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Qué deben y qué no deben hacer países ante nueva crisis
El recrudecimiento de la crisis en el mundo desarrollado de las últimas semanas, y la amenaza potencial de una eventual nueva recesión global, al estilo de la de finales de 2008 y principios de 2009, han puesto en alerta a los gobiernos de los países latinoamericanos.
Ahora bien, qué significa el eventual nuevo escenario y qué se podría hacer regionalmente al respecto. La «buena noticia» es que el bajo crecimiento o el fantasma de una nueva recesión en el mundo desarrollado mantendrá a la moneda de reserva global débil y a los precios de los commodities relativamente altos («débil» no implica que se siga devaluando el dólar, pero supone que no se fortalecerá en el corto plazo, y «altos» no significa que los precios de las materias primas sigan creciendo, salvo por factores de limitación de oferta en algún producto en particular). Estos, en principio, buenos precios en dólares para los commodities en general, sin embargo, podrían verse afectados por la menor demanda del mundo emergente, derivada de menos actividad y comercio mundial, aunque China en particular está virando hacia un esquema de crecimiento «hacia adentro» basado en obra pública y crédito barato, que la independiza en cierta manera del ciclo global, aunque este nuevo «modelo» le está generando presiones inflacionarias importantes que podrían obligarla a desacelerar su crecimiento.
La «mala noticia», entonces, es que los precios pueden seguir siendo elevados pero no aumentar al ritmo de lo vivido desde la salida de la crisis de 2008 y la aceleración de la caída del dólar. Este escenario deja a la región frente, al menos, a dos problemas: el primero es que la debilidad del dólar impide recuperar competitividad devaluando la moneda local. En el marco de un dólar débil, y dejando de lado consideraciones financieras y de tasas de interés internas, toda devaluación nominal de las monedas locales se traduce en mayor inflación, y no altera sustancialmente al alza el tipo de cambio real. Un buen ejemplo de esto es la Argentina, que, a contramano de la región, devaluó el peso en lugar de apreciarlo como marca la ortodoxia, y lejos de recuperar tipo de cambio real, sólo logró mayor inflación interna y más caída del tipo de cambio real.
El segundo, que si no siguen creciendo los precios de los commodities tampoco seremos «incrementalmente» más ricos, de manera que la actividad económica interna, otra vez, sin considerar los aspectos financieros para no complicar el análisis, por ahora tiende a desacelerarse.
¿Qué pueden hacer, en este contexto, los países de la Unasur, de manera individual y coordinada? De manera individual, entender que no hay margen para la competitividad cambiaria, y que las mejoras de competitividad de sus sectores no productores de commodities tendrán que venir de cambios en aspectos impositivos, de costos en general y de mejoras de productividad, macro y sectoriales, lo que implica fundamentalmente cambios en su política fiscal y de gasto público para concentrarse en bajar la presión impositiva desmedida, en especial en los costos laborales, y por el lado del gasto, también concentrarlo en los sectores más vulnerables y necesitados y en infraestructura eficiente. (En palabras más sencillas, no hay margen para mantener la presión impositiva y de costos elevada, dado que no se puede compensar con devaluaciones nominales y no hay, por lo tanto, espacio para el despilfarro.)
Respecto de acciones coordinadas, la más importante es que los países de la región no intenten compensar sus problemas internos cerrando sus economías, o limitando el intercambio económico dentro de la región. En especial, esta responsabilidad les cabe a los países más grandes y de más influencia comercial, como Brasil, por ejemplo.
He dejado de lado, como se mencionara, las cuestiones financieras, porque, contrariamente a lo que se piensa, no es éste, a mi juicio, el problema central de la región. Es cierto que los bruscos movimientos de capitales generan inestabilidad en los sistemas financieros de la región, pero no es menos cierto que en mayor o menor medida, los países han instrumentado normas para frenar ingresos de capitales de corto plazo, de manera que su eventual salida no tiene ni la violencia ni la magnitud del pasado. Y, además, la mayoría de los países no presenta problemas de endeudamiento público o privado externo (en especial, este último, después de lo aprendido en 2008) importantes. Por otra parte, la salida de capitales, si bien desacelera la economía de la región, actúa como compensadora de la sobreoferta de dólares, presionando menos sobre el tipo de cambio nominal y real.
En otras palabras, más que poner énfasis en bancos regionales y en créditos subsidiados, la región debería concentrarse, individual y coordinadamente, en bajar los costos operativos de su sector privado y mejorar la provisión de bienes públicos de calidad para compensar los problemas de falta de competitividad cambiaria, y en evitar el cierre ineficiente de sus economías.
Obviamente, el camino alternativo, de seguir cebando la bomba del gasto improductivo, con presión impositiva adicional, expropiaciones varias, y creando y utilizando fondos anticíclicos (cuando no se trata sólo de un «ciclo», sino de un cambio estructural), trabar las importaciones y controlar precios y salarios con la ilusión de modificar el tipo de cambio real existe, pero resulta claramente subóptimo y de muy corto plazo.


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