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Michelle Obama revela incómodas intimidades
Michelle y Barack Obama suelen mostrarse como una pareja exitosa, tanto puertas afuera como puertas adentro. Pero recientes declaraciones de la futura primera dama de EE.UU. pueden contribuir a poner fin a la imagen edulcorada de la que, por ahora, goza el mandatario electo.
Suele pensarse que una familia bien avenida es condición necesaria -aunque no suficiente- para una exitosa carrera política. Nada como la foto de una pareja que va de la mano por la vida, con varios años de convivencia en la mochila y flanqueada por los frutos de su amor. Pero un cónyuge es un arma de doble filo. El candidato despierta en el electorado un encantamiento similar al del noviazgo, que la esposa hace rato dejó atrás. Así, Michelle, cuya condición de profesional exitosa y dama glamorosa fue una ventaja adicional en la carrera de Obama, no pudo evitar dar detalles pedestres de su vida en común con el presidente electo. Durante la campaña, por ejemplo, dijo que «Barack ronca y tiene mal aliento al levantarse» y «deja siempre tirados sus calzoncillos por cualquier parte». Naderías, en estos tiempos de realities y voyeurismo globalizado. Sin embargo, no dejan de ser pormenores que el buen gusto aconsejaría obviar para no romper el hechizo antes de tiempo.
El cónyuge es un testigo implacable, que no le deja mentir al candidato que, con toda lógica, busca ofrecer una imagen de su vida pasada acorde a sus ambiciones presentes. Si lo sabrá, por caso, Daniel Scioli, quien, en los umbrales de su carrera en los 90, ante la pregunta: «¿Usted se interesó siempre por la política?», fue superado por una muy espontánea Karina Rabolini: «¡No!, ¿no es cierto, Daniel?, a vos la política no te había interesado nunca».
El matrimonio es una institución conveniente para un político, pero no gratuita. El cónyuge exige reconocimiento a los muchos sacrificios hechos, que el público no puede imaginar. Obama cumplió. En su primer discurso como presidente electo, dijo: «No estaría aquí esta noche si no fuera por el apoyo incondicional de mi mejor amiga, el amor de mi vida». Sin embargo, ella había dicho que, para acompañarlo, le puso como condición que dejase de fumar y que durante la campaña viese a sus hijas al menos una vez por semana. Por ese motivo, los adversarios de Obama la llamaron «castradora» y «dominante». Una exageración, desde ya, aunque el propio Barack dijo una vez que estaba contento de no tener que competir con ella porque seguramente «perdería».
Eduardo Duhalde conoce los sacrificios que exige la condición de casado. Cuando su esposa fue derrotada en las elecciones bonaerenses de 1997 por la tan ascendente como fugaz Graciela Fernández Meijide, el caudillo bonaerense se proclamó «padre de la derrota», inmolación necesaria para resguardar la institución marital.
El matrimonio con la ex top model y cantante Carla Bruni le aportó glamour al presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, y contribuyó a hacer olvidar la traición de su anterior esposa, una fugitiva a la que ni los ruegos presidenciales ni las mieles del Elíseo lograron conmover. Pero la prensa sensacionalista se ha solazado recordando el profuso historial romántico de la Bruni y sus dichos acerca de lo «terriblemente aburrida» que le resultaba «la monogamia». Ella, por su parte, hace trascender a los medios sus esfuerzos por mejorar la imagen poco elegante de su esposo, demasiado propenso a los equipos de gimnasia.
Prudente, ante los primeros pleitos conyugales, Carlos Menem había optado por la soltería hasta el fin de su mandato. Claro que luego reincidió y aún lo debe estar lamentando, ya que su ex no parece dispuesta a guardar silencio.


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