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“No sólo nuestras letras habitan el reino de la intriga”
Besarón: «Me propuse investigar en qué medida la conspiración es un tópico de la literatura y de las escrituras políticas en la Argentina, por lo menos en sus hitos más relevantes».
Periodista: ¿Cómo aparece en usted la idea de estudiar las conspiraciones en nuestras letras?
Pablo Besarón: Me propuse investigar en qué medida la conspiración es un tópico de la literatura y de las escrituras políticas en la Argentina, por lo menos en sus hitos más relevantes. Quise verificar que ese tema se repite, es un lugar común, una constante. Esto tiene tanto que ver con la coyuntura del país como con las circunstancias mundiales. Parto de la idea de que desde que existe el poder, la diferencia y la voluntad de poder, en las sociedades hay conspiración, que es una búsqueda de la conquista de conciencias para imponer un imaginario que perdure en la memoria colectiva.
P.: Plantea dos modos de pensar la conspiración, el de Platón y el de Aristóteles.
P.B.: En «La República», Platón propone al Estado como conspirador, como ente que construye una ficción ideológica a través de la cual transmite los valores que una sociedad requiere para reproducirse de determinada manera. En ese sentido, todo debe ser operativo a los fines del Estado, para generar ese orden. En cambio Aristóteles ve a la conspiración como una anomalía de la política, como una visión negativa de cómo se concibe el poder. Para él son los gobiernos extremos los que tienden a conspirar. Más allá de las reflexiones filosóficas, hay tres modos típicos de ver la conspiración: como utopía del sentido, como lucha por el poder o como visión paranoica y estigmatizante. En definitiva es una forma de estructurar la realidad. Una lente que permite de todo: forzar, evangelizar, atacar disidencias, proyectar, establecer un orden imaginario o creer en un orden oculto. Esas tramas están en nuestras letras.
P.: No sólo; tiene fuertes expresiones en otras literaturas.
P.B.: En Estados Unidos es un tema permanente, sobre todo a partir del fin de la Segunda Guerra y con la Guerra Fría. Se ve en escritores como Don De Lillo o Thomas Pynchon. Pynchon toma como punto de inflexión la Segunda Guerra Mundial, ve que en ese momento pasó algo y la sociedad cambió. En sus novelas se puede considerar a la visión conspirativa como un modo de pensar la totalidad en la posmodernidad, una forma de concebir el orden vigente en un mundo en donde ya no se cree en Dios. Y en mundo donde Dios ha muerto, según Nietszche, vale todo, y entran en juego las maquinaciones. Detrás del orden hay una conspiración, algo armado para un fin que tiene que ver con el poder. Es el reino de la intriga y la sospecha. El relato de tramas conspirativas, que ya está en Conrad, es algo que ha ido creciendo de forma manifiesta en las letras anglosajonas.
P.: Y ha dado grandes best sellers en los últimos tiempos, a los que usted no hace referencia.
P.B.: Si no planteo el fenómeno de los libros de Tom Clancy o de Dan Brown, fue porque mi criterio fue centrarme en la literatura argentina y en la literatura como arte. Mi idea fue trabajar sobre autores que tengan una poética, una estética. Ver hacia dónde avanzan a partir de plantearse conspiraciones y cómo esto tiene que ver con otras ficciones construidas, como la de la idea de Nación. El fenómeno de best sellers como «El Código Da Vinci», «Clave Red Rabbit» o «Matrix» muestran el alcance popular de la lectura paranoica de la realidad, y cómo hay quienes detentan modos especiales de develar el secreto de las cosas que suceden, que son siempre distintas a lo que parecen. Esto se ve a cada instante, uno sale a la calle y a cada paso se encuentra con gente que habla de conspiraciones, que son formas ficcionales de comprender una realidad a la que no tienen acceso de otro modo. La conspiración trata del poder, el deseo por transformar la realidad circundante, y un modo de ver dónde existe el sentido como concatenación, a pesar de la realidad aparentemente fortuita e inconexa. Por esto es un motivo eficaz en relatos de la sociedad de masas, sirven al narrador para captar el interés porque toda conspiración es un secreto que debe descifrarse, y se descifra al final del relato, y así se mantiene la atención del lector. Yo no intenté ni por asomo agotar el tema, algo imposible, y así como no me puse a reflexionar sobre las novelas de conspiraciones de gran venta, dejé de lado escritores argentinos que han hecho aportes interesantes al tema como Leopoldo Marechal, Julio Cortázar (del que menciono «Casa tomada»), y algunos mas recientes, como Oliverio Coelho, y algunos otros que siempre surgen.
