22 de agosto 2011 - 00:00

¿Recesión o exageran los bonos?

Paul Samuelson
Paul Samuelson
¿Es la recesión inexorable? Cuando los mercados se estremecen, la respuesta luce obvia como un voto cantado. Aun así, Wall Street todavía no estampó su rúbrica. La Bolsa no se recluyó aún en el terreno de los osos, no cruzó el umbral de una baja del 20% de los máximos, que es la ceremonia que consagra -habitualmente con antelación- el arribo de su funesta impronta. Hacerlo sería apenas un trámite -fácil de despachar esta misma semana- y nadie acusará sorpresa. Su mal aliento y el desánimo que provoca cunden por todas partes. Y, esta vez, los bonos avisaron en voz alta. La tasa de diez años horadó el umbral del 2% en un tajo fugaz que no se había producido ni siquiera en el peor momento que sucedió al derrumbe de Lehman Brothers.

Dos años después de dejar atrás la recesión de 2007-2009 (los límites precisos no son capricho del autor, sino los que fija la NBER, el fechador oficial del ciclo), la economía está más cerca que nunca de una recaída. La pendiente de la actividad es pronunciada en EE.UU. y en Europa, la fatiga se acumula, los problemas no cejan y cuando la fe de los mercados trastabilla, la confianza en los gobiernos y las políticas ya no concede el don de una rápida sustentación. La economía se codea con el «double dip». Sin discusión. Pero no se sabe si va a caer en su trampa, o si ya cayó. O si, simplemente, avanza lento por lo pantanoso del terreno.

La Bolsa aquilata un abanico amplio de capacidades. Una de ellas, la de predecir la recesión. No obstante, no es infalible. De hecho, ya lo decía un irónico Paul Samuelson, muchas de sus caídas profundas se probaron falsas alarmas. La más notable, la del crac de octubre de 1987, cuando en el célebre lunes negro, el Dow se hundió más del 20% en una sola rueda -habilitando la señal de un mercado bear (bajista) en el día- y, sin embargo, la economía no padeció luego ninguna contracción. Si se quiere calibrar el diagnóstico, lo mejor es consultar el paquete de indicadores cíclicos -la metodología que desarrollaron Wesley Mitchell y Arthur Burns, también en la NBER- y que hace varios años compila The Conference Board. La canasta de indicadores económicos líderes (la Bolsa es uno de sus diez componentes) tiene una hoja de servicios brillante. En ese sentido, la última lectura tampoco da pie al vaticinio recesivo. Su curva es ascendente. Sin titubeos (que serían comprensibles). La canasta aumentó el 0,5% en julio. «La economía está lenta, con escaso momentum y sin atisbos de acelerarse», reza el texto que acompaña el informe. ¿Cuál es el dictamen? La actividad debería continuar su expansión a paso modesto hasta fin de año. ¿Cómo impactó en Wall Street? Cero. Otros guarismos de otros indicadores -los pedidos de subsidios de desempleo, el reporte Philly FED y demás- aportaron la desazón que los mercados buscaban de antemano. Aunque ninguno le llega a los talones a la canasta líder. Sin ser infalible, no ha errado hasta la fecha (salvo en 1967, cuando sugirió una recesión que luego no ocurrió, gracias a un aumento imprevisto del gasto militar por la Guerra de Vietnam).

Usinas

¿Cuáles son las usinas del temor a la recesión? ¿Es sólo la vorágine de los mercados y el riesgo de la profecía autocumplida? En EE.UU., el citado informe Philly FED -una encuesta de actividad regional- propinó un hondazo a las expectativas. De una lectura positiva de 3,2 un mes atrás pasó a un registro de menos 30,7 en agosto. Todos sus renglones vibraron con el impacto. La vehemencia no arroja dudas, algo muy negativo ocurrió. Tal vez, la tensa vigilia del 2 de agosto, cuando la política tuvo de rehén a medio mundo mientras se resolvía la ópera bufa del techo de la deuda de los EE.UU. ¿Cómo saber, con una única muestra, que el fenómeno adverso será duradero? ¿Vale empalmarlo con la dinámica turbulenta de los mercados, como si todo fuera un mero juego de dominó? El propio informe da una respuesta. No hace falta forzar la imaginación. Reza así: los indicadores de crecimiento a seis meses «permanecen ligeramente favorables a la expansión». Ese fragmento nadie lo leyó. Tampoco lo hubieran creído.

Queda claro que la indecisión europea, sus interminables idas y vueltas, cobra peaje a todos. La canasta líder -la que confecciona la OCDE- aquí sí titila la luz amarilla de una probable recesión. Súmese la contribución negativa que aporta la visión sobre los bancos europeos (atada a la misma falta de definiciones esenciales) y se comprende la dimensión de la mala espina clavada en el sentimiento del inversor. Es, más bien, una viga.

Ya se dijo una semana atrás: nada trasunta mayor escepticismo que los bonos. Y, esta semana, los bonos redoblaron la apuesta. ¿Ven un futuro tan negro como la experiencia Lehman? Si los indicadores líderes de The Conference Board tienen razón, los bonos no la tendrán. ¿O sí? ¿Será que los bonos están haciendo su negocio? Exagerar el peligro de la recesión, para favorecer otra oleada de compras masivas, el QE3. Al filo de la semana en el cónclave de banqueros centrales que todos los años se encuentran en Jackson Hole se podrá hurgar en busca de una respuesta.

Dejá tu comentario