6 de abril 2015 - 00:00

Portugal despidió a De Oliveira

Manoel de Oliveira, que continuaba activo a los 106 años, murió en Semana Santa.
Manoel de Oliveira, que continuaba activo a los 106 años, murió en Semana Santa.
 Con aplausos desde la salida de la iglesia hasta el cementerio, acompañado por su esposa, de 96 años, el presidente de Portugal, el primer ministro, el actor John Malkovich, y un gran cortejo de gente de cine, directores de museos europeos, figuras públicas, familiares y vecinos, fue sepultado el viernes, en su pueblo de Oporto, don Manoel de Oliveira, "o maior cineasta portugués de sempre". Tenía 106 años y había hecho 62 películas, la mayoría a partir de los 80 años. Otro dato admirable: llevaba 75 años de casado.

Nacido Manoel Cándido Pinto de Oliveira el 11 de diciembre de 1908, de naturaleza amable y bondadosa, deportista, hijo de un rico fabricante, se acercó al cine como autor amateur de cortos documentales. El primero, "Douro, faina fluvial", 1931, sobre la faena de los pescadores, ya revelaba un estilo poético. En 1942 hizo su primer largo, "Aniki-Bobó, vívido retrato de un grupo de niños callejeros. Llevado a otras actividades, sobrellevando amablemente el largo régimen salazarista (inclusive estuvo un tiempo preso), recién en 1956 hizo su segundo largo, "El pintor y la ciudad", ya con el estilo de planos calmos y hermosamente conversados que habría de caracterizarlo, asociándolo al teatro. El reconocimiento le vino justamente con la adaptación de una pieza teatral, "Benilde o La Virgen Madre", 1975. Para entonces, con la Revolución de los Claveles, al fin soplaban otros aires en su país.

Pronto inició una nueva vida y se dedicó exclusivamente al arte. Desde ese momento se convirtió en un ejemplo cada vez más impresionante de vitalidad: a los 88 años aparece en "Inquietude" bailando el tango con su mujer, hacía un largo o dos cortos por año, viajaba a festivales, inclusive a Tokio, pero hay un detalle curioso: irónicamente, sus películas eran de una lusitana y melancólica languidez, muchas veces aplicada a olvidados textos literarios o teatrales, o a pesarosas reflexiones sobre la historia y la vaguedad de la vida.

A veces exageraba. "Le soulier de satin", sobre la obra de Paul Claudel, llegó a 410 minutos de duración (casi siete horas). Pero casi siempre hipnotizaba. Tenía esa virtud, además de un exquisito sentido del humor, capaz de crear un delicioso regocijo interior en obras como "Viaje al comienzo del mundo" (ahí ayudado por la calidez de Marcello Mastroianni) y la más reciente "Singularidades de una muchacha rubia".

"Las pinturas de mi hermano Julio", "No, o la vana gloria de mandar", "La carta", "Vuelvo a casa", "Palabra y utopía", "El principio de la incertidumbre", "Porto de mi infancia" y el reciente "O velho do Restelo", son otras de sus películas más celebradas. El viernes, quienes lo despedían recordaron especialmente "O acto da primavera", donde Oliveira registraba un Auto Sacramental desarrollado precisamente en ese lugar, en Viernes Santo. Una ironía que parece propia de su espíritu.

Paraná Sendrós

Dejá tu comentario