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Macro española y los jóvenes indignados
Algo totalmente nuevo aparece ahora con el levantamiento social de los jóvenes «indignados». Si los otros dos son vientos que España va a poder manejar, esto último no lo sabemos todavía, porque depende de una dinámica social más bien compleja. Sin intenciones de hacer sociología a distancia, lo que podemos observar es que el fenómeno está asentado en una franja amplia y joven de la población castigada por el desempleo que plantea que sus expectativas, más que su situación actual, son muy malas y no están siendo bien registradas por el sistema político. La queja parece la de una generación entera que no sólo llegó tarde a la fiesta, sino que ahora le toca pagar la factura. En términos más prácticos, es el comienzo de la transformación de la fatiga de un proceso de ajuste macroeconómico en protesta callejera generalizada. A diferencia de las manifestaciones violentas de grupos radicalizados en Atenas, ésta es muy pacífica pero, al mismo tiempo muy preocupante para la suerte de la estrategia española porque tiene un cuestionamiento de fondo del sistema político-económico. Atender toda esta indignación y revertir la crisis de expectativas no va a ser fácil. Va a costar en términos de fondos públicos y esperemos que se apoye en decisiones inteligentes, como la de llevar masivamente a la juventud al sistema universitario o terciario, haciendo toda la gama de maestrías o especializaciones que se pueda por los próximos dos o tres años.
De continuar, el problema sin embargo es que toda la indignación junta no va a cambiar los datos de la macroeconomía española. Más bien puede empeorarlos. Cuando un país tiene que transitar un ajuste macroeconómico para corregir desequilibrios externos y fiscales aparecen, lamentablemente, disyuntivas difíciles de entender, procesar e implementar. Más allá de lo que pueda simularse en el Excel o en el pizarrón, y que muchas veces genera optimismo tecnocrático, aparecen dos problemas importantes, que son justamente las dos notas de cautela que ahora se abren sobre el caso español. La primera es que la clase política tenga los incentivos para intermediar sin oportunismos o trampas mutuas entre la crisis y la ciudadanía. La segunda es que la sociedad entienda culturalmente y acepte el planteo y la propuesta de la clase política. Si una de estas dos condiciones no se cumple, entonces se entra en una fase cualitativamente distinta. El conde inestabilidad política atenta contra la estrategia de evitar que una crisis macrofiscal o externa se agudice, acerque el país a la reestructuración de pagos y, frente a la renuencia de los ajustes que un rescate imponga, termine transformando a una crisis macrofiscal en una crisis financiera. La crisis financiera es algo así como la llegada del problema al sistema nervioso central de la economía. Es una crisis de jaque mate político-económico si no se puede procesar.
España está todavía en condiciones de salvarse de ingresar de lleno a los PIGS, en una versión horrible de cochinillo a la Argentina. En primer lugar, no está sola, ni va a ser dejada a la deriva, como le pasó a la Argentina en 2001. Pertenecer a un tipo de convertibilidad inclusiva, que te apoya y presiona para que no te vayas del club es muy diferente a la integración monetaria unilateral y de fantasía que teníamos nosotros. En segundo lugar, los jóvenes españoles se parecerán mucho a los jóvenes de la Argentina urbana. Pero la diferencia es que el resto de la sociedad española no se parece a nosotros culturalmente y está muy lejos de abrazar el populismo. Las elecciones regionales parecen contundentes al respecto. Por último, pero no por ello menor, la clase política española sabe lo que está en juego y que la necesidad de una acción colectiva es primordial para sacar adelante el país.
Mientras vemos a España transitar este difícil sendero, deberíamos pensar menos en predecirles un acercamiento a la Argentina de los 2000 y, en cambio, pensar constructivamente en cómo vamos a sortear nosotros, con una sociedad que no acepta ajustes correctivos y una clase política muy dividida, nuestro próximo y cada vez más cercano paso por el fangoso terreno de la macroeconomía de las disyuntivas y los desencantos.

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