26 de septiembre 2012 - 00:00

Los Taviani no compiten pero golpean duro en San Sebastián

El director François Ozon y su actro Fabrice Luchini en San Sebastián, donde presentaron «Dans la maison».; Llegó Penélope Cruz y atrapó todas las miradas, y a pocos (salvo a los críticos) les preocupó que su película «Venuto al mondo» fuera tan floja.
El director François Ozon y su actro Fabrice Luchini en San Sebastián, donde presentaron «Dans la maison».; Llegó Penélope Cruz y atrapó todas las miradas, y a pocos (salvo a los críticos) les preocupó que su película «Venuto al mondo» fuera tan floja.
San Sebastián - Los argentinos tenemos buenos actores hasta en las cárceles italianas. Así lo confirma «Cesare deve morire», la potente obra de los hermanos Taviani presentada en la sección Perlas de Otros Festivales, ganadora del Oso de Oro de Berlín 2012. Sucede que Fabio Cavalli, un director amigo de los hermanos, conduce un taller de teatro para los internos de una cárcel de máxima seguridad. El nene más bueno del elenco está cumpliendo 15 de condena. Otros tienen 20, 26, perpetua. La pieza que representarán este año es el «Julius Cesar» de Shakespeare. Un drama de traiciones, venganzas, crímenes, reclamos de libertad, peleas campales. Algo que los reos conocen bastante. Y los hermanos filman eso.

No se trata de un documental de inclusión social. Lo que hacen Paolo y Vittorio Taviani es registrar los ensayos de tal modo que los presos parecieran estar preparando un verdadero ajuste de cuentas en el presidio. Cuando matan a César en el fondo de un pasillo, cuando Bruto se explica ante los monos que gritan encaramados en las ventanas, y Marcantonio los solivianta con su discurso emponzoñado, bueno, si no fuera porque están recitando a Shakespeare creeríamos que se trata de un auténtico drama carcelario. Pero luego, al final de la representación, César ha resucitado, le tiende la mano a su asesino y juntos saludan al público. Sentimos ahí que no solo hemos visto una actuación teatral, sino un llamado a la conciliación entre las gentes. ¿La salvación por el arte? Puede ser. Pero cuando el intérprete de Casio, mirando a cámara, dice «Desde que conocí el arte, esta celda se ha convertido en una prisión», deja pensando.

Pequeño detalle: dos de estos presos ya han escrito sus respectivos libros, el que hace de Bruto tuvo experiencia previa en la película «Gomorra», y el Decio (el que maliciosamente instiga al César a presentarse en la plaza donde lo esperan los conjurados) lo interpreta Juan Darío Bonetti, porteño preso por narcotráfico. Tiene verdadera pasta de actor, si se nos permite decirlo.

También, en la competencia oficial, se luce la adaptación de una obra de teatro. Es «El último chico de la fila», del español Juan Mayorga, que el hábil François Ozon convirtió en «Dans la maison», una pieza atrapante, sugestiva, con fidelidad destacable, final cambiado y buen elenco encabezado por Fabrice Luchini en el papel del profesor.

Varios cuerpos más atrás, aparece la versión Laurent Cantet de la novela «Foxfire. Confesiones de una banda de chicas» de Joyce Carol Oates, vieja colaboradora de «Playboy», sobre chicas que no hacen lo que sus padres esperan ni, lamentablemente, lo que uno se imagina, sino cosas peores en los años 50. Según dijo Cantet en la presentación, esta película es su manera de seguir tratando con adolescentes los temas de la adolescencia, después de la buena recepción de «Entre los muros». Pero son obras demasiado distintas, y ésta, encima, dura 143 minutos.

Y todavía más atrás, «Venuto al mondo», que Sergio Castellito adaptó de (y con) su esposa Margaret Mazzantini, un enredo histriónico de una mujer que visita Sarajevo con su hijo adolescente, mientras la historia evoca sus amores y su deseo de ser madre. Lo mejor de la película es su protagonista, Penélope Cruz, que ayer estuvo muy atenta con todo el mundo. Pero muy pronto el público del festival la dejará de lado: según dicen, acaba de llegar Monica Bellucci.

También en competencia oficial, ayer se vieron «Die Lebenden», de Barbara Albert, Austria, donde una chica se pregunta qué habrá hecho su abuelo en la guerra, y puede perdonar al padre, pero no al abuelo porque éste no se muestra demasiado arrepentido que digamos, y «The Attack», de Zaid Doueiri, Líbano, donde un médico palestino que trabaja en Israel se pregunta qué habrá hecho él mismo, para no darse cuenta a tiempo de que su propia esposa era una terrorista. Buen drama moral, más que thriller político, interpretado por Ali Suliman («El árbol de lima», «Paradise Now»).

Benicio del Toro, Pablo Trapero, Gaspar Noé, Julio Medem, el maestro palestino Elie Suleiman y los cubanos Juan Pablo Tabío y Vladimiro Cruz se juntaron para presentar «7 días en La Habana», desparejo film de episodios donde sobresale el de Suleiman: un palestino triste solo ve cubanos tristes mirando el mar, y cada vez que pasa frente a la tele está hablando Fidel. Pensada para atraer nuevos públicos al festival, fracasa la retrospectiva Very Funny Things, anunciada como «lo más descarado, rompedor y gamberro del cine americano desde los 80, en 30 películas». Los nuevos ya las vieron, y los viejos ni piensan verlas (aún más, están ofendidos).

Detalle agradable: de los cuatro pilares del puente que lleva al Kursaal, centro neurálgico del festival y de todo paseo turístico, tres tienen enormes afiches de coproducciones hispano-argentinas: «¡Atraco!», «Infancia clandestina», y «El muerto y ser feliz». Dicho sea de paso, con 8.625 puntos «Infancia clandestina» encabeza la lista de favoritas al premio Euskatel de la Juventud, que otorga el público sub-25.



* Enviado Especial

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