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Rousseff, presa de su pasado, y un PT enviciado
La primera es si Dilma puede ser triplemente independiente. Esto es, si la llamada «Dama de Hierro» brasileña, que en los 60 integró los grupos guerrilleros Comando de Libertação Nacional (COLINA) y Vanguarda Armada Revolucionária Palmares (VAR Palmares), y que fue encarcelada y torturada en los 70, está realmente desprendida de su pasado revolucionario. La preocupación surge, sobre todo, frente a la llegada de otro ex guerrillero, José Mujica, a la presidencia de Uruguay este 1 de marzo y si, así, un mandato de Dilma significaría el regreso de los inestables 60 a la escena política sudamericana.
No pareciera ser el caso: la actual ministra de la Casa Civil (equivale a jefe de Gabinete) y ex titular del Ministerio de Minas y Energía, es hoy una economista que abreva en los escritos de John Keynes y que es más pragmática y eficiente que dogmática e idealista.
Además de la independencia de su propia historia, Dilma tiene un segundo karma: las rígidas cadenas del petismo. La candidata presidencial recién se afilió a ese partido en 2000, luego de una larga trayectoria en el PTB (Partido Trabahalista Brasileiro, fundado por Leonel Brizola). Casi una «outsider», Dilma ha sido impuesta por Lula en el PT, un partido al que el actual presidente sabe manejar y que acata, como hizo con la designación de su «delfina», sus directivas.
La pregunta es: ¿podrá ella seguir el trazado de Lula, que hasta ahora gobernó más a la derecha que lo que postula el petismo básico? «El partido muchas veces defiende principios y cosas que el Gobierno no puede defender», dijo Lula el viernes al diario O Estado de Sao Paulo, en una entrevista en la que se dedicó a atajar penales sobre la gobernabilidad de Brasil en caso de que Dilma fuese presidenta. «No podrá salirse de la trampa del PT, al que nunca controlará», dicen en Brasilia.
Por lo tanto, y por ahora, cuanto más busque Rousseff alejarse de las directivas del PT, más deberá encadenarse a la sombra de Lula para hacerlo. Una independencia inversamente proporcional a su luladependencia. O, como dijo Dilma el sábado en su discurso de aceptación, parte de la «herencia bendita, sobre la cual construir el tercer gobierno democrático popular».
Sin embargo, Dilma tiene que convivir con algunos petistas del riñón de Lula. Como José Dirceu, su antecesor en la Casa Civil (renunció en 2005 por escándalo de sobornos en el «mensalao») y Marco Aurelio García, asesor del pre-sidente Lula en asuntos internacionales y coordinador de Dilma para su programa de gobierno.
Según la revista Veja, el tándem Lula-Dilma ya tuvo que suavizar una maniobra radicalizante de García, quien habría agregado a la plataforma electoral (llamada «La Gran Transformación»), conceptos como control de la TV por cable o mayor injerencia del Estado en la economía.


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