El oficialismo y la oposición brasileños han intentando en las últimas horas hacer una lectura a favor de sus intereses sobre la rechifla histórica.
Al lado del presidente de la FIFA, Joseph Blatter, Rousseff recibió la peor silbatina de su gobierno dentro del estadio Mané Garrincha -antes del partido Brasil-Japón- mientras, fuera de él, la Policía de Brasilia reprimía desde caballos con gases lacrimógenos, spray de pimienta y balas de goma a quienes protestaban contra el uso de créditos públicos para organizar el Mundial 2014.
No fue el único abucheo del mes: hace dos semanas había estado en Mato Grosso do Sul, donde productores rurales la silbaron e insultaron durante su discurso por la política de demarcación de tierras para ser entregadas a los indígenas.
Una semana después, un conflicto sobre posesión de tierras, con la ocupación de haciendas por parte de los aborígenes, generó la intervención de la Policía Federal, que mató a un indígena de la etnia terena.
El Gobierno no medió, sino que recibió cortes de carretera el viernes por parte de los ruralistas, mientras que el movimiento indígena protestó por la muerte del terena.
El jueves pasado, no fue Dilma, pero sí la política de transportes del estado más rico del país, San Pablo, gobernado por el opositor Geraldo Alckmin, que llevó el caos a la mayor urbe sudamericana: una represión como no se registraba desde la época de la dictadura en las calles con 241 detenidos y centenares de heridos.
El viernes, todo lo contrario para la presidenta: vivada y aplaudida por miles y miles en la favela de Rocinha de Río de Janiero, adonde llegó con promesas de inversiones pesadas en infraestructura por 1.300 millones de dólares.
El sábado ni Blatter pudo apiadarse cuando pidió a los hinchas brasileños "fair play" y "respeto" a la mandataria.
Dilma Rousseff, torturada por la dictadura (1964-1985), se vio en el estadio, mientras era silbada, por primera vez al lado de una persona que según cuentan nunca quiso recibir en el Palacio del Planalto: el titular de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF), José María Marin, exgobernador del régimen de facto en San Pablo y colaboracionista de los peores exponentes del aparato represivo ilegal.
Para el Partido de los Trabajadores (PT) de Dilma, el eco de esa silbatina será momentáneo, tal como lo fue la recibida por Lula en 2007 en la apertura de los Juegos Panamericanos de Río.
"Silbidos por parte de los ricachones no valen, no nos afectan. Los asesores calcularon mal, era un evento con entradas carísimas con la clase A. Esa gente no es de Lula ni de Dilma", evaluó el senador Lindenbergh Farias, del PT.
Para el diputado Cándido Vaccareza, también del PT, no pasó de un hecho normal por parte una multitud que se refugia en el anonimato.
La oposición derechista, que se alinea detrás del senador Aécio Neves, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), como rival de Dilma en octubre de 2014, festejó como un gol de los tres que Brasil le convirtió a Japón la rechifla a Rousseff.
"Es una expresión del sentimiento que se vive en el país. Vemos en las calles que la situación es diferente de la de tres años atrás. En la cancha estaba la clase media, pero las otras clases ven los efectos negativos de la administración del PT", dijo el diputado Nilson Leitao, del PSDB del expresidente Fernando Henrique Cardoso, jefe del bloque de la minoría opositora en la cámara baja.
Desde la extrema derecha opositora y ruralista como el partido Demócratas, ven el supuesto avance de la inflación registrado en marzo como un motivo de descontento hacia el Gobierno de la coalición montada por Lula para su sucesora.
Las protestas contra la organización de la Copa del Mundo y el público que puede pagar el ingreso de la FIFA (una base de 60 dólares) han juntado a los extremos ideológicos: la derecha opositora tradicional al PT sentada en los estadios del primer mundo financiados con créditos del Gobierno y la izquierda no parlamentaria y movimientos sociales alejados del Gobierno tomando las calles.
| Agencia ANSA |


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