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Policial con admirable sello Auster

Se podría decir que «Invisible» es un policial inundado de erotismo que, por más que cambien de voces, se lee del modo que sólo consiguen los best sellers. Vale aclarar que «Invisible» es tan policial como podría serlo «Crimen y castigo». Y el erotismo, si bien está desparramado por toda la novela tiene una situación de incesto que es una de las más fuertes que se han leído en mucho tiempo.
Que Auster se lea como un best seller molesta a algunos críticos. Al del «New Yorker», el tradicionalista James Wood, le indigna lo posmoderno de Auster, su uso de clichés de la novela negra, el abuso de la meta-narración, las referencias que buscan dar categoría a la trama y ese ritmo que hace pasar rápido las páginas. Cuestiones que otros comentaristas sostienen que son la clave del talento de Auster, porque «si tiene ritmo verbal es porque tiene la sintaxis metida dentro de la cabeza, que es la clave de la buena escritura». Lo cierto es que, más allá de cuestionadores y apologistas, Auster es uno de los pocos escritores de fines del siglo XX cuyo nombre se volvió un adjetivo. Eso significa que alcanzó a tener una voz propia, y que hoy se habla de narraciones austerianas cuando aparecen coincidencias, surge el azar imponiendo un destino, un relato que no detienen las constantes alusiones culturales.
En «Invisible», Auster vuelve al mundo de los escritores a partir de dos compañeros, Adam y Jim, que estudian en la Universidad de Columbia en 1967. Allí el atractivo veinteañero Adam Walker conoce a dos franceses sofisticados, Rudolf Born y su fascinante mujer. Born es profesor en la universidad, ha sido militar y participó en la represión en Argelia, es espía francés, en realidad como topo es un doble agente. Born y su mujer buscan seducir a Adam, y hasta le ofrecen dirigir una revista literaria que ellos financiarán. Cuarenta años después, Adam, a punto de morir, escribe el comienzo de una novela donde recuerda lo ocurrido en aquellos años, y envía a su amigo Jim, ahora un escritor consagrado, los tres primeros capítulos, donde detalla cómo conoció en Nueva York a la extraña pareja de Rudolf y Margot, de cómo los reencontró en París tras haber roto con ambos, de un intrigante crimen, de su incestuosa relación con su hermana Gwyn, y su amistad con Cécile Juin, una investigadora literaria francesa. Los dos primeros capítulos son los manuscritos de Adam, luego viene el trabajo que hace Jim con las notas que dejó su amigo y finalmente está una parte del diario de Cécile, donde se habla del final de la vida de Rudolf Born, y llena de sorpresas al lector, al punto de tener ganas de empezar a leer de nuevo el libro.
Auster enfrenta la moda de la «literatura del yo» y divide su yo, se toma como modelo para sus dos protagonistas, para hacer gran literatura. Utilizar el tema del manuscrito heredado se puede considerar un cliché o una tradición literaria cervantina, que sirve para hacer entrar la ficción dentro de la ficción, la mentira que aparenta ser verdad, y luego es vulnerada por algunos datos que hacen que finalmente el lector, como dijo Javier Cercas, pueda llegar a pensar que todo no es más que la impúdica fabulación de un moribundo.
M.S.

