7 de agosto 2015 - 00:25

Macri, aprendizaje de una conducción

Daniel Scioli y Mauricio Macri, en 2013, en un encuentro durante una cena. Viejos conocidos, el domingo ponen en juego modelos de mando: el bonaerense debuta como jefe; Macri debe aprender.
Daniel Scioli y Mauricio Macri, en 2013, en un encuentro durante una cena. Viejos conocidos, el domingo ponen en juego modelos de mando: el bonaerense debuta como jefe; Macri debe aprender.
Postcumbre de la UCR en Gualeguaychú, Mauricio Macri le propuso a Ernesto Sanz que se convierta en su candidato a vice. Apunado en el efímero estrellato de aquellos días, el radical le dijo no: "Vayamos a internas, Mauricio..." lo toreó Sanz, que venía intoxicado por un mantra de comité según el cual la estructura radical le permitiría derrotar al jefe del PRO en una primaria.

El martes 9 de junio, Macri aceptó el pliego de términos y condiciones para pactar con Sergio Massa. El tigrense había dado su OK pero, una hora y media después, desandó el acuerdo y frustró la negociación. Los dos episodios figuran en la historia íntima del macrismo como hitos que ponen la culpa en los demás. "Mauricio es duro, durísimo para negociar, pero nos han tocado interlocutores obstinados", le contó Emilio Monzó a un grupo de empresarios que reprocharon la mala voluntad de Macri para construir un megafrente opositor o contener a la UCR y evitar una disputa interna en Cambiemos.

Salvo Elisa Carrió: la jefa de la Coalición Cívica figura en un pequeño altar virtual del PRO como el anticuerpo que, desde adentro, detonó Unen y marcó el surco hacia Macri. La pulsión anti Cristina hizo de Carrió una operadora eficaz del macrismo en la, hasta acá, construcción de Cambiemos.

Nada, ni la fantasía más febril, sugiere la tesis de que Macri pierda la interna del armado opositor. De hecho, Sanz y Carrió tendrán búnkeres modestos -el radical, en Museum; la CC, en el instituto Hanna Arendt- para migrar a Costa Salguero donde Macri los convidará con un trozo de escenario y una foto conjunta.

En ese instante, para Macri empezará el mayor desafío: conducir la multiplicidad de Cambiemos, contener y comprender al radicalismo, que lo tomó como esperanza blanca para volver a ser electoralmente competitivo en las provincias y los municipios, pero que también pide autonomía y reniega de la lógica campañista del PRO. La urticaria de Daniel Salvador, vice de María Eugenia Vidal, a vestir como indica el protocolo duranbarbista es sólo un indicio. Macri deberá adminsitrar a la indómita Carrió, que detesta a Jaime Durán Barba y celebra que no sean estos los mejores tiempos en la relación del ecuatoriano y Macri.

Para el porteño, que recién en el verano de 2014 asumió que quería ser presidente y 20 días atrás pegó un volantazo en el discurso para intentar ensanchar el universo de votantes, el domingo empieza otra película: hasta acá, el porteño primero tercerizó la política en operadores, bastante después empezó a paladearla.

Macri, a diferencia de Scioli, jamás tuvo jefe político y siempre mandó en un dispositivo creado por él. El domingo debe alumbrar otro Macri, un Macri que aprenda a hacer lo que no hizo hasta ahora: conducir a otros, a los distintos. Conducir, no gerenciar.

Pablo Ibáñez