P.: ¿Por qué eligió cómo modelos a Mariano Moreno, Echeverría, Sarmiento, Arlt, Borges y Piglia, entre otros?
P.B.: Si bien no es un estudio histórico, elegí autores de distintos momentos: Moreno en los orígenes del país, la Generación del 37 en la época de Rosas, Sarmiento como un gigantesco y genial lector paranoico de la realidad, el fin de siglo XIX con Julián Martel con la inmigración y el surgimiento de la xenofobia, las ideas conspirativas y el antisemitismo. En el siglo XX las vanguardias y Macedonio Fernández, dos ineludibles: Arlt y Borges, el manejo que hace del tema Rodolfo Walsh y la recurrencia en textos de Ricardo Piglia.
P.: Hay un nombre que en esa lista sorprende...
P.B.: El de Gustavo Perednik que no está inscripto en el canon pero me pareció importante por cómo encara el tema. En sus novelas la trama secreta y las sectas constituyen una hipóteis acerca de los medios de articulación del mal. El mal excede a tal punto a la condición humana que el mito es necesario para comprender y justificar nuestra imperfección. Hay en la lectura religiosa de la realidad que hace el judío Perednik, una lucha análoga a la que libra el católico Chesterton a través del Padre Brown buscando vencer las fuerzas del mal. El narrador en Perednik tiene analogías con el creyente religioso que piensa que existe un plan que Dios sólo muestra en forma parcial, donde el hombre es sólo un instrumento de la voluntad divina, un engranaje de una trama secreta.
P.: ¿Por qué parte de un texto como «Plan de Operaciones» de Mariano Moreno que nada tiene de ficción?
P.B.: Acaso porque es el primer conspirador. El «Plan de Operaciones» es un texto conspirativo fundacional, que se inscribe en los orígenes del país, y puede ser leído como literatura, en la medida en que sostiene que para que haya Nación debe haber un imaginario compartido, una ficción deliberadamente construida que se propaga de manera complotada.
P.: ¿Ve a ese plan de toma del poder como un relato de ficción?
P.B.: En literatura hay una suerte de analogía entre lo que es construir una conspiración y construir una ficción. Esto está muy patente en Borges. Muchos de sus cuentos plantean como tema cómo se construye una ficción. Por ejemplo en «Emma Zunz», donde ella, para vengar la muerte de su padre, construye una ficción que es una conspiración. En «Historia universal de la infamia», las tramas se despliegan en un mundo cuyas sociedades secretas son un recinto de lealtades y donde la maquinación es una estrategia común a delincuentes y vengadores. A partir de ese libro inicial, traidores, delatores, vengadores, espías se establecerán en el relato borgeano de conspiraciones. Las sectas en Borges son una utopía social, proponen un mundo con lealtades, orden, afinidades. En «El Congreso», Don Alejandro se propone organizar un Congreso del Mundo que representaría un orden de todas las naciones, que es la resolución borgeana al problema de un mundo caótico, fragmentado, sin dirección y sin sentido. Eso le hace desarrollar una forma de «literatura comprometida» con oposición a los totalitarismos y una utopía integrativa del mundo. Etimológicamente, conspiración significa «respirar en común», y se lo suele traducir como «obrar en común». La utopía social en Borges es la de gente que se reúne con el fin romántico de lograr un mundo mejor, como lo expresa en el poema «Los conjurados» donde «los hombres han tomado la extraña resolución de ser razonables, han resuelto olvidar sus diferencias y acentuar sus afinidades», y agrega «acaso lo que digo no es verdadero; ojalá sea profético».
Entrevista de Máximo Soto


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