevo». Si no cambiamos la actual política agropecuaria con cambios profundos y estructurales, es muy difícil poder seguir produciendo. Caso contrario, seguiremos produciendo cada vez menos y a la espera de que el «Estado tutor» nos tire cada tanto un pedazo de pan.
¿Cómo voy a comprar un rollo a $ 250 si por un ternero hoy me pagan $ 300? ¿No sería más lógico transparentar los mercados y que nuevamente me paguen por ese ternero $ 500, como hace tres años, lo que me posibilitaría comprarle el alimento?
Porque después de este regalo de 100 o 200 kilos de maíz por animal, ¿qué va a pasar? ¿Voy a seguir vendiendo el ternero a $ 300 para seguir fundiéndome? ¿Qué futuro tengo en el tambo si después de unos kilos de maíz que «me regalen» voy a seguir cobrando $ 0,75 por litro de leche, cuando mi costo de producción supera $ 1 por litro de leche?
Hay que bajar la presión impositiva, que en este momento, por ejemplo, en soja supera el 53% del ingreso bruto; en maíz el 48% y en ganadería el 44% -única en el mundo, como para registrarla en los récord Guinness-, para pasar a una presión impositiva normal y que permita el desarrollo del sector.
Debemos dejar de hacer estas intervenciones negativas en los mercados, que comenzaron con el objetivo -según la versión del Gobierno-de « defender el bolsillo de todos los argentinos», política que claramente fracasó.
Debemos sancionar una ley de emergencia moderna, con un fondo compensador que se active en forma automática y objetiva ante cualquier desastre natural. Que no sólo ayude salir al productor del problema momentáneo sino que le dé las herramientas para encarar un nuevo ciclo productivo.
Lo que queremos en verdad «no es que el Gobierno nos dé una mano, sino simplemente que nos saque la mano de encima» y nos deje producir -con sequía incluida-dentro de un contexto de rentabilidad y previsibilidad. No queremos entrar en ese oscuro mundo del «clientelismo político» que aprovecha la desesperación para convertir voluntades.
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