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Pensotti: “La identidad es la base de mi teatro”
Mariano Pensotti: “Las redes sociales demuestran que vivimos en una suerte de ficcionalización permanente en función de qué mostramos y qué editamos para contar nuestras vidas. Esto es lo que me interesa”.
Luego de llevar por el mundo sus instalaciones e intervenciones urbanas, Pensotti ganó su prestigio internacional -junto al Grupo Marea- con dos "megaficciones" destinadas a salas teatrales: "El pasado es un animal grotesco" y "Cineastas". Su último trabajo está inspirado en un insólito episodio protagonizado por su padre que derivó en una trama más frondosa referida a la identidad y el paso del tiempo. Dialogamos con él:
Periodista: Sigue apostando a las historias colectivas y con gran montaje escénico.
Mariano Pensotti: A partir de "El pasado es un animal grotesco" surgió la necesidad de contar historias que mezclaran hechos sociales y políticos con historias personales y otras inventadas, que no fueran necesariamente pequeñas ficciones minimalistas ubicadas en un pequeño living.
P.: Como las que abundan en el circuito teatral porteño.
M.P.: Ojo, no lo digo en forma despectiva. A mí me surgió la necesidad de crear historias más ambiciosas y complejas, que hicieran presente en escena el paso del tiempo.
P.: ¿En qué hecho real se inspiró esta vez?
M.P.: Es algo que le pasó a mi viejo y está relacionado con su militancia política de fines de los '70. Durante la última dictadura militar él había escondido en la casa de mis abuelos una serie de objetos comprometedores que tenía en su departamento. Años después, con la llegada de la democracia, los fue a buscar pero no los pudo encontrar porque los había enterrado de noche y a las apuradas. Pasó el tiempo, mis abuelos murieron, la casa se vendió, y a todo esto mi viejo seguía fantaseando con aquellos objetos perdidos. Recuerdo que, de chico, lo escuché varias veces contar esa historia como algo medio mítico. Hasta que a principios del año pasado, recibió un llamado del actual dueño de la casa contándole que mientras cavaban para hacer una pileta, encontraron unas bolsas de plástico. Eran los objetos que mi viejo había escondido.
P.: Salvo uno que era de origen desconocido
M.P.: Bueno, eso lo inventé. No quería hacer teatro documental. Cuando pasó lo de mi viejo yo estaba escribiendo una obra sobre la idea del doble y relacioné ambas cosas con cómo uno, a lo largo del tiempo, se vuelve una especie de doble de sí mismo, como si fuera un actor que interpreta versiones distintas del mismo personaje. Y qué pasa entonces cuando uno es confrontado con su pasado. En la obra aparecen otros personajes que, de alguna forma, también fundaron su identidad o armaron sus vidas a partir de situaciones importantes de su pasado que ya no existen.
P.: ¿Tanto lo obsesiona el tema de la identidad?
M.P.: Para mí es algo muy interesante, sobre todo teatralmente. Esta sensación de que todos estamos todo el tiempo armándonos una identidad, reafirmándonos en aquello que pretendemos ser, con el esfuerzo que eso implica y a la vez con una terrible angustia por no poder hacer más cosas.
P.: ¿Qué temas actuales circulan por la obra?
M.P.: Cuestiones como las redes sociales: Facebook, Twitter y demás. Son fenómenos que a todos nos convirtieron -y en este momento más que nunca- en directores de teatro y directores de cine de nosotros mismos. Vivimos en una suerte de ficcionalización permanente en función de qué mostramos y qué editamos para contar nuestras vidas. Esto es lo que me interesa, buscar cuáles son esos temas que ahora mismo tienen cierta relevancia en el país o en la sociedad, más allá de mi experiencia personal y de mi investigación artística.
P.: La anécdota de su padre es muy emblemática. Podría haber sido soñada por muchos argentinos de esa generación.
M.P.: Aunque se menciona la militancia política y la dictadura militar, no es una obra sobre el pasado. En todo caso, tiene que ver con qué huellas del pasado dejaron su marca en el presente. Pero usted tiene razón, el dispositivo escénico tiene que ver con lo onírico. Se trata básicamente de dos grandes cintas transportadoras que cruzan de un lado a otro el espacio. La mayoría de las escenas van montadas encima y todo se regula en vivo. Es una especie de coreografía espacial, y como la obra tiene que ver con cierta arqueología de lo familiar y con desenterrar objetos del pasado, incluí elementos que pertenecen a la arqueología del cine y del teatro. Me inspiré en un viejo museo arqueológico que visité de chico, que tenía un show educativo con réplicas y cintas transportadoras. Quedaba en algún lugar de la Patagonia, pero ya no recuerdo dónde.
Entrevista de Patricia Espinosa


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