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“Quien, como yo, no tiene dinero, morirá”
El reloj marca las 11.10. Número 17 de la calle Delmas. Dos decenas de haitianos pasan los días en el estacionamiento. Los cimientos de una edificación comienzan a temblar. Niños, hombres y mujeres corren hacia el centro del patio. Gritos de pánico. Una réplica hace temblar el suelo. Jacqueline comienza a llorar. Grita, berrea, se coloca las manos en la cara. Está histérica. Ha perdido a su hermano y todavía no lo ha asimilado. Su tía, Yahira, comienza a cantar una especie de gospel mirando al cielo. «Le rezo a Dios», dice.
Se oyen tiros a lo lejos. Sus compañeros de vivienda aseguran que todas las noches se oyen disparos. Una niña pide ayuda. «Un médico, por favor, ayúdame». Señala su pierna hinchada y amarillenta. Un compañero, Jacques, le trae un cubo lleno de macaet, una planta verde medicinal.
La hermana de Jacques está preparando espaguetis con salsa de tomate para vender. También comercia con refrescos que tenía almacenados en casa. Un plato de espaguetis, 70 gourdes. Es decir, 1,2 euro. Los refrescos, 35 centavos. Lo cierto es que no existe ningún lugar donde cambiar dinero y que incluso se puede pagar en la moneda ficticia que tienen, el dólar haitiano.
Parques, ruinas, arcenes, estacionamientos, esquinas, rincones, patios cualquiera. Lo arman como pueden. Los que tienen un poco de dinero pueden comprar sus necesidades básicas. Los que no, sobreviven como pueden. Es el caso de Bernardette Derus, que vive con sus cinco hijos en el parque. Su marido y otros dos hijos están en Santo Domingo. «No tengo agua ni comida, ni medicinas, ni me baño. La gente que no tiene dinero, como yo, se va a morir. Ayúdame por favor», dice. Es verdad. La ayuda no llega.
Parque de la Paz. Ningún extranjero ha llegado aún hasta allí. Dan ganas de llorar. Varios miembros de los equipos humanitarios ya han sufrido infartos. Se oyen helicópteros en lo alto. Los niños corren detrás. «Nos traen ayuda», dicen sonrientes y felices. No. Son unidades estadounidenses que se encuentran en misión de reconocimiento. Los de arriba reconocen. Los de abajo están a punto de morirse.
Olor a muerte
Charles Mackenson, haitiano y miembro de la organización de ayuda Kittis Keyul, explica que «en el parque hay 5.700 personas sin casa ni comida. Todavía no ha llegado nadie de afuera a ayudarlos». En su asociación eran 117; quedan 18 vivos. Por allí camina sin rumbo Danila Nagaus, una joven de 17 años. Ha perdido a 17 familiares. No le queda nadie más. Llora: «Necesito una casa y comida, un hogar».
El parque de la Paz se halla en lo que era el casco histórico de la ciudad, con sus casitas de madera, su catedral y su vida colorida... Hoy es una zona donde aún no entra la ONU. «Zona roja» lo llaman. Aquí los cadáveres se pudren en las calles. Las peleas, los gritos y los nervios pierden a los vivos que quedan tirados por ahí. Era una zona bonita. Ahora parece un área bombardeada. Polvo, barricadas, restos, gente robando lo que puede y policías haitianos que poco pueden hacer.
Huele a muerto. La gente se pone cáscaras de limón y dentífrico en la nariz. A esta altura ya da igual la comida o la bebida. El olor a muerto se queda pegado en la piel.
Zona 20, donde actúa el operativo español. Un centenar de haitianos se agolpa a las puertas de la Universidad Caribe, que también hacía funciones de colegio. Cuando sus paredes cedieron estudiaban allí siete clases de 45 alumnos cada una. Yurose Excellent rescata de entre las piedras desordenadas papeles, busca el pasaporte. Le dice al contingente español que en esa escuela se esconde algo más importante: su hermana y su mamá. A su lado está la bella Mollie. Espera que todavía encuentren con vida a su hija de tres años y medio, casi cuatro.
Puerto Príncipe está sumido en el descontrol más absoluto debido a la peor de las guerras, la guerra del hambre y de la sed. Toda la ayuda será poca, aunque por lo menos saciará un poquito a este pobre pueblo anegado. Aun así, los haitianos sonríen y son encantadores con el extranjero. Sólo se puede llorar.


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