16 de noviembre 2010 - 00:00

Mar del Plata: en acto oficialista se presentó film sobre San Martín

Rodrigo de la Serna en Mar del Plata: como en 1970 Alfredo Alcón y en 1993 Rubén Stella, interpreta al general José de San Martín.
Rodrigo de la Serna en Mar del Plata: como en 1970 Alfredo Alcón y en 1993 Rubén Stella, interpreta al general José de San Martín.
Mar del Plata - Interesante acto kirchnerista, la noche del domingo en el Auditorium desbordante de público. En función especial se presentaba «Revolución. El cruce de los Andes», de «Canal 7», «Encuentro», y las productoras españolas Wanda Films y Lusa Films. Profusión de funcionarios de Cultura y de medios oficiales, el Himno Nacional Argentino como fondo de una serie de imágenes del ex presidente fallecido, hasta culminar con la de su hijo, brazo izquierdo en alto, cánticos y consignas, expresiones desdeñosas desde el escenario hacia el diario «La Nación» y el general Mitre como supuesto artífice de una imagen del general San Martín al gusto de los intereses oligárquicos. En verdad, el interés oligárquico era mantener la imagen del general Alvear como gran héroe patrio, pero así se intenta reescribir la historia.

En cuanto a la película, cabe elogiar ante todo su valiosa fotografía de interiores, casi comparable a la de Eduardo Serra para «La joven de la perla», que se está dando en el festival, sobre el pintor flamenco Johannes Vermeer. Eso que el trabajo argentino se hizo con menos recursos. Lo mismo, la producción de Dolly Pussi, con detalles donde se cuidó hasta el tipo de cebolla que se consumía en aquel entonces. Aun más, las primeras imágenes del cruce de los Andes son mejores que las de «El santo de la espada», si bien palidecen frente a las descripciones históricas de lo que fue realmente aquello: 5423 hombres, 9280 mulas, 1600 caballos, de los que apenas sobrevivieron 511, etcétera. Aquí solo se ve un centenar de extras y una vaca muerta.

Pese a ello, un trabajo de mucho mérito. También merece algunas objeciones, inclusive por el uso ideológico que ya se le está dando (y que se transmitirá desde el año próximo en funciones escolares), pero al público del domingo le gustó con ganas, así que el director Leandro Ipiña y el protagonista Rodrigo de la Serna todavía deben estar subidos al caballo.

Las competencias

Dos films de título raro se han sumado a la oficial. Uno es «Chantrapas», del veterano Otar Iosseliani, que con su habitual estilo de planos generales, gente que va y viene en actitudes curiosas, sufriendo indiferente el destino y bebiendo a su salud, describe la evolución de un joven que intenta hacer cine en su patria socialista, emigra a Francia, y allí tiene otra clase de impedimentos, aunque igual sigue adelante. Una historia tan parecida a la suya, que hasta usa fragmentos de uno de sus propios cortos de juventud, el de las flores que cantan con entusiasmo pese a un tractor que aplasta a varias de ellas («Sapovnela», 1959, objetado en su momento por la censura soviética, ahora se disfruta en Youtube). Parece que el hombre ya está algo cansado, pero sigue manteniendo gracia y oficio, así que «Chantrapas», aunque quizá menor en su filmografía, resultó una pieza agradable no sólo para sus seguidores.

La otra es «Todos vós sodes capitáns», de Olivier Laxe, parisiense hijo de españoles afincando en Tanger. Ahí se ambienta la historia, hecha a modo de apuntes sueltos sobre un docente (él mismo) que intenta hacer una película con sus alumnos. Nada trascendente, ni siquiera la visita de una actriz francesa (referencia a las visitas de Catherine Deneuve a pueblos árabes y palestinos), pero al final, de tanto acompañar a los chicos uno advierte que ha tomado cierto cariño por ese pueblo de vida sencilla y soleada. Agradable, también.

En otras competencias se vieron «Año bisiesto» (México, una gordita poco salidora deja entrar a uno, otra vez a otro, usa muy poca ropa, pero igual arriesga quedarse sola) y las nacionales «El mal del sauce» (Sebastián Sarquís, alguien despierta secuestrado en el Delta, y advierte cómo su hijo se adapta a las circunstancias para poder salvarlo, relato que acepta una interpretación alegórica), «AU3, autopista central» (Alejandro Hartmann, registro de expropiados, okupas, arquitectos y vecinos, armando un atractivo puzzle sobre la «cicatriz urbana» de una obra que al final nunca se hizo) y «Caño dorado» (Eduardo Pinto, nerviosa historia de amores marginales entre el bajo fondo y el Delta, donde el ascendente Lautaro Delgado vive envidiables situaciones con Camila Cruz).

Aparatos

Grata sorpresa, la exposición del Museo Cinematográfico Simik, que ha trasladado hasta la costa una gran cantidad de aparatos, desde un proyector Ernemann Krupp de 1900 hasta uno japonés de 1984, pasando por uno polaco, una filmadora de 1908 (tipo cajoncito) junto a una Arriflex II de 1964, varias linternas mágicas a kerosene previas a la invención de los Lumière, empalmadoras, rebobinadoras, la silla con escudo nacional reservada para las visitas de los generales Mitre y Roca y monseñor Espinosa al Salón Nacional (nuestra primera sala de cine, 1900, Maipú 467/79), y un impresionante rollo de 70 mm. asomando de la lata en que debía ser transportado por dos personas, tal era su peso.

Cientos de personas visitan la colección desde temprano. Es una oportunidad única, porque los Simik apenas tienen espacio para su museo fotográfico de 2.000 cámaras que abarcan buena parte del Bar Palacio de Lacroze y Fraga, pero al Museo Cinematográfico todavía lo tienen repartido entre un depósito, el garage, el living de la casa, y hasta guardan algunas piezas de colección debajo de la cama, no por miedo al robo sino simplemente porque ya no saben dónde meterlas, en tanto no consigan edificio adecuado.

Algo similar le ocurre al vestuarista Horace Lannes con su colección de trajes, vestidos y bocetos que desde los 50 fue haciendo para las grandes figuras del cine criollo. El artista también está aquí, precalentando el lanzamiento de su nuevo libro sobre las estrellas que supo vestir (para que las espectadoras las envidien y los espectadores las desvistan con la mirada desde sus butacas). Ya son varios sus libros, pero también los años que lleva buscando un museo al que legar sus tesoros.

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