16 de octubre 2012 - 00:00

Moschner viaja sin escalas de García Lorca a “Alemania”

Iván Moschner: «La televisión le quita al artista del interior su tonada natural, y hay que hacer un trabajo para que la recupere».
Iván Moschner: «La televisión le quita al artista del interior su tonada natural, y hay que hacer un trabajo para que la recupere».
Actor y director multifacético y dueño de una voz muy particular, Iván Moschner divide su actividad entre Buenos Aires y Misiones, de donde es oriundo. Su reencuentro con talentosos artistas de la zona lo animó a dirigir una elogiada versión de «La zapatera prodigiosa» de Federico García Lorca que se exhibió recientemente en el Centro del Conocimiento de Posadas, imponente complejo cultural que incluye dos salas teatrales, un centro de arte y comunicación, una biblioteca pública y hasta un observatorio astronómico. Tras una breve gira por el interior de la provincia, el director y su elenco, liderado por Claudia Luque y Salvador Giménez («la Zapatera» y su marido) planean repetir la experiencia con otra obra de Lorca.

Moschner retomará el 19 de octubre en el Teatro Anfitrión de Buenos Aires las funciones de «Alemania», la aclamada opera prima de Nacho Ciatti. Allí, da vida a un padre pícaro, egoísta y delirante que luego de vivir 20 años en Europa vuelve con su ex mujer y sus hijos, pero sólo para reponerse de una decepción amorosa y partir de nuevo. Y en diciembre, el actor repondrá su espectáculo de clown «Ripio y Coco, Brasil», junto a Ariel Aguirre. Las funciones se realizarán en la sala Paraje Artesón (Palestina 919).

Periodista: Empecemos por «La zapatera...» ¿Hizo una versión con tonada misionera?

Iván Moschner:
Lo único que hice fue cambiar algunos términos españoles por sinónimos más familiares. Mi intención fue romper la barrera idiomática para acercar el texto a la gente. En cuanto a la entonación, decidí que el lenguaje cotidiano tuviera acento misionero y el registro poético, acento español. Como por ejemplo, cuando el zapatero que interpreta vuelve al hogar disfrazado de titiritero y ofrece un espectáculo en verso. Lo más problemático fue que muchos actores de allá ya no tienen acento. No sé por qué. Supongo que por influencia de la televisión. Y hubo que hacer un gran entrenamiento para que recuperasen la tonada de la zona.

P.: Usted nunca actuó con acento misionero; pero en este mismo momento se le nota mucho la tonada.

I.M.:
Sólo cuando actúo no se me nota, porque cada personaje me trae su propio ritmo y entonación. Hace poco hice una participación en la película de Martín Salinas «Ni un hombre más», que se estrena el 8 de noviembre, donde volví a usar mi acento y también oficié de coach para los actores porteños que tenían que hacer de misioneros. Tal vez por eso y por mi trabajo en «La Zapatera» recuperé mi tonada.

P.: Aunque también participó en programas humorísticos como «Cha cha cha», su trayectoria actoral incluye obras de Discépolo, Gambaro, Shakespeare, Chejov, Ibsen ¿Se volcó al clown para equilibrar tanto autor serio?

I.M.:
Yo soy un actor de formación clásica, con cierto prestigio en el medio teatral y con mucho dominio de esta profesión, por eso indago en otros terrenos que me presenten nuevos desafíos y exigencias. Alterno todas esas obras sesudas con lo leve de nuestra propia existencia. «Coco y Ripio, Brasil» es nuestro quinto espectáculo de clown. Trabajamos en esto sólo cuando tenemos ganas y siempre en teatros independientes, para poder mantenernos en el tiempo sin perder frescura. El clown trabaja en una zona muy delicada y de gran riesgo emocional.

P.: ¿Y eso le sirvió para interpretar a un padre tan atípico como el que encarna en «Alemania»?

I.M.:
Así es. Lo trabajé con mucha libertad y aunque es un padre funesto termina resultando atractivo con sus juegos y sus reacciones inesperadas. Pero yo no me propuse que fuera seductor.

P.: Es muy diferente a esos padres devaluados que tanto abundan en el teatro argentino.

I.M.:
Este maneja todos los hilos como un gran titiritero, usa a su familia para reponer fuerzas y una vez que sana sus heridas, suelta las riendas y se va moviendo la cola, además.

P.: ¿El nuevo espectáculo de Ripio y Coco es en portuñol?

I.M.:
No, en portugués. Es como un sueño en el que dos amigos se van de vacaciones y empiezan a sentir nostalgia de su lengua de origen. Ya lo probamos en Brasil y también en Misiones. No está dirigido a niños, pero a veces vienen algunos y lo disfrutan sin problemas.

P.: ¿Cómo reaccionó el público brasileño?

I.M.:
Probamos la obra en un centro cultural de un barrio cercano a Florianópolis, fuera de la parte turística y la gente respondió con mucho entusiasmo. Cantaban todas las canciones. Fue maravilloso.

P.: ¿Y el público argentino?

I.M.:
Al principio, se esfuerza por entender, y después se relaja y entra en código con los personajes. En un momento del espectáculo, mientras mi compañero se cambia, yo pregunto si alguien del público quiere cantar. En Brasil enseguida levantaban la mano. Nos pasó con una señora de barrio que se largó con la versión completa y como todo el público cantaba con ella, nosotros tuvimos que esperar hasta que terminaran. En cambio, acá, sólo cantó un amigo nuestro. Y también el público de Misiones es más inhibido. Así fue que me metí en algunos líos.

P.: ¿Los obligó a cantar?

I.M.:
No. Pero les dije en portugués: ¿Por qué no canta nuestro pueblo? ¿Será que en este país no hay razones para cantar? Y la reacción fue tremenda, de un frío glacial. Me di cuenta que había tocado una fibra muy fea y decidimos retirar esas frasecitas para no decirlas nunca más. Los argentinos sólo cantamos en las movilizaciones o en la cancha y siempre camuflados por una multitud. Vamos a tener que pensar otras estrategias para que el público se anime a cantar.

Entrevista de Patricia Espinosa

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