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Milán: un Hoffmann con firma Carsen
Juego de espejos entre el escritor y sus personajes, reflexión filosófica acerca de la idea (muy cara a la generación romántica) de la creación artística como forma de inmolación, «Los cuentos de Hoffmann» es una bellísima fantasía teatral ideada por Jules Barbier y Michel Carré en torno a la figura de Ernst Theodor Amadeus Hoffmann, el jurista, narrador, compositor y crítico musical alemán, tempranamente ahogado en el alcohol y los excesos. Los autores tomaron elementos de su vida y algunos argumentos y personajes de sus relatos fantásticos («El hombre de arena», «El consejero Krespel o el violín de Cremona», «El reflejo perdido») para crear un tríptico que cobró con la música de Offenbach una merecida inmortalidad.
La régie de Carsen, estrenada en el 2000 en la Opera Bastille parisiense (y varias veces repuesta), tuvo en su momento el original toque de situar el prólogo-epílogo y cada uno de los «cuentos» en un sector distinto de un teatro lírico: el bar, la «coulisse», el foso y proscenio, la platea. Pero para el público «scaligero», que aún tiene presente el «Don Giovanni» de Carsen, que apelaba al mismo recurso, esta metateatralidad (más justificada, dicho sea de paso, en Offenbach que en Mozart) resulta ahora repetitiva; otros, sin embargo, pueden juzgarla apropiada, dada la intertextualidad de «Cuentos» con el capolavoro mozartiano (la amada de Hoffmann, Stella, viene de triunfar como Donna Anna).
Si esta «arquitectura conceptual» de Carsen puede ser deslumbrante (lo mismo que la realización visual), en otros aspectos su trabajo es mucho menos convincente, especialmente en el delineado de un Hoffmann hiperkinético y agotadoramente payasesco, de la famosa Olympia ninfómana o del cuádruple personaje diabólico alternándose entre director, régisseur y empresario, por mencionar sólo algunos elementos que restan profundidad a la versión.
Se sabe que el primer problema que plantea «Hoffmann» es el musicológico, dada la cantidad de modificaciones (algunas hechas por Offenbach mismo), material perdido, redescubierto y fragmentos de otras manos que comprenden las sucesivas versiones. La presentada aquí, síntesis de las ediciones Choudens y Oeser, acierta al incluir el aria de Nickausse «Vois sous larchet frémissant», y especialmente al restituir la doble identidad de éste con La Musa, sin la cual muchas de las líneas del texto carecen de sentido.
El temible protagónico es asumido por el mexicano Arturo Chacón Cruz con un empeño sincero que no se transmuta en un resultado óptimo, en especial en lo que respecta a la emisión y a la fonética francesa. Afortunadamente está allí Laurent Naouri para imponer su autoridad, su dicción impecable y una vocalidad franca en los llamados «papeles diabólicos»; igualmente deliciosa resulta en su doble papel (Nickausse/La Muse) la mezzo Daniela Sindram. Con sus sobreagudos penetrantes y cumpliendo a la perfección con la compleja marca de Carsen para su papel, Rachele Gilmore es una Olympia casi perfecta, mientras que Veronica Simeoni desborda de sensualidad como Giulietta. Menos descollante, Elli Dehn (Antonia) cumple sin embargo correctamente, y en los papeles cómicos se destaca el tenor Carlo Bosi, delicioso en los «couplets» de Frantz. Al frente del coro y la orquesta de La Scala, Marko Letonja realizó una concertación impecable.


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