Al filósofo Martin Heidegger se le ha perdonado el haber sido un ideólogo nazi, y se lo tiene como uno de los grandes pensadores del siglo XX. Así como algunos consideran que no fue antisemita basándose en la relación erótica con su alumna Hannah Arendt, otros recuerdan que no movió un dedo (y si lo movió fue en su contra) cuando su maestro Edmund Husserl le fue quitado su dignidad de profesor emérito en aplicación de un decreto anitisemita, y más aún por ser Husserl judío se le prhibió el uso de la biblioteca de la universidad de Friburgo en razón de la leyes de "limpieza racial" aplicadas por el rector nacional socialista Martín Heidegger, su dilecto alumno.
Al genial poeta estadounidense Ezra Pound se le perdonó su amor a Mussolini por considerárselo loco. Las últimas investigaciones sostienen que fue tan fascista como doble agente a favor de los Aliados, y que no fue en ningún momento un declarado antisemita.
Entre los más famosos colaboracionistas franceses, que apoyaron la ocupación alemana y aplaudieron a las tropas del Tercer Reich desfilando por los Campos Eliseo al son de la Marcha de San Lorenzo, estuvieron los escritores Robert Brasillach, que fue fusilado por alta traición, Pierre Drieu La Rochelle, amigo de Borges y más que amigo de Victoria Ocampo, cuando se enteró de que había sobre él orden de arresto, y Louis-Ferdinad Céline, que escapó de Francia, pasando primero a Alemania y finalmente a Dinamarca, donde fue arrestado por orden del gobierno francés acusado de colaboracionismo y pasó más de un año en prisión.
A partir de ese momento nunca pudo ser honrado ni premiado, y esto a pesar de ser considerado uno de los escritores más influyentes del siglo XX, un innovador colocado en la cumbre de la literatura francesa junto a Marcel Proust, creador de un estilo que a partir de su pluma transformó la narrativa con epígonos tan variados como Jean-Paul Sartre, Henry Miller, William Bourroughs, Kurt Vonnegut, Charles Bukowski, Philippe Sollers y José Saramago, entre muchísimos otros.
André Malraux sentenció alguna vez que Céline era un pobre tipo pero un gran escritor, y la sentencia se mantiene. Y eso porque era un redomado antisemita. Un antisemita que, a diferencia de otros que también lo eran en esa época infame, escribió los panfletos "Bagatelas para una masacre" y "La escuela de los cadáveres". Su compatriota Sollers, fervoroso apologista, lo definirá como "Impresentable para la eternidad", y recordará, para descargo del autor de "Muerte a crédito", que confesó que hizo "la estupidez suprema. Salió a hacer una cruzada a favor de los chacales".
Sollers lleva a leer a Céline desde la provocación inicial, del deslumbramiento de la escritura en directo de su inicial obra maestra "Viaje al fin de la noche", hace verlo como un crítico feroz y vociferante, un misántropo desde la cumbre del cinismo, un escritor aterradoramente cómico que encarna las grandes tradiciones de la lengua y decide forzarla, transformarla, actualizarla.
Este libro reúne un conjunto de textos, donde hay artículos, conferencias y fragmentos de entrevistas, que Sollers viene publicando desde 1963, cuando era un escritor vanguardista, cofundador de la mítica revista Tel Quel, y un militante maoísta casado con la filósofa y psicoanalista Julia Kristeva, hasta el actual sosegado liberal que trata de no caer en un modesto autor biempensante. Sollers recomienda dejar de lado los panfletos del aquel médico filonazi Louis Fedinand Auguste Destuches y degustar la pasión y el estilo de la "escritura en directo" del Céline de su extraordinaria y desaforada trilogía alemana "De un castillo a otro", "Norte" y "Rigodon", o deleitarse con el escarnio cómico de los intelectuales franceses que realiza en "Conversaciones con el profesor Y".
Esto no siempre es fácil cuando se recuerda que en Francia mucho los sigue recordando como una desgracia nacional, más allá de que Sollers lo considere "el chivo expiatorio de la monstruosidad de una época".
| M.S. |



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