Vendí mi empresa en 2007. Yo era el dueño, junto con otros miembros de mi familia, y la habíamos fundado 18 años antes. Era una firma industrial, 100% en el mercado B2B. Habíamos crecido mucho, exportábamos y teníamos una segunda planta en el exterior.
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Dos años antes, en 2005, en un curso para empresarios, un profesor me instaló la duda por el valor de mi empresa, cuando nos preguntó a todos si sabíamos el valor de nuestras firmas. Apenas el 3% lo sabía, aunque el 100% conocíamos el valor de nuestras viviendas o de cuánta plata teníamos en el banco.
Para valuarla llegué a Carlos Díaz Delfino (CDD), recomendado por un conocido. Me pareció muy sólido. Mi objetivo era solamente valuar, no vender. Y ahí quedó.
De una empresa multinacional que me habían sondeado en el pasado, me llamaron para conversar en 2006. "Nos interesa comprarlos", me dijeron. No está en venta, les dije. "Piénselo", dijeron. Lo hablé con mi familia, y luego lo llamé a CDD para que me ayudara. Además sumamos a un abogado especialista. Del otro lado estaba un equipo de la NBA, y nosotros éramos una pyme argentina.
Mi motivo de fondo, para entrar en ese proceso, es que tenía hijos recién nacidos pero no los veía nunca porque vivía arriba de un avión. Tenía 3 celulares, me llamaban a las 6 de la mañana, una locura...
Creo que hay 2 tipos de empresarios: los que buscan riqueza y otros, como yo, que buscamos calidad de vida. A esto se suma que había muchas luchas familiares por causa de la empresa. También el vínculo con mi familia iba a ser desgastante.
En la negociación hubo muchas altas y bajas. El comprador era un competidor directo, y nos pedían hasta el ADN, ¡era información sensible! Incluso desconfiábamos si querían comprarnos o en verdad sólo querían información sobre nosotros. Pero poco a poco vi que tenían voluntad de compra real. Luego firmamos el compromiso de compra y se hizo el due dilligence.
Tres consejos a quien se embarque en esto. 1) Que busque profesionales que lo asesoren, pues se ponen en juego cosas muy personales y uno pierde la objetividad. 2) Tener muy claro por qué lo querés hacer. Y estar muy convencido. 3) Hay que ser el DT del equipo, pero buscar a los mejores jugadores.
Jamás tuve culpa por haber vendido. Porque me hubiera dado un bobazo, o estaría hoy viajando los 365 días del año.
El empresario se llama Javier. Prefiere no aportar más datos sobre su identidad o su empresa, para preservar su intimidad.
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