4 de abril 2013 - 00:00

Perturbadora pieza con la actriz ideal

Valeria Lois se adueña de “La mujer puerca”, envuelve al público en un amplio espectro de emociones y logra hacerlo reír aunque no quiera; porque esa mística con mala suerte, también inspira ternura y compasión.
Valeria Lois se adueña de “La mujer puerca”, envuelve al público en un amplio espectro de emociones y logra hacerlo reír aunque no quiera; porque esa mística con mala suerte, también inspira ternura y compasión.
"La mujer puerca" de S.Loza. Int.: V.Lois. Dir.: L. Rodríguez. Esc. y Vest.: J.Escobar y L.Rodríguez. Dis. Luces: M.Sendon. (Elefante Club de Teatro).



Si Pedro Almodóvar la conociera, seguramente se enamoraría de esta heroína, apasionada e ingenua, que busca el amor en la santidad aplicando una lógica tan básica que por momentos roza la blasfemia y el disparate.

Criada por una tía santulona que la trataba de "puerca" y la obligaba a purificarse a través del rezo, la pequeña huérfana llegó a la madurez con más confusión que certezas.

Su vida fue un cúmulo de injusticias y atropellos dignos de un folletín (con una infancia a lo Dickens, como se señala en el programa de mano), y sin embargo en su discurso, imbuido de misticismo, no hay lugar para el odio ni el rencor.

El texto de Santiago Loza (autor de "Nada del amor me produce envidia", "Todo verde" y "Mabel", entre otros títulos) está construido como un relato afín al melodrama: madre fallecida en el parto, abusos familiares, delirios místicos, un primo afectuoso que luego se convierte en su verdugo, etcétera. Incluso cuando la protagonista ejerce la prostitución -como un acto de caridad para "aliviar" al prójimo-, el dato parece responder a un cliché del género antes que a la lógica de esta mujer devota que de jovencita padeció el acoso de dos primos exhibicionistas.

Los pasajes más convincentes de su narración son aquellos en que las imágenes sensoriales se imponen sobre los hechos concretos rodeándolos de cierto halo de misterio. Como por ejemplo, cuando describe "el milagro de las lamparitas" (protagonizado por una vecina) o una herida accidental que la cubrió de sangre.

La sensualidad de sus descripciones, lo imprevisible de sus actos reflejan con mayor eficacia los conflictos de esta mujer obsesionada por recibir una señal divina.

Subida a una pequeña tarima y bajo una luz cegadora, Valeria Lois se adueña del personaje con una naturalidad que perturba. Fija su mirada en el público sin darle respiro, lo envuelve en un amplio espectro de emociones y logra hacerlo reír aunque no quiera; porque la historia de esta mística con mala suerte, también inspira ternura y compasión.

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