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¿Qué sabe la Fed que nosotros no sepamos?
José Siaba Serrate (Economista)
Más tiempo pasa, más evidencia se acumula. Los nuevos pedidos de subsidios por desempleo, el jueves, treparon a 500 mil. Nada bueno se cocina en el mercado laboral. Una economía en expansión -según regla de pulgar- convive con un recuento inferior a los 400 mil. No fue posible, en toda la recuperación, ni siquiera rozar el umbral de los 420 mil. Y las últimas cuatro semanas, las lecturas se dispararon -como los peldaños sucesivos de una escalera- de 460 mil a los citados 500 mil. Hay que remontarse a noviembre para hallar un registro similar, cuando la economía todavía destruía empleo. ¿Qué pasará en agosto, pues, con la creación de puestos de trabajo? Se sabe que el empleo privado generó un promedio de 200 mil posiciones en marzo y abril y que luego, de mayo a julio, se replegó a 51 mil. ¿Se incuba, acaso, una decepción más fuerte?
Indicadores que marquen una desaceleración abundan. Otros, como la producción industrial o las ventas minoristas, ensayan repuntes (concentrados en uno o dos renglones). Pero no los hay que, lisa y llanamente, retrocedan. O, mejor dicho, no los había. El informe Philly Fed, una encuesta de actividad que prepara la Reserva Federal de Filadelfia, cubrió ese vacío en su flamante edición de agosto. Se esperaba una moderación, que su lectura pasara de +20 a +7. Pero en los hechos, se hundió a -7. Se trata de una encuesta regional y subjetiva (pese a su apariencia numérica); no obstante, importa el arabesco que describe. Es la traza de un proceso de contagio. El informe Philly Fed no sucumbió de un solo golpe. Todavía en mayo avanzaba lozano. Se desaceleró después, recién en junio y julio. Y se derrumbó en agosto. ¿Un aviso útil para los hacedores de política? Quien haya repasado los balances empresarios, por ejemplo, habrá notado el deterioro que surgió en aquellos -como el de Cisco- que incluyeron el mes de julio en su cómputo. Los propios directivos de Cisco, a la hora de explicar el panorama, destacaron el recelo de sus clientes. «Sus negocios marchan bien, pero tienen resquemores sobre los de terceros. Y, por eso, dudan en contratar gente. Y dudan en sus gastos de inversión». La incertidumbre se recicla. Y el contagio comienza a aflorar en las estadísticas.
La Bolsa también duda. Pero cuando se agrieta la fe en la recuperación, tiene un altar de recambio. Mientras los indicadores económicos se empantanan, la curva de tasas de interés se zambulle sin titubeos. Todo el tramo inferior a un año rinde por debajo del 0,25%. Desde julio, la tasa de la nota del Tesoro a dos años es más baja que cuando colapsó Lehman Brothers. Es obvio: las expectativas de una eventual suba de tasas están archivadas. Y el bono de diez años, la referencia obligada a largo plazo, que Morgan Stanley vaticinó tocaría el 5,5% este año, se abre camino al 2,5%. En perspectiva, seis meses atrás reinaba plena la confianza en una recuperación rasante. Hoy se duda sobre una expansión módica. La Bolsa, sin embargo, mantiene sus cotizaciones. ¿Milagro? No. Los balances empresarios no se abollaron. Pero, en esencia, las tasas largas cayeron el 30% y fueron las que absorbieron el shock.
Dos semanas atrás, la Fed emergió de su cónclave monetario con la noticia de una tibia compra de bonos del Tesoro destinada a paliar la merma de cartera por las amortizaciones de capital. Las críticas arreciaron. De propios y extraños. ¿Qué sabe la Fed que no sepamos?, se preguntaron, a modo de reprobación, los especialistas de los bancos de inversión (los de aquellos que no previeron la iniciativa). Quienes participaron de la discusión interna tampoco estuvieron todos conformes. El presidente de la Fed de Minneapolis suscribió públicamente la tesis del desacierto. «Llevó a los inversores a pensar que la situación económica es peor de lo que imaginaban», dijo. Aquí vale disentir: ¿no se hubieran dado cuenta solos? Y viendo la brusca sorpresa negativa del informe Philly Fed, ¿qué sentido tiene esperar que la situación empeore para decidirse a actuar?
Ben Bernanke se anotó, pues, un pequeño triunfo. Con el gesto simbólico de recargar el matafuego -por el que pagó el costo «político» de críticas que sabía que vendrían (ya que partieron de los propios insiders)-, se colocó un paso delante de los acontecimientos. Y la Bolsa, lejos de alarmarse, reboza filosofía para asumir el mal trago de la coyuntura. Es que deduce la jugada que vendrá. Si los indicadores no levantan cabeza, la Fed deberá anunciar otra compra masiva de bonos del Tesoro. Así lo sugirió, la semana pasada, uno de los miembros del Comité de Mercado Abierto, James Bullard, presidente de la Fed de St. Louis, quien blanqueó su posición a favor. Su umbral decisorio: que se acentúe el riesgo de desinflación; es decir, que se acreciente la debilidad de los precios minoristas. Tales expectativas son las que hoy impulsan la baja amplia de tasas que, a su vez, estabiliza los mercados financieros y los vacuna con paciencia. Lo que no resuelve el atasco de la economía, pero, ciertamente, evita que se complique más. Y le concede tiempo, en un marco apacible, para que el vigor se recomponga.

