20 de noviembre 2009 - 00:00

Respuesta al nuevo eje EE.UU.-China

Bernard Kouchner
Bernard Kouchner
Bruselas - Al reformar su arquitectura, la Unión Europea (UE) confía en frenar su creciente marginación en la escena internacional ante la irrupción del «G2», formado por Estados Unidos y China, y las potencias emergentes.

Los europeos «saben muy bien hasta qué punto su poder se está volatilizando a escala planetaria», indicaron en un reciente estudio Jeremy Shapiro y Nic Witney, dos analistas del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores. «Las élites europeas están traumatizadas con el espectro de la insignificancia», agregaron.

La gira del presidente estadounidense Barack Obama por Asia confirma con crueldad a los europeos hasta qué punto han cambiado las prioridades de Washington, que hoy fija sobre todo los ojos en el Pacífico, hacia China, dando la espalda al Atlántico.

La ausencia de Obama en la conmemoración del 20º aniversario de la caída del Muro de Berlín a principios de mes no pasó inadvertida en Bruselas, como tampoco su falta de interés aparente en la cumbre UE-Estados Unidos que se celebró por las mismas fechas en Washington. Obama permaneció una hora y media antes de retirarse y dejar a sus invitados europeos con su vicepresidente, Joe Biden.

«Los representantes de la UE, empezando por el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, no apreciaron el gesto», explica una fuente comunitaria.

La pérdida de influencia del continente no es nueva. Principal potencia mundial antes de 1945, Europa cedió posteriormente el puesto a Estados Unidos, pero se mantuvo durante la Guerra Fría como el escenario clave de influencia disputado por Washington y Moscú.

Pero desde la caída del Muro de Berlín, el continente ha dejado de interesar tanto y ahora sufre las consecuencias del ascenso de potencias emergentes, condenando a sus países a actuar juntos. De ahí el interés por el Tratado de Lisboa, llamado a reforzar el peso de la UE en el mundo con un presidente estable y un verdadero ministro de Relaciones Exteriores, flanqueado de un servicio diplomático digno de ese nombre.

«Frente a India, China, al lado de Estados Unidos, debemos afirmar la existencia de Europa. Todo el mundo nos espera. En África, para el desarrollo; en Copenhague, para el clima», estimó recientemente el jefe de la diplomacia francesa, Bernard Kouchner.

El Tratado de Lisboa «nos brinda la ocasión y la responsabilidad de desempeñar un papel importante a nivel mundial», coincidió su homólogo británico, David Miliband, considerado un tiempo favorito para asumir el puesto de alto representante de Relaciones Exteriores de la UE.

Mucho dependerá ahora de quienes asumirán los cargos de presidente y jefe de la diplomacia -Herman Van Rompuy y Catherine Ashton, respectivamente- y de la distribución de las prerrogativas. El presidente corre el riesgo de «parecerse más a un secretario general de la ONU para la UE que a una flamante figura en acción por el planeta», estimó Hugo Brady, analista del Centro para la Reforma Europea de Londres, en una columna en The Guardian. Hipótesis que, estimó, se confirma con el nombramiento del belga Van Rompuy para el puesto.

Agencia AFP

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