16 de enero 2015 - 00:00

Por qué importa leerlo

 ¿Cuáles son sus principales conclusiones del aporte del libro de Thomas Piketty "El capital en el siglo XXI", que ha despertado un debate casi planetario sobre el capitalismo? Veamos.

La dinámica actual del capitalismo -en los países desarrollados- es la de un crecimiento lento de la economía -entendida como la suma del crecimiento económico y de la población- con tasas del retorno del capital muy altas. En criollo: en este tipo de países es más rentable heredar que trabajar. Y en palabras del mismo autor: "Cuando la tasa de retorno del capital es superior al crecimiento económico (...), la riqueza heredada crece más rápido que la producción y los ingresos del trabajo. (...) Bajo estas condiciones, es casi inevitable que la riqueza heredada sea superior a la riqueza que puedas amasar como producto de tu trabajo por un amplio margen, y la concentración de la riqueza llegará a unos niveles muy altos, niveles incompatibles con los valores meritocráticos y los principios de justicia social que son fundamentales en las sociedades democráticas".

La dinámica que está siguiendo la distribución de la riqueza en el siglo XXI, de acuerdo con las proyecciones de Piketty, nos lleva a un aumento de la desigualdad que puede llegar a poner en peligro la misma democracia y el capitalismo.


El acceso a la educación pública mitiga el proceso, pero no lo soluciona.

Sólo un impuesto progresivo a las rentas más altas puede revertir esta situación. Piketty habla del Impuesto a las Ganancias (a las grandes fortunas) y del impuesto a la herencia. Concretamente, aboga por un impuesto confiscatorio del 80% a los que ganen más de 1 millón de dólares al año.

El impuesto debe ser global, es decir, se debe aplicar a varios países al mismo tiempo. Los países pequeños no pueden competir en la carrera fiscal. Sólo China y Estados Unidos pueden hacerlo. Europa necesita más coordinación en esa materia. El autor admite que esta idea es un tanto utópica.

Tener muchos hijos disminuye la desigualdad. Piketty no lo dice abiertamente, pero está claro que en una sociedad de hijos únicos con padres con una alta esperanza de vida la herencia garantiza la concentración de la riqueza y desincentiva el trabajo. Las familias numerosas no tienen más remedio que salir a trabajar.

La meritocracia no es necesariamente más justa. Sirve para explicar las diferencias salariales de la clase media y clase media alta, pero no explica los supersalarios de los mánagers. En ese sentido, pone en duda la teoría de la productividad marginal del trabajo como explicación de los salarios del 1% más rico.

Pero el principal mérito de Piketty no está tanto en sus conclusiones, sino en que pone sobre la mesa cuestiones económicas que los economistas y políticos no suelen plantear y que no están a menudo en los debates políticos. Mucho se ha hablado sobre el concepto de capital que utiliza, sobre su propuesta fiscal, sobre su ideología política y poco sobre lo que hace a esta obra distinta a las demás: poner en discusión algunos pilares del capitalismo actual, no censurándolos sino no dándolos por hecho. En este sentido, la discusión en torno a la población, la meritocracia y a la herencia -tres pilares del capitalismo actual- parece más que oportuna. Tres grandes temas que pocos economistas y políticos se han atrevido a discutir abiertamente (ni siquiera para reseñar este libro).

Más allá de la carga moral que podamos otorgarle al hecho de que cada vez haya más desigualdad, en este sentido es interesante: Piketty vincula la relación entre estructura impositiva y democracia remontándose a acontecimientos tan importantes para Occidente como la Revolución Francesa o la independencia de los Estados Unidos. Ésta parece ser, en definitiva, la gran pregunta de Piketty. ¿Puede la extrema desigualdad poner en peligro los valores democráticos y del mismo capitalismo? Piketty sugiere que sí. El asunto trasciende la economía. El autor habla, a la manera de los viejos economistas, de justicia y de eficiencia y, sobre todo, de instituciones y de cómo las normas sociales a veces explican mejor el comportamiento de los agentes que la teoría económica, una manera elegante de explicar la diferencia entre países similares en términos de tasas de crecimiento económico y tecnología, pero muy distintos en términos de desigualdad.  

