6 de noviembre 2012 - 00:22

Murió Favio, el mayor poeta popular del cine

El creador de «Juan Moreira», «Nazareno Cruz» y también famoso actor y cantautor de los 70 tenía 74 años

Leonardo Favio: con «Crónica de un niño solo» y «El romance del Aniceto y la Francisca» estableció, en los 60, las bases de un cine argentino diferente.
Leonardo Favio: con «Crónica de un niño solo» y «El romance del Aniceto y la Francisca» estableció, en los 60, las bases de un cine argentino diferente.
Fue un poeta. Un verdadero poeta popular del cine argentino, tan grande como lo fueron en su tiempo el Negro Ferreyra de «Perdón, viejita» y el Leopoldo Torres Ríos de «Pelota de trapo», sus legítimos antecesores. Actor, contaba que aprendió a dirigir sólo para impresionar a su compañera de elenco, la hermosa María Vaner. Conquistó a la hermosa, y también al público. Y lo hizo, poniendo siempre su corazón en las manos, al alcance de cualquiera, con una sensibilidad que pocos tienen, y un amor que pocos supieron expresar con tanto doloroso cariño. Porque el cariño de Leonardo Favio emociona, pero también duele.

Favio, nacido como Fuad Jorge Jury, murió ayer a los 74 años en la clínica Anchorena de Buenos Aires, después de una larga internación. En los últimos meses se le había agravado una polineuritis melaminosa que le generó una hepatitis C. Sus restos son velados desde anoche en el Salón Azul de la Cámara de Senadores.

Su vida, en realidad, fue dolorosa. Una vida de chico pobre en Luján de Cuyo, Mendoza, con fama de vago y raterito, fascinado por el arte de las compañías radioteatrales de provincia, una de las cuales integraban su madre y su tía Nora Cullen. Luego, las andanzas por las calles porteñas, los juzgados de menores y reformatorios, la salvación por el arte. A los 19 años tuvo una pequeña aparición en «El ángel de España». Había algo en él, de matoncito frágil, de muchacho bueno, desorientado y al mismo tiempo ganador y pícaro, que llamaba la atención. Así lo tomaron Daniel Tinayre («En la ardiente oscuridad»), Fernando Ayala («El jefe»), Leopoldo Torre Nilsson («El secuestrador», ya en papel protagónico), y otros, como José Martínez Suárez («Dar la cara»), Vignoly Barreto, Rubén Cavalotti, René Mugica. Nilsson sería su mentor, su maestro, al que debía respetar. A él le pidió lecciones, cuando tomó confianza.

Su primer corto, «El amigo», 1960, lo dice todo. La noche, un lustrín a las puertas de un parque de diversiones, un pibe con plata para entrar y divertirse, unos diálogos simples, de piedad y entendimiento. Más tarde vendrían los largos en blanco y negro, con la memoria de lo que se ha vivido, o se ha visto de cerca, en la misma cuadra, y también con la memoria de lo que se ha visto en el cine, de Vittorio de Sica, Robert Bresson, Pasolini: «Crónica de un niño solo», «El romance del Aniceto y la Francisca», «El dependiente». Inolvidables, el niño Diego Puente, la mirada entre Elsa Daniel y María Vaner frente al caño de agua, la embarazosa visita de Walter Vidarte a Graciela Borges (para siempre, Fernández y la señorita Plasini), los admirables movimientos de cámara de Aníbal Di Salvo.

Esas películas sorprendían con su captación póetica de los suburbios y los pueblos chicos, pero no le dieron de comer. Para comer y tener plata, estaba el canto. Con el canto llenó bailes de carnaval, teatros del interior y estadios de Latinoamérica, protagonizó «Fuiste mía un verano» y «Simplemente una rosa», que llenaron cines, y ganó discos de oro, cuando realmente había que vender miles de discos para ganarse uno.

