- ámbito
- Edición Impresa
Paremski buscó el mejor sonido y las cámaras
Natasha Paremski: notable técnica pianística, y «actitud» para buscar el estrellato.
La pianista Natasha Pa, nacida en Moscú y radicada en Estados Unidos, hizo el miércoles pasado su debut argentino para Festivales Musicales en el Teatro Colón. A los 26 años, Paremski responde perfectamente al modelo de «joven-virtuosa-bella-sensual-y-apasionada» tan buscado hoy en día por las discográficas y los agentes de conciertos, y por supuesto sabe explotar ese capital.
Luciendo un vestido ajustadísimo y una diadema que le daban un cierto aire de reina vendimial, la intérprete hizo su entrada en el escenario del Colón con una actitud algo desconcertante, como esperando el flash de las cámaras, y durante el tiempo que pasó fuera del piano pareció no decidirse totalmente entre ser una modelo de pasarela (llamativas sus manos en la cadera en el saludo) o una artista.
En el momento de la ejecución se advierte que esta gran pianista invierte una energía innecesaria en parecer «inspirada», arqueando el torso, mirando al techo y asumiendo esas posturas «langlangescas» que tanto distraen al espectador que no va en busca de un show sino de una interpretación auténtica. Cuando es capaz de concentrarse por completo en la música, en cambio, es cuando entrega lo mejor de sí.
Sus virtudes pianísticas son innegables y quedaron en evidencia desde la «Sonata en Si Bemol mayor» número 7 de Sergei Prokofiev, ejecutada con brío, precisión rítmica y una fuerza tan arrolladora que hubiera sido mejor como clímax de esta primera parte. La melancólica intimidad de las tres piezas de Chopin elegidas para continuar (las baladas números 1 y 4 y la «Berceuse» opus 57 que bisó al final) permitió apreciar otros aspectos de su técnica, como un particular uso del pedal, transparencia en las escalas y sentido del «rubato».
Los célebres «Cuadros de una exposición» de Mussorgsky que ocuparon la segunda parte del programa fueron un variado muestrario de la paleta sonora que Paremski es capaz de desplegar, y hubo a lo largo de la travesía el necesario sentido de unidad. Con tres bises (uno de los «Études tableaux» de Rachmaninov, la tremenda «Islamey» de Balakirev y Chopin) se despidió ovacionada, dejando tras de sí impresiones dispares pero un saldo total altamente positivo.


Dejá tu comentario