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Placentera postal de pueblo chico en un film polaco
Por su simpatía, su tono agridulce y su envolvente levedad, «Un cuento de verano» recuerda un poco ciertos encantos del cine de Europa Oriental.
El nombre del protagonista es proporcional a su edad: Damian Ul. Punto. Un chico de seis o siete años a través de cuyo personaje veremos la historia. También el título de la película es breve, algo así como «Trucos», y la propia película es aparentemente pequeña. Pero está tan exactamente hecha, y con tamaño encanto, como la cabeza de un chico de esa edad.
Sin un pensamiento lógico que lo encierre, para conseguir lo que quiere él suele apelar a lo que llamaría trucos, una serie de simples ritos cabalísticos tales como cruzar los dedos y quedarse quieto aunque llueva a lo loco para ayudar a que la hermana consiga trabajo, tirar moneditas a la vía o poner sus dos soldaditos de plomo en los durmientes, como para que detengan el tren (cosa que él mismo hará en cierto momento) para retener al hombre que supone su padre. Porque la hermana está tramitando una entrevista de trabajo en una empresa, y él esta tratando de detener a ese hombre y hacer que se reencuentre con la madre. Arma toda una estrategia para ello, muy risueña porque el sujeto se distrae con cualquier cosa en el camino. El chico también tiene otras cosas de chico: hacer que el pretendiente de la hermana lo lleve de paseo en moto, apretarse contra la carnosa vecina joven a la que vienen a buscar en auto (y hacerse llevar de paseo en auto), imitar cada vez mejor al viejo de las palomas, para hacerlas volar. Casualmente, el posible padre tenía unas palomas.
«Tentar la suerte», dice con la hermana, sacrificando algún dinerito para ayudar a que un vendedor callejero consiga más clientes. Ya se sabe, generalmente algo hay que sacrificar. Pero el espectador no sacrifica nada. Le viene todo de regalo. Todo es placentero para nosotros, el sol de verano, la tranquilidad de un pueblo donde cualquiera puede andar de noche por la calle, o pasar el día en la vereda o la pequeña estación de trenes, la apacible vida sin demasiado apuro, la gracia de los personajes y las diversas situaciones, que paradójicamente se van haciendo más simpáticas a medida que se repiten. La música, a veces ligera, a veces algo melancólica, y los intérpretes, y el tono agridulce, todo constituye un pequeño y mantenido placer. Nos recuerda un poco ciertos encantos del viejo cine de Europa Oriental, como la rusa «Me compré un papá», o algunas del checo Karol Kachyna, poeta. No sabíamos que los polacos también podían hacer algo así, tan simpático, de una envolvente levedad. Andrzej Jakimowski, se llama el autor, y ésta es su segunda obra, que inteligentemente sus paisanos eligieron para candidatear al Oscar y otros premios internacionales. Rodaje en Wallbrzych, cerca de Wroclaw, cerca de la República Checa y el sur de Alemania. Un disfrute.


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