Piketty sitúa en el centro de debate de la ciencia económica la cuestión de la distribución del ingreso y se vale de dos herramientas que le otorgan al texto la seriedad necesaria: la historia económica y la estadística. Cuestiona la "teoría del derrame" de Simon Kuznets, según la cual la desigualdad de un país en las primeras etapas de desarrollo aumenta y luego disminuye a medida que el país se va industrializando. Se supone que en fases avanzadas de desarrollo económico una porción más grande de población es capaz de disfrutar de los frutos del crecimiento económico. La riqueza "derrama" a la totalidad de la población. Esta teoría podía explicar el desempeño económico de Estados Unidos durante buena parte del siglo XX: una fase de industrialización con gran desigualdad durante las últimas décadas del siglo XIX y un aumento de la igualdad a medida que entramos en el siglo XX, en especial a partir de la posguerra. La defensa optimista del capitalismo de entonces servía a los intereses del país que intentaba mostrar la conveniencia de que los países en desarrollo no cayeran en la órbita soviética. Era posible un mundo libre y próspero. La curva de Kuznets era lo que necesitaban muchos economistas para justificar la supremacía de Estados Unidos ante la Unión Soviética.

Piketty rebate esta idea, a su juicio, sesgada por el momento especial que tuvieron que vivir Europa y Estados Unidos: las dos guerras mundiales. Y para justificar sus dichos, lo que hace es completar las series de datos que ya tenía Kuznets hasta llegar a 2010.

Piketty retoma el viejo tema de la desigualdad sin el apasionamiento de algunos sectores de la izquierda y con el rigor de los datos. Una de las grandes ventajas de esta obra de más de 600 páginas es que está escrita en un lenguaje llano, sin demasiados tecnicismos. Es didáctica y pretende serlo. El autor nos demuestra que es posible tratar temas complejos sin recurrir a fórmulas matemáticas (o a pocas).Piketty analiza no sólo la desigualdad, sino su estructura y para ello se decide a estudiar a los más ricos. ¿Cómo lo hace? -y esto es lo más valioso de su obra-: haciendo uso de la gran base de datos que ha construido a lo largo de más de veinte años de recopilación de cifras de los principales países desarrollados. El valor que nos aporta Piketty es el resultado de años recopilando información de los principales países europeos y de Estados Unidos para poder formar una megaserie que va desde mediados del siglo XVIII hasta la actualidad (lo cual también le permite hacer algunas estimaciones interesantes sobre la desigualdad en el siglo XXI). Uno de los principales atractivos de su obra es su análisis de largo plazo y la mayoría de sus gráficos abarcan períodos de más de 100 años.

Piketty
también les da mucha importancia a lo largo de toda su obra a los estudios de población, algo de lo que no se suele hablar en debates políticos, y que es central para poder entender la performance económica de algunos países.

El libro está escrito poniendo el foco en los países desarrollados. No podemos esperar otra cosa y Piketty mismo lo deja claro: no hay series completas y sería injusto pedirle al economista ahora mismo una versión latinoamericana, pero está claro que muchos ciudadanos de países emergentes estarían interesados en hacer un análisis similar. Algo de ello hay en el libro, pero el mismo autor no se fía del todo de esos datos. En cualquier caso, parece repetirse el patrón histórico: el percentil más rico se llevaba más del 26% del ingreso nacional en la Argentina en el momento de mayor desigualdad del siglo XX, el año 1940. A partir de ese momento, la desigualdad baja hasta el mínimo en 1972: los más ricos se llevaban solamente el 7%. Y es a partir de ese período que empieza a aumentar. Es decir, el patrón es semejante en muchos países emergentes y desarrollados: un aumento de la desigualdad sin precedentes a partir de la década de 1980.

Pensando en clave argentina, la llegada de Piketty a través del libro y en persona es oportunidad para discutir sobre concentración del capital, estructura impositiva en la Argentina, si es más rentable ser dueño de tierras que trabajar, quiénes ganan y pierden con la inflación, cómo debe financiarse el país sin recurrir a la inflación o a la austeridad. "El capital en el siglo XXI" ya es una obra de referencia que ayuda a disparar este debate.

(*) Economista (UBA) y novelista. Autora de "Los Viajes Sonámbulos" (Madrid, 2013).

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