9 de diciembre 2015 - 00:00

McEwan, atrapante y perturbador

McEwan, atrapante y perturbador
  Ian McEwan "La ley del menor" (Bs. As., Anagrama, 2015, 210 págs.)  

Fiona Maye es una jueza en el Tribunal Superior de Londres; está especializada en Derecho de Familia. La dedicación a su trabajo ha hecho que no dejara de avanzar en su carrera. Varios casos tuvo que juzgar en las últimas semanas. El de una pareja de judíos ortodoxos, pertenecientes a la comunidad jaredí, enfrentados por la educación de las hijas, el padre no quiere que las chicas vayan a una escuela, y menos a una común y mixta, y que, siguiendo la tradición, no estudien y se preparen para ser madres de familia. El de dos siameses recién nacidos, hijos de una pareja católica, que están unidos por la pelvis, uno es un niño normal, el otro, por la ausencia de varios órganos fundamentales, sobrevive parasitariamente de su hermano. Se tiene que decidir si se los separa y sólo vive el que está en mejores condiciones, o se los deja seguir así y dejar que mueran ambos.

Tiene que actuar también en el caso de un padre marroquí que había escapado llevándose a su hija a Rabat para liberarla de los males del Occidente infiel. Siempre hay un componente religioso que Fiona debe tomar en cuenta, es el antiguo, reaparecido y creciente conflicto entre creencia y razón.

La jueza Maye está casada desde hace más de treinta años con Jack, profesor de Historia Antigua, académico, al que le gusta practicar deportes. Están a punto de pasar juntos a la sexta década. No han tenido hijos, acaso porque ella siempre estuvo demasiado concentrada en su profesión.

De pronto, dos casos sacudirán a Fiona, uno íntimo y otro jurídico, perturbador. Su marido, whisky en mano, con tono displicente, le pide a Fiona que le conceda gastar sus últimos cartuchos en una relación sólo sexual; ellos hace demasiados años que no hacen el amor y él siente que quiere vivir aún una pasión, una primera y última aventura, sin dejar de estar con ella, porque ha conocido a Melanie, una chica de casi treinta. Hay un mordaz enfrentamiento verbal, como corresponde a dos intelectuales. Jack hace una valija y se va. Al día siguiente Fiona cambiará la llave de la puerta de su casa. Pero después de más de treinta años juntos la relación no puede ni va a terminar de modo tan simple. En ese preciso momento, con carácter de urgente, le llega a Fiona el caso de Adam Henry, un chico de 17 años, enfermo de leucemia, que rechaza la transfusión de sangre que le salvaría la vida, asumiendo las consecuencias de mantener la fe familiar, la de Testigos de Jehová. Adam todavía no es un adulto, no puede decidir eso. El hospital que lo atiende se enfrenta desde la ciencia con las convicciones de los padres del chico y los abogados que los apoyan. Fiona, en medio de su crisis matrimonial, decide ir a conocer a Adam, no se imagina cómo ese encuentro la transformará y seguramente la perseguirá hasta el fin de sus días.

"La ley del menor" es en principio una atrapante "novela judicial". Pero aquí no hay una muerte de entrada (aunque las habrá), ni una perversa corrupción que hay que desmantelar, como en los thrillers de John Grisham. Hay sí una intriga atrapante que lleva a no parar de pasar las páginas, y poco a poco el lector se da cuenta que astutamente se trata de una "novela de ideas" que debate dilemas morales, que muestra el punto donde la fe y la justicia, el dogma y la racionalidad se repelen en tiempos en que creencias exasperadas impulsan el terrorismo y el crimen. Hay un clima clásico en el estilo sosegado, conciso, armonioso en que transcurre la historia, en la música que toca al piano Fiona, en el violín de Adam, en los lied que canta Jack. Están las impensadas consecuencias de los fracasos amorosos, con algún guiño a Philip Roth, y un estremecedor impacto final. Es una novela de una de las grandes plumas de las letras británicas que, como en otra suyas (ya van siete), merece ser llevada al cine. Nadie queda indemne al atravesar las páginas de "La ley del menor", que se comienza estimando que todo lo que se cuenta es simple, demasiado simple, hasta que calculadamente deja de serlo.

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