27 de junio 2011 - 00:00

Rissi: “Interpretar a alguien tan cruel era para disfrutar”

Para Claudio Rissi, lo apasionante de la profesión de actor es entender «esos personajes malditos».
Para Claudio Rissi, lo apasionante de la profesión de actor es entender «esos personajes malditos».
Los elogios incomodan a Claudio Rissi, el regocijante y temible malo del western gaucho «Aballay». Pero los disfruta, mientras recuerda un cachetazo de Federico Luppi y otras anécdotas de su carrera actoral. Dialogamos con él.

Periodista: El Muerto de «Aballay» es un personaje tremendo. ¿Cómo hizo para ponerse en la piel de semejante tipo?

Claudio Rissi: Justamente, lo apasionante de ser actor es entender esos personajes. Éste se goza en ser maldito, expresa del peor modo sus sentimientos, y, como su vida no vale nada, la del otro tampoco. Creo que para ser tan cruel, tan ladino, quizás haya tenido una infancia atroz. Esto lo veo en muchas partes, de cualquier lado, porque no hace falta estar en la miseria para ser un miserable. Para mí lo más difícil fue el comienzo, donde desafío a mi jefe con la mirada y después me voy al mazo con cara de «ya te la voy a cobrar». Ahí sentí que mi personaje estaba hecho.

P.: Y junto al drama está la caricatura.

C.R.: Cuando me dieron el guión era como leer un folletín, no podía detenerme. Enseguida llamé al director Fernando Spiner: «Este personaje está para disfrutarlo, ¿entendí bien?» Al día siguiente ya estaba practicando equitación. Y es una historia de criollos, no una simple transposición del spaghetti. Acá la muerte tiene sentido. No son marcas en las cachas del revólver. ¡Y luego el rodaje! ¡Estoy tan contento de estar en esta obra, tan contento! Hubo cosas intransferibles, como la relación con la comunidad indígena de Amaicha del Valle, que generosamente nos abrió sus puertas y conocimientos. ¡Era estar con gente de verdad! Cuando volvimos para mostrarles la película nos abrazaron. «No se olviden de este pueblo», decían. No me los olvido más.

P.: Y tampoco el caballo.

C.R.: Creí que por esos cerros a lo sumo iríamos al trote. En una escena a galope tendido vi de pronto que íbamos hacia una zanja. Quise frenar, pero él sabía muy bien qué era lo correcto, decidió por los dos y saltó por entre las jarillas. Así aprendí a confiar en el caballo, que encima debía soportar mi sobrepeso.

P.: Es muy buena la última escena que usted hace.

C.R.: La que hace Pablo Cedrón me parece de una poesía maravillosa. Admiro ese gesto de correr las sombras con las manos. Pero que no se entere, porque le da pudor. A mí me pasa lo mismo. Cuando estrenamos «76 09 83» Luppi vino a felicitarme, le dije que el mérito era de los directores, que el montaje aprovechó mis irregularidades como actor, y me dio un cariñoso cachetazo, diciéndome «No soporto a los artistas tan humildes».

P.: Con él usted hizo de buenazo en «Lugares comunes».

C.R.: Ese personaje es un terrón de tierra que se deshace entre los dedos, la pureza misma del hombre de campo, un tipo sin dobles intenciones. Ahí tuve dos maestros: Adolfo Aristarain, un director que sin acercarse al aparato ya sabe cómo saldrá el encuadre y lo corrige de sentado, nunca se sulfura, y deja componer con una única advertencia: «a mí me gustan los actores al natural», te dice. Y Federico Luppi, que se rompió el tendón de Aquiles justo el primer día de rodaje. Era fuerte verlo practicando cómo caminar sin que se le notara el problema. ¿Vio la escena donde tiene un traje en la mano? Es sólo para tapar la bota ortopédica que le terminaron poniendo. Además él es como Luis Brandoni, con quien tuve el gusto de hacer «En lo mejor de mi vida», tipos generosos que si tenés problema con un texto te lo traducen a 50 idiomas hasta que en alguno lo entiendas. Y, si no lo entendés, dedicate a otra cosa.

P.: ¿Usted cómo se dedicó a la actuación?

C.R.: Casualmente viendo «Cosa juzgada». Decía «quiero ser actor». «Qué actor, muchacho, cortate el pelo y dedicate al laburo», decía mi viejo. Después ni siquiera quiso verme cuando integré «La canción de los barrios» en el Alvear, eso que era tanguero. Mi vieja sí, me siguió en la tira «Solo un hombre», con Carlos Calvo, y fue a verme en «Cipayos». Pero su único comentario era «Te veo duro».

P.: En esa comedia usted interpretaba a un soldado del ejército inglés nacido en Londres, provincia de Catamarca.

C.R.: Decía mi frase en un inglés básico. Lo gracioso es que cuando la película se colocó en EE.UU. doblaron a todos, menos a mí. No porque hablara bien el inglés, sino porque nadie podía decir «Iam from Catamarca». El que más se acercaba decía «cataramaca».

P.: Volvamos a los malos.

C.R.: Con Jorge Coscia, que me hizo entrar al cine, fui un servicio que tiene acorralada una familia en «Chorros» y un tipo que le gana de mano a una caníbal en «Comix» (ahí creyeron que copiaba el estilo de Jean Reno, pero esa parte la filmamos mucho antes). Con Flavio Nardini, un faraón que viola a una chica delante de su padre en el corto «La caída de Tebas» (pero luego se descubre que todo es una fantasía en un prostíbulo) y un secuestrador fanático de Racing en el corto «Tiempo de descuento» (y mi compinche era Diego Capusotto). Y con Jeanine Meerapfel, el parapolicial que entra buscando al hijo mayor, revuelve el taller y al irse le tira un beso a la madre en «La amiga». Ese gesto me lo indicó la propia directora, muy inteligente. La madre era Liv Ullmann, un pedazo de historia que charlaba todo el tiempo con nosotros como si fuera una compañera más del elenco.

P.: ¿Y el Rey de la Noche, de «76 89 03»?

C.R.: De Christian Bernard y Nardini, muy buena película, un hito. Aún hoy, en distintos lugares, por ejemplo este verano en una parrilla de San Javier, entran dos pibes y me señalan, «¡el de Sifoncito! ¡El Rey de la Noche!». Pensar que en su momento hicimos apenas 23.000 espectadores. Después las ediciones en video se agotaron, al punto que yo solo tengo una copia de una copia trucha que consiguieron los autores. Además de eso fui chofer de un malo en «Hostage», un telefilm norteamericano que se rodó acá y ni siquiera vi. Pero recuerdo que estaba sentado en un Mercedes Benz, y la mujer de Sam Neill, una oriental hermosa, me abanicaba para que no se me corriera el maquillaje. Y yo pedía que me sacaran una foto para mostrar a los amigos.

Entrevista de Paraná Sendrós

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