Ya garantía de taquilla, dirigió dos superproducciones de enorme imaginación y belleza creativa: «Juan Moreira», con el impensable pero muy adecuado Rodolfo Bebán, sobre un gaucho famoso, matón de comités traicionado por los políticos, y «Nazareno Cruz y el lobo», apasionada versión de una radionovela de su infancia, con Juan José Camero como lobizón enamorado, y Alfredo Alcón como el Diablo, un diablo criollo, que le pide al inocente su intercesión para lograr el perdón divino. Ambas obras fueron record de boletería. Les siguió un fracaso que hoy muchos declaran como la mejor, o la que más aman: «Soñar, soñar», con Carlos Monzón y Gianfranco Pagliero como dos infelices que pretenden ser artistas. Ahí están de nuevo el pueblo chico, los pobres trashumantes del espectáculo, el miedo a la gran ciudad, lo que él vivió de cerca. Una escena donde Monzón cruza un baldío parece coincidir con la foto de un amigo de infancia, que Favio guardaba junto a la foto de Eva Perón, en una especie de altarcito que tenía en su oficina. «Es el Negro Cacerola, que la madre nos hacía pan con pasas de uva», explicaba.

Ese fracaso fue en agosto de 1976. Tardaría 18 años en hacer otra película, la misma cantidad de años que tardó Perón en volver a la Argentina. El estuvo en el charter que lo trajo, y le dedicó un disco, «Estoy orgulloso de mi general». Pero la masacre de Ezeiza entre peronistas, las listas negras de la Triple A contra sus colegas, y luego el golpe militar, lo llevaron al silencio, y al final se fue a vivir en Colombia. Volvía cada tanto, en 1978 y otras fechas, pero sólo como cantante. ¿Quién querría hacerle daño, si podía decir, como su amado Gatica, «yo nunca estuve en política, si siempre fui peronista»?

«Gatica el mono», con Edgardo Nieva y Horacio Taicher, fue su regreso triunfal. También la desesperación de sus productores, que le pidieron una película de dos horas como máximo y presentó una de seis. Hubo que cortar cuatro, pero hay tanta belleza en esas dos, que hacen pensar

en cuánta otra belleza se habrá tirado en esas cuatro. También fue desmedido cuando Duhalde le pidió un documental para celebrar en 1995 el cincuentenario del 17 de Octubre, y recién lo terminó en 1999, no un documental, sino una miniserie de seis capítulos con momentos impresionantes: «Perón, sinfonía del sentimiento». Es que había descubierto la edición digital, y quería probarlo todo. «Es como un niño que necesita tener todos sus juguetes sobre el piso, para elegir uno», lo definía su asistente de dirección y colaborador creativo Rodolfo Mortola, hablando de la filmación de «Gatica». Mortola también lo acompañó en su última obra, el ballet fílmico «Aniceto», con Hernán Piquin, Alejandra Baldoni y Natalia Pelayo en impactante y emotiva recreación de la misma historia que había desarrollado cuando joven, con sobriedad de artista pobre y todavía advenedizo, en «El romance del Aniceto y la Francisca». La historia se basaba en el cuento «El cenizo», de su hermano Zuhair Jury, su habitual coguionista, y también poeta por derecho propio. Tuvo dos hijos con María Vaner, Luis María y Leonardo, que le dio descendencia, y con su otra esposa, Carola, a María Salomé y Nicolás, el que canta al final de «Aniceto», y lo llevaba en silla de ruedas al final de sus días.

Favio siempre fue enfermizo. Sus últimos años fueron muy dolorosos. No usaba el pañuelo en la cabeza por mero antojo. Le costaba caminar, temblaba. Cuando fue jurado en Mar del Plata lo pasó prácticamente en su pieza, juzgaba frente a la casetera. Lo invitaban de festivales y tenía que negarse. Fue solo al de San Sebastián, en 2008, porque había estado allí de joven, y quería despedirse. No la pasó bien. Parece mentira, pero en esas condiciones es como hizo el «Aniceto». Murió al menos disfrutando la admiración y el amor de todo el mundo, y prodigando sonrisas, humoradas, palabras dulces y agradecimientos a todo el mundo. Todos eran «hermanos», para él. O hermanitos. Como decía Lorca del torero y poeta Ignacio Sánchez Mejía, «Tardará mucho en nacer, si es que nace», alguien como Leonardo Favio.

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