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Merkel vs. Syriza: tensa eurosaga
Es oportuno, pues, conocer los planes de Syriza más allá de la cháchara de campaña. Su economista principal -Yiannis Millios, un marxista ("la mayoría del partido lo es") de la tradición francesa ("no soviética")- visitó la City de Londres, antes de Navidad, y el mensaje a los financistas es que jugarán duro. Irán por una quita de la deuda con la Unión Europea y la renovación de las obligaciones con el BCE (a 60 años y sin intereses). No prevén reestructurar las acreencias privadas (lógico, ya fueron reformateadas y no explican el sobreendeudamiento). La idea de política económica es desmantelar el programa de la "troika", ponerle punto final a la austeridad y las privatizaciones. El superávit primario desaparecería con la suba del salario mínimo y las pensiones, y la reducción de impuestos. Aun entendiendo que, gane quien gane, la deuda con la Unión Europea será refinanciada en términos concesionales (o sea, la quita de valor presente es un dato), la respuesta a la primera proposición de Merkel -¡Cumplan!- es un claro rechazo. Y la segunda -¡Váyanse!- no se acepta. Syriza quiere pertenecer, aunque bajo otro programa. Y si Grecia se queda, no hay mecanismo de expulsión del euro constitucionalmente previsto.
Syriza, por supuesto, puede gobernar Grecia, pero no la Unión Monetaria. Si bien se mira es una bendición para la Europa de Merkel que los problemas -que no son exclusivos de Grecia- estallen primero allí, a escala piloto. Syriza es el primero de los mohicanos, y Frau Merkel debería asegurarse de que también sea el último. Y como la democracia es un valor más importante que la moneda común, Grecia debería permanecer dentro de la eurozona cualquiera sea su Gobierno, cumpliendo las reglas acordadas (lo que no incluye un programa económico específico). Si las consecuencias de sus actos son terribles, que sean los votantes los que lo cambien (y no Berlín). Es obvio: hay que rodear a Grecia y atajar el contagio financiero. No basta con decirlo, hay que conseguirlo. Para mal o para bien, Merkel no tiene otra espuma aislante a mano, en los tiempos y cantidades necesarios, que la liquidez a destajo que le ofrece el BCE. Habilitar un QE soberano, con un diseño inteligente de sus requisitos, puede neutralizar el contagio financiero, revertir las presiones deflacionarias, y, con visión de futuro, la epidemia peor, aquella que les abre paso a plataformas políticas cada vez más virulentas.


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