31 de diciembre 2008 - 00:00

Penurias de fumadores y algo de literatura

Penurias de fumadores y algo de literatura
Si «Tabaco y literatura, sus relaciones» fue la consigna que dieron Mariano Blatt y Damián Ríos, compiladores de este libro, a un conjunto de escritores, pocos, por no decir ninguno, respondió realmente a ella. Los diez argentinos, un chileno y un mexicano, que componen esta obra optaron por dedicarse a describir las penurias de haber decidido intentar dejar de fumar, las cruzadas antitabaco, el placer de un pitada que dibuja el humo de una curiosa rebeldía. Desde el entrañable Niunjin, que diseñó el doctor Chejov, con la conferencia que le impuso dictar su mujer «Sobre el daño que hace el tabaco», a los recientes films políticamente incorrectos impulsando el consumo de cigarrillos, mucho se ha escrito y se seguirá escribiendo sobre el tema.
El primer texto, «Noventa días», del chileno Alejandro Zambra, con su forma de diario registrando la desesperación en los pasos del tratamiento «adiós pucho», remite a «Días sin fumar», un libro notable, y ya clásico del español Vicente Verdú, que es un texto que, por otra parte, acaba de cumplir sus veinte años. El tema de soltar el cilindro de tabaco, como no dejan de advertirlo los compiladores, es recurrente, y sólo los salva la forma o la calidad del narrador. Por caso, la extraordinaria contrapartida a todo el resto que realiza Elvio Gandolfo en «Química y tabaco», con su nerd que nunca se decidió a comenzar a fumar, y como el narrador es de algún modo su alter ego confía que se limitó «a través de los años a observar con cuidado, sin darme cuenta, los gestos rituales y medidos de los fumadores, que después empleé en un par de relatos con personajes que fuman».
Desaforado como siempre, resulta esa «Prima Histeriqueta» dedicada a la cruzada antitabaco, de Alberto Laiseca, que concluye con uno de sus memorables aforismos: «vivir es arrojarse en paracaídas, desde un avión de guerra, sobre territorio enemigo». El mexicano Mario Bellatin transforma la experiencia del primer cigarrillo de tabaco fumado por un escritor, en algo semejante a fumar marihuana, para servirse del relato para contar una situación delictiva con uno de esos mecanismos que gustaban a Hemingway.
Afortundamente el libro tiene como cierre el poema «Tabaquería» que Pessoa adjudicó a su heterónimo Alvaro de Campos, que puede considerarse como una valiosa separata de regalo.
M.S.

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