Podolsky actualiza “La Strada” de Federico Fellini

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El director Román Podolsky estrena el domingo a las 18, en el teatro La Carpintería, «Para qué vamos a hablar de la guerra», versión libre de «La Strada» de Federico Fellini, escrita en colaboración con Claudio Da Passano, quien además interpreta a «El Loco» en un conflictivo triángulo amoroso compartido con Malena Figó (Gelsomina) y Nacho Vavassori (Zampanó). En paralelo Podolsky repondrá en Timbre 4 (a partir del 24 de febrero) «El pozo donde se encuentran», una historia sobre mujeres asesinadas por sus parejas.

Periodista: Antes de hablar de su próximo estreno, resumamos resumir el argumento de «La Strada» para las nuevas generaciones.

Román Podolsky: Son tres artistas de feria durante la posguerra. Zampanó es un forzudo que se dedica a romper cadenas; Gelsomina es una especie de payasa, con mentalidad de niña, que él compró a una familia muy pobre para que lo acompañe en sus presentaciones y El Loco es un equilibrista que lo acosa con cargadas y chanzas cada vez que lo ve en alguna feria. Zampanó está harto de él y un día lo mata. Esto hace que Gelsomina se vuelva loca y ambos se separan. Muchos años después, Zampanó se entera de que ella murió y ahí comprende, con gran dolor, cuánto la amaba.

P.: ¿Qué elementos tomó de esta historia?

R.P.: Nos quedamos con los tres personajes centrales y algunas circunstancias de la posguerra. Revivimos a Gelsomina y a El Loco y cambiamos su destino. Nosotros suponemos que la guerra los trató muy mal a los tres y que se desencontraron. La obra se inicia con Gelsomina y El Loco conviviendo en una especie de circo abandonado. Un lugar lleno de escombros al que llega Zampanó luego de enterarse de que ella estaba viva. Esa es nuestra versión.

P.: Es un triángulo amoroso.

R.P.: Algo así. Son vínculos movidos un poco por el amor y otro tanto por la necesidad. Zampanó ya no puede hacer el número de la cadena porque no tiene fuerza y El Loco hace tiempo que dejó de ser equilibrista, pero le armó un número a ella, «La princesa de las cuatro estaciones», en el que adivina si va a llover. Con eso engañan a la gente. Zampanó quiere recuperar a Gelsomina y se enfrenta a su antiguo rival. Hay reclamos del orden amoroso, pero también está esa rascada de querer quedarse con ella para hacerla trabajar. La obra tiene humor y momentos oníricos y también algunos números circenses. Malena Figó aprendió a tocar la trompeta y sobre el final los dos hombres se la juegan en una lucha de catch.

P.: ¿Qué valor tiene la guerra en esta historia?

R.P.: Hay algo trágico en ella y es la sensación de que la guerra no termina nunca. Los escombros que quedan no se pueden volver a juntar. Hay una voluntad de unirlos y de unirse pero no resulta, las piezas quedan sueltas, la figura original se ha perdido. Lo que la obra cuenta tiene mucho que ver con el mundo de hoy. Allí donde se intenta reparar los escombros de un bombardeo vuelven a saltar chispas entre las piedras. Fellini es muy lindo y poético, pero ¿de qué nos habla hoy? Nos habla de un estado de posguerra permanente, de restos que no se pueden articular. Podemos pensar en la crisis de 2001 que fue muy evidente, pero todavía tenemos la sensación de entrever las aristas de los escombros, acá y también en el mundo.

P.: En «El pozo donde se encuentran» abordó un tema muy peliagudo, la violencia de género.

R.P.: Así es, mujeres asesinadas a manos de hombres. Trabajé con quince actores de un taller de dramaturgia que dicté en Timbre 4, a partir de una noticia policial acerca de un hombre que asesinó a su mujer y la enterró debajo de la cama matrimonial. Me pareció de gran interés dramático esa tensión de querer sacarse a la esposa de encima y al mismo tiempo tenerla debajo, cual custodio del féretro. Más allá de lo repudiable de esta clase de crímenes, vimos que el asesinato se iba convirtiendo en metáfora de lo que sucede cuando una pareja deja de encontrarse. En cada ruptura amorosa hay algo que se asesina.

P.: La fantasía de todo separado es que su ex desaparezca de la faz de la tierra.

R.P.: Nosotros partimos de la idea de que en aquello que más querés del otro y que más te identifica con él, de pronto aparece algo que no se puede nombrar y que se vive como extraño, ajeno y desagradable. Allí donde todo era amor y familiaridad surge algo siniestro. De un momento a otro convivís con el enemigo. Es incómodo y peligroso, pero a la vez muy difícil de soltar.

P.: ¿Cómo mostró esto en escena?

R.P.: Son seis parejas, las mujeres ya están muertas y vuelven a convivir con sus asesinos. Ellas regresan con odio, rencor y violencia, pero también vuelven con amor o sin entender nada de lo que sucedió. La violencia de género ha generado una militancia importante y nada justifica que una mujer sea lastimada; pero los medios de comunicación abordan el tema de manera muy esquemática, como una cuestión entre buenos y malos. En cambio, nuestra intención fue mostrar el nivel de complejidad de estos vínculos, donde el amor, el sexo y el asesinato se entrelazan de una manera más enrarecida y difícil de desentrañar. El recurso de reunir en escena a muertos y a vivos nos alejó del realismo y también del amarillismo mediático.

P.: ¿Cómo afectó esto al elenco?

R.P.: En cada ensayo discutíamos el crimen de la semana, pero cuando empezamos con las improvisaciones, sucedió algo curioso, lo que sucedía con los cuerpos era altamente erótico. Para que se entienda: queríamos hablar del hambre y terminamos en la comida.

P.: Tanto en el asesinato como en el sexo uno se apropia del cuerpo del otro.

R.P.: Claro. y así empezamos a descubrir que por debajo del asesinato emergía algo muy sexual y erótico. Amor, sexo y asesinato se integran en esta metáfora.

Entrevista de Patricia Espinosa

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