Periodista: ¿Qué implica emocional y profesionalmente cada regreso a la Argentina y al Colón?
Nelson Goerner: Es uno de los puntos culminantes de cada año que transito. Cada regreso conlleva toda una carga emocional muy grande, lo siento así desde que me fui, y tengo la fortuna de tener grandes amigos y familia en la Argentina. La perspectiva de tocar para mi público, tal como lo considero, me genera mucho entusiasmo. Hay además con el Mozarteum una relación de larga data: fue la institución artífice de mi destino en Europa, cuando me ayudaron con una beca, y a partir de ahí se fue formando un vínculo que se consolidó muy satisfactoriamente a través del tiempo.
P.: En esta oportunidad el programa parte del Barroco y culmina en Chopin. ¿Cuál fue la idea para el armado?
N.G.: El concepto es lo que trato de armar en cada programa que presento. Un programa tiene que cumplir dos requisitos muy importantes: los contrastes de estilos y de lenguajes y una cierta unidad narrativa. A pesar de ser compositores en apariencia tan disímiles, si pensamos que Chopin y Schumann tenían una gran admiración por todos los clásicos y por los grandes maestros del Barroco, puede también encontrarse un nexo quizá no tan evidente pero que de alguna manera trato de que se refleje en mi interpretación.
P.: En el tránsito de los diferentes repertorios, como en este caso, ¿prima la búsqueda de un sonido propio por sobre el lenguaje de cada compositor?
N.G.: Siempre prima poner en valor el discurso del compositor. Partiendo de esa base el intérprete se puede expresar más. No es lo contrario. Siempre creí que un verdadero intérprete es el que puede sumergirse en la piel de un autor y darle su sello propio, hacer que todo lo que ha estudiado, profundizado, cultivado día a día, buscado, desmenuzado, en el momento de la interpretación cobre vida, y lo hace si estamos con la disposición espiritual necesaria para lograrlo. Ése es uno de los grandes dramas de un artista, porque el concierto tiene una fecha y una hora determinadas, entonces nunca sabemos si vamos a estar con la disposición que nos permita entrar en la piel de un autor. Pero creo que ahí es donde se revela un gran intérprete: en su capacidad de poner un sello propio siendo fiel a lo que el compositor aparentemente nos ha querido decir. Porque afortunadamente, y valga la redundancia, no tenemos nunca la seguridad de estar en lo cierto, y eso es lo que nos obliga a seguir buscando en pos de un ideal que nos trasciende mucho más.
P.: En el caso de obras tan transitadas como pueden serlo las de Chopin, ¿cómo se afronta el desafío de que la interpretación sea única en cada recital?
N.G.: Los desafíos en tocar una obra conocida y una no tan conocida no son tan disímiles. Se trata de si uno tiene, modestamente, algo para decir, y si realmente tenemos algo para decir y somos realmente intérpretes se trata de transmitirlo con fuerza, con mucha modestia frente al autor, pero también con mucha convicción, porque es algo en lo que se juega nuestra vida: cada vez que subimos al escenario es un pedazo de vida que estamos dando. En ese sentido no hago diferencias entre obras conocidas o poco conocidas. Tal vez las haya para el público: la Polonesa Opus 53 de Chopin la va a tener mucho más en el oído que la "Chacona" de HTMndel. Uno ha escuchado tantas versiones magistrales de esas obras, que como intérprete se trata de hacer propias esas influencias que han marcado su camino.
P.: A esta altura de su madurez como artista, ¿hay obras que aún no se atreve a enfrentar?
N.G.: Ha habido muchas. Todos pasamos por etapas: yo tardé mucho en abordar la obra de Debussy, si bien lo he estudiado muchísimo, mi primer disco con obras suyas salió hace dos años y medio. Son momentos que no se pueden forzar. Hay autores que uno ha estudiado con mucha asiduidad y entrega, pero que siente que no ha llegado el momento de abordarlos en público porque aún se está buscando, y lo que se busca todavía no se encontró, siempre partiendo de esa voz propia que es inherente a todo gran intérprete. Me pasa con las "Variaciones Goldberg" de Bach, que me encantaría tocar en público y ahora ya empecé a sentir que quizás haya llegado el momento.
P.: Entonces tal vez su próximo recital en Buenos Aires podría ser con las "Goldberg"...
N.G.: Tal vez, sí. Por eso digo que transitamos fases. El repertorio pianístico es tan amplio que a pesar de que quiero tocar de todo, porque es mi necesidad interior, y mis programas lo reflejan, hay períodos en los que uno se concentra más en determinados autores porque es necesario, y eso va en desmedro de otros. Durante mucho tiempo yo no abordaba Bach en público, y desde hace unos años me siento, no diría más cómodo, porque en la música nunca se está cómodo, sino que siento que soy capaz de habitar esa música con una visión que me es propia, forjada a través del estudio y la profundización.
| Entrevista de Margarita Pollini |


Dejá tu comentario